Estos son los personajes que animan toda festividad compostelana
Cabezudos, así se forjó la tradición centenaria que cada año anima las fiestas de Santiago
Con sus cabezas desproporcionadas, trajes coloridos y movimientos festivos, estos personajes recorren plazas y avenidas despertando asombro y sonrisas
La festividad de la Ascensión convierte cada año a Santiago de Compostela en un hervidero de tradición, música y encuentros populares. Entre ferias, conciertos y expresiones folclóricas, un desfile muy particular se abre paso por las calles del casco histórico: el de los cabezudos, personajes de grandes cabezas que han pasado de generación en generación y que hoy se mantienen como un símbolo vivo de la identidad festiva de la ciudad.
Un viaje a una tradición ancestral
Durante la Ascensión, Santiago se transforma. Las calles empedradas del casco histórico se llenan de gaitas, bailes y música tradicionales, conciertos musicales y la inconfundible algarabía de una ciudad.
Comerciantes y vecinos se preparan para la feria cabalar de Amio, se saborea el pulpo bajo los árboles de la carballeira de Santa Susana, y los juegos populares, como el tradicional torneo de llave, son cita obligada.
Pero destaca una tradición que llama especialmente la atención de quienes visitan la ciudad por primera vez: el desfile de los cabezudos. Personajes con cabezas desproporcionadas, trajes coloridos y movimientos festivos, recorren plazas y avenidas despertando asombro y sonrisas. Aunque hoy parecen inseparables de la Ascensión, sus orígenes son anteriores y su propósito inicial, bien distinto.
La primera aparición documentada de los cabezudos compostelanos se remonta a 1879, cuando el Ayuntamiento de Santiago decidió crear su propia comparsa para competir con los gigantes del Cabildo, protagonistas entonces de las celebraciones del Apóstol. Así nacieron estas figuras que, con el paso del tiempo, se consolidaron como un elemento esencial del patrimonio cultural de la ciudad.
Durante décadas, los cabezudos participaron en las celebraciones religiosas más relevantes. Sin embargo, en los años setenta, la tradición cayó en declive. Aunque seguían saliendo algunas figuras, ya no eran los auténticos cabezudos de Compostela, sino personajes foráneos que desentonaban con la estética local y diluían su esencia.
Fue en 1981 cuando se inició el proceso de recuperación con un claro objetivo: devolver autenticidad a la tradición. A partir de antiguas fotografías y referencias documentales, se reconstruyeron artesanalmente las cabezas y los trajes originales. Aquella labor de reconstrucción no solo devolvió vida a los personajes, sino también sentido y orgullo a la comparsa.
Desde entonces, los cabezudos son imprescindibles en las fiestas de la Ascensión. Encabezados por las figuras del alcalde y la alcaldesa, acompañados por personajes como los pajes negros y la inolvidable Manola, recorren las calles despertando aplausos, sustos cómicos y mucho baile.
La manera de llevar estas cabezas
Lo que para muchos turistas puede parecer una simpática rareza local, para los compostelanos representa un fragmento de historia viva.
Los niños los observan con una mezcla de temor y fascinación que pronto se convierte en entusiasmo; los adultos reviven su infancia al ritmo de los tambores; los fotógrafos, por su parte, buscan capturar un instante que condense el alma festiva de la ciudad.
Las personas que dan vida a los cabezudos lo hacen desde dentro, con apenas una pequeña rendija en la boca de la figura para ver el camino. Su movilidad es limitada y la visibilidad, aún más escasa. Por eso, seguir su recorrido con respeto se ha convertido en parte de la liturgia no escrita de estas fechas.
Cada primavera, cuando la Ascensión se acerca, Santiago se reencuentra con esta tradición centenaria que no solo ha sobrevivido, sino que se ha fortalecido. Los cabezudos no son simples personajes folclóricos: son herederos de una historia que, siglo y medio después, sigue caminando con paso firme por las calles del corazón de Galicia.