Aspecto de la calle María Auxiliadora

Aspecto de la calle María Auxiliadora

El portalón de San Lorenzo

La casa de la Nevería

«Habitaba un gran número de familias populares, pertenecientes a lo que se puede llamar, con toda justicia, la Córdoba profunda»

En la calle María Auxiliadora hubo una famosa casa de vecinos en llamada popularmente La Nevería. Derribada a finales de los 90 del siglo XX, sobre su solar se construyó una promoción de Vimcorsa ataviada con una fachada moderna que no guarda ninguna relación con la arquitectura tradicional de la calle, y que le pega, digan lo que digan los expertos que la diseñaron, como a un santo dos pistolas.

Hay quien dice que más que una fachada propia de la calle María Auxiliadora se parece más a la de una fábrica de lejía

Hay quien dice que más que una fachada propia de la calle María Auxiliadora se parece más a la de una fábrica de lejía

Este nombre de Nevería le venía por haber sido a mediados del siglo XIX asiento de una fábrica de hielo industrial. Fue una empresa francesa, Mr. Caville y Cª, la que se instaló en 1863 en la entonces llamada calle Mayor, en el número 153, poco tiempo después de que un ingeniero francés de nombre Carré patentara la obtención del hielo industrial. Así se anunciaba la empresa en el ‘Diario de Córdoba’ de junio de 1863.

HIELO ARTIFICIAL CORDOBÉS

Los dueños de la fábrica de hielo artificial, establecida con autorización de Excmo. Ayuntamiento de esta Ciudad, calle Mayor de San Lorenzo número 153, tienen la honra de poner en conocimiento del apreciable público, que se expende el hielo llevado por mayor al precio de 15 reales la arroba, y por menos de 8 cuartos la libra.

La venta de este hielo artificial, por mayor y menor, solo se verificará en la misma fábrica mientras se establezca en otros puntos de los diferentes barrios de la ciudad, que se anunciará oportunamente.

Cuando la fábrica cesó la actividad, su solar y otros adyacentes fueron habilitados y ocupados poco a poco, conformando en torno a amplios patios una pintoresca casa de vecinos que seguiría recordando con el nombre de Nevería a sus antiguos moradores. Su extensión iba desde María Auxiliadora hasta prácticamente la casa de las Pajeras (en Jesús del Calvario), apodo de unas mujeres que, a falta del colchón de muelles, se dedicaban a llenarlos de hojas de las mazorcas de maíz. Familia de estas ‘pajeras’ era el Pajero que puso el primer puesto de caracoles en la Magdalena, actualmente regentado con éxito por la tercera generación.

El popular Pajero fundador de caracoles la Magdalena

El popular Pajero fundador de caracoles la Magdalena

Con este espacio tan grande no es de extrañar que en la Nevería habitase un gran número de familias populares, pertenecientes a lo que se puede llamar, con toda justicia, la Córdoba profunda. La parte con escaleras que se puede apreciar a la izquierda de la imagen adjunta se construyó a principios de los 50, cuando se mudó allí la familia de los Pano, señalados diteros de Córdoba (no hace mucho murió Pepín, el más pequeño de los hermanos). Antes había sido un amplio espacio para caballerías y cuadras.

De la gloria al fracaso de los Once Valientes

Entre los vecinos de esta casa, tenemos que citar a Rafael, uno de los hermanos Pano, que se dedicaba también a «dar cuentas», y era un gran aficionado al fútbol. En el verano de 1956 formó un equipo para competir en el Oratorio Festivo Salesiano con el nombre de los Once Valientes. Lo integraban chavales del barrio que ya habían jugado en el San Lorenzo o el Nazaret, por lo que sobre el papel era un equipazo.

Para mayor lustre, Rafael Pano, con los consejos de Manuel Notario Catalán ‘El Coco’ formó un equipo para la gloria deportiva, los equipó con camisetas azules y pantalón blanco. Cumplieron como se esperaba, y en la brillante y concurrida final del Oratorio Festivo Salesiano ganaron al siempre correoso y luchador equipo El Amparo, en el que destacaban los hermanos Hernández Mata, el fino interior Alcaide y como no, el simpático y brioso defensa El Berrios, entre otros.

Al terminar aquel campeonato triunfal, con el trofeo correspondiente en su bolsillo, se quiso dar al equipo un homenaje-convite en la taberna Casa Manolo. Y podemos decir que aquel convite fue sonado pues no faltaría de nada, pues hasta el dueño de la Confitería de San Rafael, cuñado del tabernero, aportó abundantes porciones de pastel cordobés, por lo que los postres también estuvieron garantizados.

Posteriormente, y después de aquel campeonato ganado en el Oratorio Festivo Salesianos, el cura don Juan Novo con su amigo Manuel Pérez Trujillo ‘El Capuchinos’, quiso aprovechar el tirón (de estos Once Valientes y aprovechando también la euforia de haber ganado el primer premio de la Cruz de Mayo) cogió este equipo de futbol y con el nombre de San Lorenzo, se atrevió a desafiar a un equipo de los frailes novicios de los trinitarios. En el equipo que jugó su partido en el desaparecido patio central del Colegio Salesianos, se alinearon de delanteros el propio cura Novo y su amigo El Capuchinos, que se creyeron con fuerza para hacerlo.

Pero pronto, aquellos enloquecidos novicios, que jugaban con su sotana cogida al grueso cinturón, empezaron a correr, y correr… metidos dentro de aquellas zapatillas de suela de cáñamo, volviendo loco y casi sin respiración al equipo que tenían enfrente. Hasta el punto, sería esto lo de correr, que hasta el improvisado árbitro del partido, que sería Pepe Reus, les pidió por favor más calma en sus carreras, pues incluso a él le resultaba imposible seguir el juego al ritmo que ellos lo disputaban. No hace falta decir que el equipo de los frailes goleó al San Lorenzo de don Juan Novo por un tanteo de 12 a 1, y aquello fue suficiente para que al cura Novo se le quitaran las ganas de desafiar a nadie jugando al futbol. Don Manuel Notario, el atento salesiano que quiso presidir aquel partido, le diría a don Juan Novo al terminar el encuentro: «Ahí le hemos dicho a Paco Medina el barbero del Colegio que traiga varios botes del ‘Tío del Bigote’ para que la mayoría de ustedes que lo necesite se dé fricciones para apaciguar las agujetas».

Patio de entrada a la antigua Nevería

Patio de entrada a la antigua Nevería

El interior de la casa de la Nevería

Volviendo a la Nevería, hasta casi sus últimos años en pie, con la soledad y el abandono del tiempo imperando ya en la mayoría de habitaciones y patios vacíos, en las enormes ventanas que daban a la calle María Auxiliadora aún seguía el taller de motos regentado por Bartolo Expósito, muy conocido en el barrio y aún más en la taberna de la Sociedad de Plateros, y se puede decir que rara vez allí no estaba rellenando una quiniela de fútbol.

Entrando hacia el primer patio, la primera vivienda que nos tropezábamos a la derecha había sido la de Rafael, un hombre amable y simpático que en todo momento se podía ver sentado tras un espléndido jazmín con el cigarro de «cuarterón verde» colocado invariablemente en la boca. Este hombre amable y encantador era cuñado de Francisco Uceda, o Paco ‘El Largo’, gran albañil que por los años 50 se dedicó a rehabilitar y acondicionar numerosas viviendas del Casco Antiguo, y que de chaval trabajó en la rehabilitación de la papelería Viuda de Segura, muy cerca de la estatua del Obispo Osio. La papelería había sido destruida por una bomba durante la guerra civil, la misma que destrozó el brazo derecho de la estatua del Obispo.

Paco ‘El Largo’ había nacido en San Lorenzo pero vivió desde que se casó cerca de plaza de Santa Teresa del Campo de la Verdad, en la calleja del Horno que terminaba en los Peñones de San Julián, paralela a la calle del Cine Benavente de verano. En los 60, estando haciendo una rehabilitación de albañilería en la fábrica de gaseosas ‘El Marrubial’ de la calle Álvaro Paulo, fue testigo de cómo un trabajador de apellido Medina, al bajar a un pozo, falleció al entrar en contacto con los gases tóxicos que allí se respiraban. Desde entonces esa fábrica de gaseosas cayó en picado y ya no levantaría cabeza.

Hace unos pocos años falleció su hijo, Agustín Uceda Muriel, al que todo el mundo llamaba Sanchís por un gran gol que marcó en el campo de fútbol de Lepanto con el equipo del Grupo de Empresa Westinghouse. Ese gol se pareció mucho, por su fuerza y empuje, al que marcó Sanchís (padre) contra Suiza en el mundial de 1966 y que supuso la victoria de España por 2 a 1 (el único partido que ganamos en ese mundial, por cierto). Agustín era otro gran aficionado al fútbol que en los 80 y 90 no se perdía un partido de aquellos que se daban en Córdoba la Vieja. Como su padre, supo sembrar el Campo de la Verdad de muchos amigos. También se le echa de menos en el callejón de la plaza de toros, portando de un lado para otro la pica de los toreros a caballo.

Volviendo a Paco ‘El Largo’, éste conocía muy bien la Nevería pues, además de vivir allí su hermana, la mujer de Rafael, intervino como oficial de albañil en la construcción y rehabilitación de esta parte nueva que se construyó junto a las escaleras que antes hemos mencionado. El dueño que ordenó la obra fue el suegro de don Perfecto García Conejero, quien fuera director del Instituto Góngora.

Por ello, Paco, poco antes de que fuesen a derribar la Nevería, nos contaba en el mostrador de la Sociedad de Plateros, ante una copa de vino de peseta, en presencia de Rafael Espejo Jiménez y de Juan Carretero Romero, que bajo esa casa había agua por todas partes, y que incluso los curas de los Salesianos, cuando instalaron enfrente su colegio allá por el año 1901, aprovecharon dichos veneros (posiblemente esa riqueza de agua fuese también el motivo de que se instalara allí la fábrica de hielo). Nos dijo que trabajó allí con uno al que le llamaban El Bola para perfilar las conducciones de agua que desembocan en los depósitos-pozos que se encontraban bajo el cine o teatro del colegio (hoy Teatro Avanti).

Su testimonio corroboraba lo que nos contaba Andrés, cocinero del colegio (1960-1978). Las verduras necesarias para la cocina (que atendía la intendencia del internado con más de 400 alumnos) eran sumergidas metidas en canastas de mimbre dentro de un pozo de agua fría, mejor conservadas de esta forma que en cualquier frigorífico moderno.

Antonio Castro 'El Chicote'

Otro vecino de la Nevería fue nuestro amigo Antonio Castro ‘El Chicote’, (fallecido no hace mucho) que nos hablaba de las historias que surgían cuando los vecinos se reunían para charlar sin prisas en torno a los tres patios que tenía la casa. Los más viejos contaban que llegaron a conocer la existencia de un sótano conforme se entraba hacia la izquierda, donde había un pozo y restos de la maquinaria que producía el hielo. El eterno casero que cuidaba la casa como si fuese suya era José Cejas, que era además guarda de parques y jardines, procuraba por todos los medios que los chiquillos no pudieran acceder a esta zona del pozo y las instalaciones por el peligro que suponía. Sus hijas, mujeres de excelente tipo, fueron pioneras en estrenar en Córdoba aquello que se denominó «la moda saco».

La moda saco expresada en el tipo de falda

La moda saco expresada en el tipo de falda

Otras familias de esa casa que recordemos eran los Morrugares o Los Cocos, Castro, Jiménez, Martínez, Cejas, Polo (y los primos de estos Polo), Salvori, García, Soto, Calvo, Merino, Espinar, Alcaide, Manolo y Trini, Bellido, Jeromo, etcétera. La mayoría ya no están entre nosotros. Ha sido precisamente a El Chupete, apodo que se le asignaba de forma simpática al menor de los hermanos Jiménez (grandes profesionales los tres, el mayor en la Electromecánicas y los otros dos, en Westinghouse) quien me ha comentado la triste noticia de la muerte de dos vecinos y conocidos de nuestra época que se criaron en la Nevería.

En primer lugar El Latas, apodo que se le asignó a uno de los hijos de Manolo Calvo Bello por trabajar en asuntos de hojalatería y por su forma de expresarse. Esta familia fue de las últimas en dejar la Nevería cuando se iba a derribar y se mudaron al barrio de Fátima, allende la avenida de Carlos III. Tanto el padre como la madre decían que allí se ahogaban lejos del barrio que les vio nacer y crecer. Así que terminaron por comprar la casa de Paca la de las rebecas, en la calle Alvar Rodríguez, junto a su añorada casa.

El otro fallecido ha sido el amigo Polito, de la familia de los Polo, de niño muy mimado por su madre (de ahí el diminutivo). Gran aficionado al fútbol (otro más), jugó en el modesto equipo de fútbol El Golondrina que regentaba su vecino Rafael Bellido ‘El Flequi’, apodado así porque se echaba tanto fijador en el flequillo que daba la sensación de que era un postizo. Hay que decir que este equipo de El Golondrina tenía su sede en un simpático bar del propio Cerro de la Golondrina denominado Bar el Lento.

Bar El Lento

Bar el Lento del Cerro de la Golondrina era regentado por Francisco Cisneros y su mujer Otilia, que supo orientar el tema de los desayunos incorporando, en vez de tostada, su pequeña tortilla francesa.

Aquello marchaba viento en popa, de forma que al mediodía ya tenían el taquillaje hecho como suele decirse. Por eso, cuando ya en los años 60 solían pasarse por el local los viajantes de los muchos plateros que se estaban instalando en el Cerro de la Golondrina, con sus flamantes coches y atuendos, y les surgían las prisas por sus sofisticados cubatas o sus ‘whiskies’, este Francisco, más sereno que nunca, les decía a unos y otros, «piano, piano…», "más lento, más lento… que hay otras personas esperando la cerveza o el medio de vino”. Por este motivo fue apodado El Lento.

Hoy, desgraciadamente, del Bar el Lento, del equipo de fútbol el Golondrina, e incluso de la mayoría de los vecinos de la Nevería solo nos quedará el recuerdo formando parte de aquella Córdoba que se nos fue.

El futbolín de Clemente

Quiero terminar el artículo citando a otro famoso vecino de esa casa, el singular Clemente Martínez, que con su eterna gorra era el encargado del futbolín de San Lorenzo (1954-1970).

La historia comienza con Manuel Sánchez, yerno de Antonio Armenta Álvarez, dueño de la taberna Casa Armenta. Conocido por El Óptico, este Manuel heredó por su casamiento con Amada Armenta Bejarano, hija de Antonio, la taberna, que trató de compatibilizar con su negocio de óptica en la calle Cruz Conde. Para ello contrató a varios mozos, siendo el más recordado un pariente nuestro llamado Gabriel González Ruiz, que fuera portero del colegio de don Eloy Vaquero en el Arroyo de San Lorenzo.

Aunque la taberna se mantenía, porque se puede decir que históricamente era la taberna del barrio y allí acudían todos los días los amigos para quedar y reunirse, Manuel Sánchez en realidad no era tabernero, por lo que a la primera oportunidad que se le presentó la traspasó a Manuel Jiménez Torres, el nombrado antes como Manolo ‘Quinielas’, por una que ganó con un premio de 490.000 pesetas. Este otro Manuel, gracias a esta suma de dinero, se quedaría con el traspaso de la taberna y la casa en 1954. Pasaría a llamarse desde entonces Casa Manolo, esa donde tuvo lugar dos años después la comilona de los Once Valientes.

De toda la taberna, Manolo Sánchez se reservó sólo un local que hacía esquina con la calle Roelas y la plaza de San Lorenzo. Allí, la familia Bejarano Meléndez (hermanos de la viuda de Armenta), había intentado poner una carnicería, y después una pescadería, pero esos negocios no llegaron a prosperar. Manuel optó por poner un futbolín, por lo que se llevó el antiguo (metálico) que siempre había existido en la taberna, y compró dos más modernos de madera. En ese negocio puso al citado Clemente como encargado.

Sin televisión, radio o móviles, el juego de futbolín y los cines de verano eran prácticamente las únicas distracciones que tenían por aquellos tiempos las pandillas de jóvenes en el barrio cuando quedaban. En esto del futbolín destacaban por su habilidad el citado antes Pepín ‘El Pano Chico’, El "Curri y, sobre todos, Fernando Fernández, ‘El Nano’, vecino del cercano Picadero en la calle Roelas. Este Nano era un superdotado para todos los juegos, desde hacer el pino hasta jugar al dominó, donde junto a un tal Cristóbal formaron una pareja imbatible. Sobre todo en aquellos años de la recordada Peña el Príncipe.

El fracaso del futbolín

A pesar de su éxito, el negocio del futbolín iba siendo cada vez menos rentable. Una de las razones fue la aparición de unas pesetas sin estampar que se traían a escondidas desde la Electromecánicas. En la gran fábrica cordobesa se troquelaba el disco de la peseta para el resto de España desde hacía mucho tiempo, por lo que se cortaban millones y millones. Luego se enviaban y eran estampadas en la Fábrica de Moneda y Timbre para darles curso legal.

Disco sin estampar de la peseta

Disco sin estampar de la peseta

Pero los futbolines no entendían de esas sutilezas legales y funcionaban sólo con el tacto del disco troquelado de la peseta, sin valor real. Por eso y por otras cosas, Clemente estaba muchas veces malhumorado. Y aún más lo estuvo en una tarde noche de tormenta cuando se fue la luz (cosa muy normal entonces cuando tronaba) con el futbolín lleno de clientes. Totalmente a oscuras, a un gracioso se le ocurrió quitarle la gorra que siempre llevaba puesta y Clemente empezó a gritar como un loco. Al final volvió la luz y la gorra del viejo Clemente apareció... dentro del pilón de la fuente de San Lorenzo. Lo que echó por la boca Clemente ese día fue para haberlo enmarcado.

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