As Pontes
Los vecinos de As Pontes: «Llegamos tarde para salvar de la demolición todo el conjunto de la antigua central térmica»
El vocal de la Asociación del Patrimonio Industrial de As Pontes, Pepe Coello, advierte de la silenciosa decadencia del municipio de La Coruña tras el cierre definitivo de la térmica en 2024
Cuando varios vecinos de As Pontes decidieron asociarse para salvar de la demolición las instalaciones de la antigua central térmica de Endesa, no imaginaban su enorme valor industrial, histórico y simbólico. Sabían que estaban protegiendo algo más que hormigón y hierro: custodiaban el motor que transformó su municipio, un gigante que desde 1976 definió el paisaje, el empleo y la identidad de varias generaciones de la comarca.
Destaca, entre todos los elementos, su colosal chimenea de 356 metros de altura y 60.000 toneladas de hormigón. Esta estructura, que ostenta el título de la más alta de España y que durante años solo fue superada en Europa por la de Trbovlje (Eslovenia), ya encamina sus pasos hacia la protección oficial como Bien de Interés Cultural (BIC).
La Asociación del Patrimonio Industrial de As Pontes tampoco sospechaba que esta férrea defensa los llevaría a protagonizar medidas extremas, como un encierro en el propio Ayuntamiento. La pasada semana, sus miembros, antiguos trabajadores de la central y, en su mayoría, ya jubilados, decidieron visibilizar su lucha para tratar de salvar de la inminente demolición las icónicas cuatro torres de refrigeración, una acción prevista para el próximo 30 de julio.
Lo llevaron con una actitud impecable. «La gente lo toma con buen humor y no hay agresiones, Además, la relación con muchos concejales es muy fluida», señala Pepe Coello, vocal de la asociación, en una entrevista con El Debate. Solo estuvieron tres días porque consiguieron que el alcalde de As Pontes, Valentín González Formoso, se comprometiese a escuchar activamente sus reivindicaciones en una próxima reunión de trabajo en Santiago de Compostela, además de intentar salvar las torres.
El motor de As Pontes
Pese al éxito de la convocatoria, la Asociación del Patrimonio Industrial de As Pontes admite que faltó calor social. «No tuvimos ningún tipo de problema, pero sí echamos de menos que más vecinos vinieran a interesarse por nuestra causa y a charlar. Vino gente, claro, pero se notó ese vacío», señala Coello.
Este ingeniero técnico naval trabajó durante años en el centro de control de la mina. Allí, según explica, se coordinaba la extracción del carbón y la separación del material estéril antes de enviar el material a la central de Endesa. Llegaron a trabajar 2.700 personas en la antiguas instalaciones hasta que el Gobierno autorizó su cierre definitivo en 2024. Desde entonces, ha sido una lucha de dos años constante.
Una batalla que el propio colectivo asume con autocrítica debido a la falta de previsión. «Esta reivindicación empezó un poco tarde», admite Pepe Coello. El vocal explica que, al no ser expertos en patrimonio industrial, su meta inicial se limitó a blindar el gran emblema local: «Nosotros, como emergencia, solicitamos el que la chimenea no se tocara, ese fue nuestro inicio. No hubo una concienciación inicial».
Sin embargo, a medida que buscaron asesoramiento técnico descubrieron que debían haber peleado por conservar toda la unidad funcional. Para entonces, el Ayuntamiento ya había otorgado los permisos de desmantelamiento. Lo intentaron sin éxito con el Parque de Carbones, el mayor recinto cubierto diáfano de España, pero el derribo ya estaba previsto.
Ese mismo desfase cronológico amenaza ahora de forma casi irreversible a las cuatro estructuras de refrigeración de 90 metros de altura, previstas para la demolición el próximo 30 de julio: «Yo creo que a las torres también llegamos tarde, porque tuvimos una reunión con técnicos de voladura y tienen el trabajo muy adelantado. Cada torre tiene ocho perforaciones ya hechas para saber dónde van a poner las cargas de dinamita y los sistemas electrónicos probados».
Un municipio que se apaga
A pesar de la inminente pérdida de estas siluetas, el encierro vecinal de tres días ha servido para certificar la salvación del gran gigante de hormigón, a la espera de que la Xunta de Galicia estampe la firma definitiva antes del día 30 para declarar la estructura como BIC. «La chimenea tiene el apoyo en este momento incluso del Congreso español. Se aprobó por unanimidad de todos los grupos; debe ser de las pocas cosas en las que se han puesto de acuerdo», zanja Coello con orgullo.
Una victoria que animaría a un municipio fuertemente castigado. «Es un pueblo que está muy desanimado. La central era el motor. Llegamos a trabajar en la empresa 2.700 personas, ahora quedan 40. Desde su cierre hubo promesas de que iba a venir una fábrica de neumáticos, después iba a venir una fábrica para hidrógeno, y eso no se produjo», reconoce.
Aunque el desempleo ronda actualmente el 10 % y el impacto no se ha traducido en un paro masivo gracias al colchón de las prejubilaciones y la demanda laboral en sectores cercanos como la eólica o los astilleros de Navantia, en Ferrol, la realidad oculta una profunda crisis demográfica y comercial. «No se marcharon los 2.700 de golpe, nos fueron prejubilando a la mayoría. Ahora somos jubilados, pero la gente joven... Aquí teníamos un poder adquisitivo elevado, Endesa nos daba becas y nuestros hijos pudieron estudiar en universidades, pero una grandísima parte están trabajando fuera, buscaron trabajo fuera», explica el vocal.
Ese éxodo ha transformado por completo la vitalidad de la localidad: «Aquí llegó a haber 3.000 niños y prácticamente ya no están. Éramos 14.000 y pico personas y ahora somos 9.800; hubo un descenso grande y sigue ese descenso». Para Coello, el verdadero drama no son las cifras de paro, que son normales, sino la pérdida de pulso vital en las calles y los comercios. «El pueblo está en decadencia ahora mismo», confiesa sobre el declive de un municipio que se apaga lentamente.