Puerta Alquímica

Puerta Alquímica

Érase una vez Roma

La entrada mágica a la ciudad mágica

«Quizá todo ello fue lo que dejase atrapado para siempre al alquimista. Quizá de Roma, en el fondo, no escapa nadie»

Los elevados pinos de Villa Palombara ocultaban la luna y la mayor parte de las estrellas, pero el viajero sabía perfectamente en qué fase y posición se encontraban: era la noche indicada para la transmutación.

Por ello, horas antes había prometido a su anfitrión, Massimiliano Palombara, que conseguiría convertir la materia innoble en oro si le dejaba buscar en los jardines de la villa una planta que necesitaba con tal fin: «El arte de hacer oro es cosa difícil, pero no imposible», sentenció. Massimiliano, Marqués de Pietraforte y amante de la alquimia, no pudo negarse a la propuesta.

Sin embargo, por la mañana, el huésped había desaparecido. En el laboratorio de la villa solo quedaban como rastro algunas virutas o pequeños granos de oro puro, supuesta prueba de que la transmutación había tenido lugar, así como varios papeles en los que aparecían diferentes símbolos alquímicos. Resultaba lógico suponer que estos últimos debían reflejar la acordada fórmula de la piedra filosofal, pero ninguno de los sabios del entorno del marqués supo interpretarla. Desesperado, Palombara decidió grabarlos en las cinco puertas de su palacio, visibles a todos los romanos, por si alguien, al pasar ante ellas, supiera descifrarlos.

Debían correr, en teoría, mediados del siglo XVII. Y dicha cronología legendaria encaja más o menos con la realidad arquitectónica, ya que las puertas de la villa se harían sobre 1680. A todo el conjunto le llegaría el derribo en la segunda mitad del XIX, en la gran reforma que tuvo lugar en la zona para realizar la Piazza Vittorio Emanuele II. Por ello, de Villa Palombara solo quedan hoy las jambas y el dintel de una de las puertas, conocida como Puerta Alquímica o Puerta Mágica (o Puerta del Cielo). No se encuentra en el sitio original, sino que se desplazó, para su conservación, pudiendo contemplarse actualmente en los jardines de la propia «Piazza Vittorio».

Algunas versiones, por cierto, incluyen el giro de que el viajero desapareciera atravesando la puerta en cuestión. También se dice que la figura real a la que se refiere la leyenda era Giuseppe Francesco Borri, médico y psíquico de origen milanés, obsesionado con la piedra filosofal, amigo y protegido de Palombara. Tras habitar en diversas zonas del norte de Europa huyendo de la Inquisición italiana, fue apresado y estuvo encerrado en el Castillo de Sant'Angelo en dos etapas diferentes, falleciendo allí en 1695.

Giuseppe Francesco Borri

Giuseppe Francesco Borri

En torno a la fecha de la muerte de Borri habría nacido un misterioso personaje de procedencia incierta que décadas después entraría en la escena de las cortes europeas presentándose como el Conde de Saint Germain. Excéntrico, erudito, políglota y, por supuesto, también iniciado, aseguraba «ser muy viejo», y varios testigos afirmaron no haberle visto envejecer a pesar del paso de las décadas. Pero Saint Germain no es hoy en día tan desconocido como Borri: incluso aparece en la película 'Casanova' (de Fellini) como un «mago y ocultista» que tiene trescientos años de edad... por ser alquimista.

Pues bien, basándose en un supuesto parecido físico entre ambos, cierta tradición oral afirma que eran la misma persona. Que, por tanto, el protagonista del relato de la Puerta Alquímica efectivamente era Borri y había encontrado, como pretendía, la fórmula de la eterna juventud (o, al menos, de la larga vida) y tuvo que inventar una nueva identidad. Una fórmula de la eterna juventud que sería, claro, la que podríamos ver codificada en las inscripciones.

De hecho, en la mencionada reforma de Piazza Vittorio Emanuele II de finales del XIX (dos siglos después de la muerte de Borri, aunque, llegados a ese punto, digamos, mejor, supuesta muerte), vecinos y comerciantes de los soportales de la misma aseguraban que, a veces, veían por allí a un individuo al que llamaban «el alquimista». Incluso charlaban con él.

Puede que el desaparecido laboratorio de Villa Palombara, el legendario episodio del viajero, las inscripciones de la puerta, la supuesta inmortalidad de Borri y su perenne presencia tengan que ver con el hecho de que, ya desde mucho antes de conocer este asunto de la Puerta Alquímica, siempre haya percibido en esta zona de Roma, la del monte Esquilino, una energía especial. Esa energía que tienen la mayoría de enclaves que hunden sus raíces en tiempos arcanos.

Villa Palombara, en un fresco de 1859

Villa Palombara, en un fresco de 1859

Un barrio que, además, estuvo presente en mis principios en Roma, como si la puerta de Villa Pallombara hubiera sido, aun sin jamás atravesarla, mi propia entrada mágica a la ciudad. Aunque, como dicen en la película 'El nuevo testamento', al principio de algo uno nunca sabe que es el principio de algo.

Por ejemplo, allí, concretamente en las escaleras de la basílica de Santa María la Mayor, nos hicimos la foto de todos los que íbamos en el viaje fin de curso del Colegio Cervantes (Hermanos Maristas) de Córdoba en febrero de 1999, que se convertiría en algo así como la instantánea oficial de la expedición.

La verdad es que de aquel tour no puedo contar muchas cosas. Y no por cuestiones etílicas juveniles, sino por el exceso de información (positivo) que la experiencia supuso. Mi memoria confunde los trayectos, las paradas para almorzar y los hoteles en los que pernoctamos en Gerona, Milán, Florencia, Venecia, Roma o Cannes.

Foto del viaje de fin de curso ante Santa María la Mayor (1999)

Foto del viaje de fin de curso ante Santa María la Mayor (1999)

Apenas recuerdo que en Roma compartí la habitación 201 del Hotel Princess, en Vía Aurelia, con mis amigos Alejandro y Antonio. El primero hoy en día forma con Lina, que también era parte de la comitiva cervantina, el dúo de garage-rock Lady Coulson. El segundo tiene escarceos con la escritura, sin nunca terminar de aprovechar su talento como debería.

De aquel hotel conservo la típica pastilla de jabón del alojamiento, pero, aun sin ella, nunca podría olvidar su nombre. Pues Antonio, como buen poeta, estaba cegado no por el furor adolescente, sino por el romanticismo becqueriano también adolescente, y durante años repitió «siempre nos quedará el Hotel Princesa», haciendo un guiño a la mítica película 'Casablanca'.

Sin embargo, frente a ese síndrome de Stendhal que me infoxicó y provocó cierta amnesia, de lo ocurrido cuando regresé a la Ciudad Eterna apenas dos años después para estudiar allí un curso completo sí recuerdo todo: las emociones, los olores, la comida, las canciones, la sensación del aire en la piel y hasta el ritmo exacto de los besos. Todo eso que atrapa de Roma. Quizá todo ello fue lo que dejase atrapado para siempre al alquimista. Quizá de Roma, en el fondo, no escapa nadie.

Y esa, mi segunda y más larga etapa romana, también tuvo su comienzo en el Esquilino. Os lo contaré en el próximo artículo. Fue el 4 de septiembre de 2001: el día que conocí a Giorgia.

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