Antisemitismo progre
El odio a los judíos nunca desapareció del todo de Europa occidental, pero cómo imaginar que regresaría de la mano de quienes se arrogan el monopolio de la tolerancia
El antisemitismo tiene una larga tradición en Europa y en España. Esa variedad religiosa del siempre repugnante racismo incluso aparece en la obra de nuestros más exquisitos escritores. Quevedo, Shakespeare y hasta el bondadoso Chesterton caen en algunas de sus más oscuras páginas en ese odio a los judíos. El regreso de esta ideología infame no debería, por tanto, pillarnos por sorpresa. Viene de muy lejos y lamentablemente tiene mucho recorrido por delante. Pero hay algunos aspectos ciertamente novedosos en su actual resurrección.
Hemos asistido en las últimas semanas al escándalo por la exclusión de la escritora argentina y judía Ariana Harwicz –una de las voces más originales y poderosas de su generación– de un festival literario en Granada. Los organizadores, alentados por una asociación de universitarios propalestinos, decidieron vetar a la autora por su posición contraria al boicot a Israel. La cancelación de la novelista generó una importante oleada de críticas y la publicación de un manifiesto de apoyo a Harwicz y de rechazo a su expulsión del certamen. El escritor irlandés John Banville, que era el invitado estrella del cartel, decidió darse de baja del encuentro por el veto. Enfrente, un grupo de intelectuales publicó otro comunicado en sentido contrario: a favor de la cancelación de la narradora por considerarla cómplice de la brutal –el adjetivo es mío– actuación del Ejército israelí en Gaza. Recordemos que Ariana es argentina, vive en París y su única conexión con Israel procede de su fe judía y de sus opiniones libres sobre cuestiones de actualidad.
Al negarle a Harwicz la opción de presentarse en Granada y debatir con los demás escritores, la organización del festival y los abajo firmantes que respaldaron la censura se plantaron contra una de las reglas más elementales de una democracia avanzada como la española: el derecho de cualquier ciudadano a exponer, defender y discutir una idea con sus iguales. Si esa negación de una norma básica se hace, además, por su condición de judía, tenemos ya todas las letras que nos faltaban en el crucigrama para completar la palabra buscada: antisemitismo.
Al crecer la polémica, los canceladores se llevaron las manos a la cabeza y reaccionaron con los argumentos habituales. Explicaron que no discriminan a Harwicz porque sea judía, sino porque la consideran sionista y copartícipe de las acciones del Gobierno de Netanyahu. Traducido al lenguaje coloquial: puedes ser judío siempre que no digas cosas demasiado judías. Según este reglamento no escrito de cómo ser un buen hebreo en Occidente, no se debe ir por ahí enarbolando el derecho del Estado de Israel a existir y defenderse.
Si me permiten una pequeña evasión deportiva, esto me recuerda a las excusas de quienes escupen insultos racistas contra Vinicius en algunos estadios. Arguyen estos odiadores que no chillan «mono» al futbolista porque sea negro, ya que sobre el césped hay otros jugadores negros a los que no increpan, sino por su manera de ser. En plata: la inquina no es por ser negro, sino por su manera de ser negro. Si fuese un negro calladito, tendría un pase, pero ser negro y contestón todavía está muy mal visto en ciertos lugares de Europa occidental.
Hay negritudes aceptables y otras intolerables. Exactamente el mismo razonamiento de fondo que se aplica ahora a Ariana Harwicz por ser judía. Si la escritora fuese una hebrea modosa y complaciente con las tesis propalestinas, no habría problema en permitirle hablar en cualquier foro. Pero a las judías con opiniones propias y que se salen del guion establecido por los guardianes de las esencias lo mejor es silenciarlas para que no incomoden al público.
¿Y qué hay de nuevo en todo esto? El gran cambio es que, hace un siglo, el boicot a los judíos procedía del flanco derecho del espectro ideológico, mientras que hoy en día la caza de brujas la dirigen intelectuales que se autoproclaman de izquierdas y se arrogan el monopolio de la tolerancia. Los mismos que ahora se aferran, con entusiasmo de jipis trasnochados, a la consigna «Palestina libre, desde el río hasta el mar». Un eslogan que aboga por la destrucción del Estado israelí (no quedaría ni rastro de la nación hebrea entre el Jordán y el Mediterráneo) y que reivindicó recientemente la ministra Sira Rego, quien dijo hablar en nombre no ya del Ejecutivo de Sánchez, sino de toda la sociedad española. Quién podía imaginar que el antisemitismo de la eterna conspiración judeomasónica iba a regresar de la mano del Gobierno más progresista de la Historia.
- Luís Pousa es periodista