Atlantic CityLuís Pousa

Marea baja en Riazor

Esos instantes, en los que el océano se da a la fuga y si uno quiere verlo casi tiene que ir andando hasta las Sisargas, cabían en una sola frase de un libro pasado de moda

Una de las cosas que más feliz me ha hecho en esta vida ha sido abandonar la crítica de libros. Ya solo la cultivo de tiempo en tiempo para el Papel Literario de mi querido Nelson Rivera. Y como el bueno de Nelson, que es una de las personas más sabias y bondadosas que he conocido, me concede libertad total, solo comento los títulos que me apetece y únicamente cuando me viene la inspiración (o sea, las ganas). Privilegios de la edad y de la amistad.

Antes de esa liberación, estuve encadenado a la galera de la reseña semanal, lo que me obligaba a engullir una novedad editorial cada siete días y, lo que era más grave, a comentarla luego. Los mostradores y los estantes de las librerías reciben a diario docenas de títulos recién salidos de las imprentas. Las cifras son abrumadoras. El problema estriba en que, a pesar de que cada diciembre se publican esas listas optimistas con los cien mejores libros del año, la cruda realidad es que, si somos rigurosos, en una buena cosecha anual apenas se salvan cinco, a lo sumo seis obras. Y eso siendo extremadamente generoso. ¿El resto? Relleno, márketing y pulpa de papel que terminará felizmente reciclada (esto del reciclaje ha sido un gran avance en las purgas bibliotecarias).

Como la actualidad no daba para más —el periodismo siempre ha sobrevalorado la actualidad frente al poso de los hechos—, yo sobrevivía a tanta novedad editorial colando reediciones de mis autores favoritos. Cualquier excusa era buena. Una nueva traducción. Una edición ilustrada. Daba lo mismo. El caso era huir del aquí y ahora, donde para encontrar una pepita de oro había que cribar demasiado lodo. ¿Se escribe ahora peor que hace un siglo? No lo creo. Hay gigantes entre nosotros. Pero la historia de la literatura nos da ya decantado un canon de siglos que en el día a día no es más que una borrosa nube de fajas y solapas compitiendo en la minúscula —y ridícula— batalla de los anaqueles.

Llegó un día en que alguien ordenó suprimir mi reseña semanal. La expulsión se ejecutó por decreto, sin explicaciones ni comunicación previa. Simplemente, la semana siguiente apareció otra firma en mi esquina del periódico. No sabe el ideólogo de la zancadilla cuánto agradezco aquel veto. Se abrió ante mí un mundo nuevo. Podía volver a leer lo que me daba la gana, sin necesidad de estar atento a las jóvenes promesas y a las últimas tendencias recomendadas por el New Yorker.

Riazor

EL DEBATE

Al dimitir de la actualidad, me he librado de la condena eterna de lo novedoso. Leo a contracorriente. Por eso he dedicado el verano a reencontrarme con Gonzalo Torrente Ballester. Arranqué con su fabuloso Don Juan (cuánto se ha escrito sobre el mito, pero vaya librazo se sacó de la manga el ferrolano) y me entregué luego a los tres tomos de Los gozos y las sombras. Qué manera de narrar.

Para mí la felicidad consiste en sacar un libro de paseo por Coruña. Mediaba ya septiembre, y agarraba una de las entregas de la trilogía, por ejemplo, La Pascua triste, y me largaba a recorrer la ciudad con la prosa de don Gonzalo bajo el brazo. Andaba yo en esas cuando, sentado frente a la bahía, me sacudió una frase de la novela: «Olía a marea baja».

No se trata de la mejor sentencia del libro (hay descripciones de tres líneas en las que Torrente Ballester parece que entra en la habitación y se pone a disparar verbos y adjetivos como ráfagas de ametralladora contra el techo), pero me zarandeó porque estaba plantado ante una bajamar gloriosa y el olor a océano había colmado mis entrañas.

¿Desde que tengo recuerdos, cuántas veces habrá inundado ese aire ultramarino mis bronquios? Cuando el Atlántico se larga de Riazor, para esconderse no sabemos muy bien dónde, deja en la playa un paisaje marciano, de rocas desnudas y anaranjadas, con filigranas talladas por miles de años de oleajes. Esos momentos vividos tantas veces, en los que el océano se da a la fuga y, si uno quiere remojar los pies, casi tiene que ir andando hasta las Sigargas, cabían en una sola frase de un libro pasado de moda. Olía a marea baja.

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