El rey, este martes en la base de Adazi con los militares españoles

Felipe VI con militares españoles en una imagen de archivoEFE

Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria (UFV)

La Corona y las Fuerzas Armadas: medio siglo de lealtad y servicio a España

La relación entre el Monarca y las Fuerzas Armadas ha constituido uno de los vínculos institucionales más sólidos del Estado. Primero, como referencia de estabilidad en los años de la Transición; después, ya imperando la Constitución de 1978, como expresión de la unidad de España y de la lealtad de los Ejércitos

Hace cincuenta años, en julio de 1976, un grupo de jóvenes oficiales recibió de manos del Rey Juan Carlos I los despachos de teniente y de alférez de navío. Aquellos actos, celebrados en las academias militares durante los primeros meses de la restaurada Monarquía, contemplados hoy con la perspectiva del tiempo, adquieren una significación más profunda. No fueron solo ceremonias de clausura de un ciclo académico. Fueron una expresión temprana de la relación singular entre la Corona y las Fuerzas Armadas.

España iniciaba una etapa decisiva de su historia. El país vivía una transición incierta, las instituciones buscaban su nuevo encaje y la sociedad aspiraba a una reconciliación nacional todavía en construcción. La Corona quiso actuar como referencia de estabilidad y servir como guía del cambio, mientras las Fuerzas Armadas debían encontrar su lugar en la España democrática que estaba naciendo. La incorporación de las Fuerzas Armadas al nuevo marco democrático no fue automática ni sencilla; exigió prudencia, disciplina y una lenta adaptación de mentalidades.

Desde entonces, la relación entre el Monarca y las Fuerzas Armadas ha constituido uno de los vínculos institucionales más sólidos del Estado. Primero, como referencia de estabilidad en los años de la Transición; después, ya imperando la Constitución de 1978, como expresión de la unidad de España y de la lealtad de los Ejércitos, incluso en la jornada del 23 de febrero de 1981, cuando la intervención del Rey contribuyó a afirmar el orden constitucional frente a quienes pretendían quebrarlo. Ambas instituciones, desde funciones distintas, expresan la continuidad del Estado y el servicio a España dentro del marco constitucional, independientemente de temporales avatares políticos.

Aquellos oficiales salían de las academias en un país en transformación. La disciplina, el sentido del deber y el amor a España convivían con dudas y cambios acelerados. Para quienes entonces lucían por primera vez las estrellas de teniente o los galones de alférez de navío, la carrera militar no iba a ser una trayectoria rutinaria, sino una auténtica travesía histórica. Iban a servir a España en sus Fuerzas Armadas en un periodo en el que ambas cambiarían profundamente.

Efectivos del ejército español durante la celebración de los ejercicios tácticos de la "Operación Podenco", en 1977

Efectivos del Ejército español durante la celebración de los ejercicios tácticos de la «Operación Podenco», en 1977Europa Press

Esa generación, y las posteriores, fueron testigos y actores de la integración plena de las Fuerzas Armadas en la España constitucional. Su trayectoria coincidió con un profundo proceso de transformación, que exigió capacidad de adaptación, disciplina y voluntad de servicio. El camino no estuvo exento de obstáculos externos ni de resistencias internas al cambio. Las Fuerzas Armadas sufrieron la incomprensión de sectores políticos y sociales que seguían identificando a los Ejércitos con el régimen anterior; afrontaron reorganizaciones radicales, a menudo con alto coste profesional y familiar; fueron objetivo de la acción terrorista; y trabajaron durante años con recursos escasos para cumplir sus misiones.

Pese a ello, no cejaron en dar los pasos necesarios hacia una institución eficaz y plenamente integrada en la Nación, capaz de responder a las exigencias de una democracia consolidada.

Aquellas también fueron las promociones de la apertura internacional. Cuando recibieron sus despachos, España aún no pertenecía a la OTAN ni participaba regularmente en operaciones exteriores. Aquella apertura se produjo en medio de debates políticos y sociales intensos; pero acabó situando a España en las estructuras occidentales de seguridad. La OTAN, la Unión Europea y las misiones internacionales pasaron así a formar parte de la vida ordinaria de las Fuerzas Armadas. España dejó de mirar su defensa desde una perspectiva casi exclusivamente nacional para asumir responsabilidades compartidas en el marco aliado y europeo.

Angola, Mozambique, Namibia, Centroamérica, Bosnia, Kosovo, Afganistán, Líbano, Irak y el Índico no fueron simples nombres, sino escenarios en los que nuestras Fuerzas Armadas asumieron responsabilidades internacionales. En ellos, nuestros militares acreditaron, y acreditan, profesionalidad y humanidad. Muchos oficiales mandaron unidades en misiones con riesgos y consecuencias para la seguridad de España y la paz internacional. Desde Centroamérica hasta los despliegues en el este de Europa, pasando por misiones complejas y decisiones políticamente controvertidas, como la retirada de Irak, se aprecia una misma constante: eficacia y disciplina.

La transformación no fue solo orgánica y de proyección internacional. También afectó al personal, a las capacidades de las Fuerzas Armadas y a su forma de actuar. A esas generaciones les correspondió vivir la profesionalización y el fin del servicio militar obligatorio, respondiendo a la transformación de la sociedad y a una nueva relación entre ciudadanía y defensa. Pasaron de mandar soldados de reemplazo a dirigir unidades profesionales, más técnicas y exigentes. Tuvieron que adaptarse a nuevas formas de liderazgo y gestión del personal, así como a nuevos retos como la captación y retención del talento.

Vieron también la incorporación total de la mujer a las Fuerzas Armadas y la creación de unidades especializadas en Protección Civil. Hoy es natural que mujeres militares desempeñen todas las funciones y que la Unidad Militar de Emergencias protagonice la acción contra catástrofes.

No menos importante es la transformación tecnológica. A lo largo de su vida profesional asistieron a la llegada de nuevos sistemas de armas, medios de mando y control y capacidades avanzadas: del Dédalo al Juan Carlos I; de los «Cinco Latinos» a las F-100; del F-86 al Eurofighter; del DC-3 al A-330; del M-47 al Leopardo; del M-113 al Dragón… una breve síntesis de la evolución de los materiales en la que la industria de defensa española ha ido aportando su saber hacer. La tecnología cambia la forma de combatir y de mandar, y las Fuerzas Armadas tienen que adaptarse continuamente y anticiparse, si es posible, al cambio.

En ese proceso se produjo, con resistencia interna, el gran salto hacia la acción conjunta, al tiempo que surgían nuevos ámbitos de actuación como el espacio exterior y el ciberespacio.

Las promociones que iniciaron su carrera militar hace cincuenta años ingresaron en una institución clave en un momento histórico difícil y contribuyeron a entregar unas Fuerzas Armadas profesionales, abiertas y respetadas. Hubo carencias y sacrificios, pero el balance histórico es claro: ayudaron a que las Fuerzas Armadas españolas cruzaran con eficacia el puente entre dos épocas, acompañadas por las precedentes y siguientes.

Algunos de aquellos oficiales alcanzaron la cúspide de la institución militar; pero la relevancia de esas generaciones reside en haber protagonizado, cada uno desde su destino, una transformación colectiva.

El sentido último de este cincuentenario reside en lo que aquella entrega de despachos simboliza: la continuidad institucional. Tras medio siglo de cambios políticos, sociales, militares y tecnológicos, ese vínculo mantiene un valor singular: la Corona representa la permanencia de la Nación y las Fuerzas Armadas su defensa.

Por eso, recordar a los oficiales de esas promociones, hoy ya retirados, no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de justicia histórica, porque su biografía coincide con la transformación de las Fuerzas Armadas en ese periodo y, sobre todo, con la consolidación de un vínculo institucional esencial entre el Rey, la Milicia y la Nación. Su trayectoria, y la de todas y cada una de las promociones, recuerda que la unión entre la Corona y las Fuerzas Armadas no pertenece solo al pasado, sino que sigue siendo una referencia esencial para el presente y el futuro de España.

La entrega de despachos hace visible esa continuidad. Lo que comenzó en julio de 1976 con el nombramiento recibido, uno a uno, de manos de Don Juan Carlos, continúa hoy bajo Felipe VI, en una ceremonia que enlaza generaciones y recuerda la responsabilidad compartida de servir a España.

La Princesa Leonor junto a Felipe VI recibe el Real Despacho de Alférez

La Princesa Leonor junto a Felipe VI recibe el Real Despacho de Alférez el pasado mes de julioEuropa Press

Este año, como cada año, se celebra de nuevo esa ceremonia. Entre los nuevos oficiales que reciben sus despachos se encuentra la futura Reina de España. Su presencia, en formación con sus compañeros de promoción, añade un valor simbólico especial que enlaza con la tradición iniciada por su abuelo, continuada por su padre y proyectada ahora hacia una nueva generación. La entrega del despacho de oficial por parte del Rey expresa el vínculo entre la Corona y una España que se reconoce en sus símbolos, en su historia y en quienes asumen el deber de defenderla.

  • Juan Bautista Sánchez Gamboa es general de brigada de Infantería (R) y analista del Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria.
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