Duncan Shaw
El portalón de San Lorenzo
Duncan Shaw y la llegada del protestantismo a Córdoba
«Cerca de la Fuente de la Salud había un misterioso y secreto conjunto de tumbas y enterramientos del que nos dijo que era el cementerio de los protestantes»
El 26 de febrero de 1861 el ingeniero y empresario escocés Duncan Shaw inauguró una moderna fábrica de producción de plomo, bautizada con el nombre popular de Pozo Ancho, en un paraje muy cercano al discurrir del arroyo de las Piedras en terrenos pertenecientes al conde de Zamora de Riofrío, antes de transitar por lo que hoy es el polígono de Chinales. También participó en la puesta en marcha de una fábrica de gas y, según documentos de la profesora María Soledad Gómez Navarro, tuvo iniciativas en el sector del ferrocarril.
Este súbdito británico no limitó su relación con nuestra ciudad al ámbito empresarial, participando también como socio fundador del Círculo de la Amistad además de ser vicecónsul del Reino Unido en Córdoba. En todo caso, su relación más estrecha con nuestra ciudad llegaría al casarse en segundas nupcias con una cordobesa de nombre Concepción Moreno González de Canales.
Por su origen era de religión protestante, y en este sentido desempeñó un papel muy activo en la defensa de la libertad religiosa. Así, el 5 de enero de 1869 publicó en el 'Diario de Córdoba' un manifiesto en el que daba a entender, por si alguien se daba por aludido, que desde La Gloriosa de 1868, que exilió a Isabel II, la Constitución permitía la libertad de cultos en España. Y, ya de paso, en su escrito ponía en tela de juicio, entre otras críticas, la tradicional alianza Iglesia-Estado, así como la recientemente proclamada infalibilidad de los papas, si bien templaba gaitas indicando que en el plano estrictamente religioso las diferencias entre los católicos y los protestantes no era muy acusadas. Su posición fue llamada la «posición Duncan».
Portada de la réplica del Cabildo a Mr. Duncan
La Iglesia cordobesa de entonces no se quedó callada. El Cabildo de la Catedral, con el obispo Alburquerque a la cabeza, editó una hoja en contestación destinada "A los católicos cordobeses” en la cual se recogían y defendían los artículos de fe católica. También el alcalde de Córdoba, Rafael Conde y Luque, entró al trapo y replicó por escrito al empresario escocés. Incluso, 39.203 cordobeses (entre ellos algo más de una cuarta parte de los católicos de la capital) firmaron un escrito dirigido a las Cortes para evitar la libertad religiosa. Se quiso hasta procesionar a San Rafael en desagravio. La resistencia al protestantismo motivaría también el nacimiento de dos periódicos católicos, ‘La Tradición’ y ‘El Antídoto’, y la fundación en la capital de la Asociación de Católicos y de la Juventud Católica.
Así estaban las cosas cuando el día 30 de enero de 1869 (29 según otras fuentes) se llevó a cabo el primer culto permitido de la Iglesia Reformada Española por parte del pastor evangélico valenciano Antonio Simó Soler. Fue en una casa de la calle Morería, propiedad del mismo Duncan Shaw. En un principio se invitó a trabajadores británicos de la fundición de plomo, y a ciertos familiares, además de algunos vecinos y simpatizantes de la fe protestante. Se explicó el capítulo quince del evangelio de Lucas sobre el hijo pródigo, usando una Biblia protestante en castellano, y se entonaron algunas alabanzas y oraciones propias de su culto.
La campaña proselitista y los cultos protestantes recibirían el apoyo de otro pastor evangélico, Antonio Carrasco, quien celebró culto en el teatro Moratín, si bien del total de cultos programados sólo se le permitió uno porque el propietario se opuso a que diese el resto. En la provincia las campañas protestantes se extendieron a Lucena, Pozoblanco y Montilla. El pastor Luis Fernández Chacón organizó una «santa misión protestante» en esta última población y celebró cultos en el Casino Republicano en 1871, si bien tres años después «abjuraba de sus errores» y volvía al seno de la Iglesia católica.
La puerta y el balcón que aparece a la derecha del altar de San Rafael pertenecían a la Escuela Evangélica
La escuela de la calle Candelaria
Tras este primer culto protestante a la luz del día en 1869 que, como hemos visto, tuvo gran repercusión en la hasta entonces tranquila vida religiosa cordobesa, la pequeña comunidad evangélica local siguió su curso y pocos meses después, a petición de la congregación que se había formado, y siempre con el apoyo del propio Duncan Shaw, el valenciano Antonio Simó Soler, se hizo cargo de la congregación y la trasladó a una casa de la calle Rey Heredia.
En 1877 la congregación contaba ya con 415 miembros, una cifra respetable dentro de su modestia. Para entonces ya habían abierto las Escuelas Evangélicas (donde se combinaba la figura del pastor con la del maestro) en las calles Moriscos y Candelaria, llegando esta última con el tiempo a ser la principal referencia protestante en la ciudad. Esta casa de la calle Candelaria, la número 12, fue adquirida a Rafael Zambrano, de Constantina (Sevilla), y la destinaron para salón y escuela aprovechando su espacioso patio.
El pastor a cargo entonces de este establecimiento de la calle Candelaria era Emilio Carreño del Toro, sevillano de 28 años, casado con Eloísa Chamorro Torres, de 33. Carreño figura en unas cuestaciones que se hicieron en el ‘Diario de Córdoba’ para ayudar a los afectados por unas inundaciones en Almería, Toledo y Valencia. En 1897 fue sustituido por el malagueño Rafael Blanco Medina, nacido en 1846 y casado con la suiza Sofía de Trevy y Jivar. Tuvieron ocho hijas y un varón. Sólo la más pequeña, Teresa, vio la luz en Córdoba, naciendo el resto en la provincia de Cádiz, su anterior destino como predicador.
Después de más de una década en el cargo, en 1918 Rafael Blanco fue sustituido interinamente como pastor durante unos meses por un tal Rafael Lobo, hasta que llegó Agustín Arenales Ortiz, personaje culto y con renombre, colaborador en numerosas publicaciones y revistas. Fundó la ‘Revista Atalaya’ y escribió mucho sobre la libertad religiosa en ‘España Evangélica’, que se publicaría desde 1919 a 1920. En Córdoba tuvo como colaboradores a José González Ortega y Araceli Blanco Letrán. Antes había sido párroco católico en Villaescusa (Zamora), hasta que se convirtió en evangélico y abandonó la Iglesia. De algunas de sus publicaciones hablaría en tono elogioso el republicano cordobés Eloy Vaquero Cantillo. No debe extrañarnos esta familiaridad por cuanto estos pastores protestantes tenían una componente política acusada, y a veces daban algunos de sus sermones y charlas en locales ofrecidos por los republicanos, con los que tenían una buena sintonía por ser ambos grupos una minoría reivindicativa liberal, cada una en su ámbito de actuación.
Al terminar la guerra civil Agustín Arenales tuvo que exiliarse a México, desembarcando en Veracruz. Murió en el país americano en 1941.
Le sucedió Pedro de Vegas Hernández, maestro y pastor evangélico nacido en la citada localidad de Villaescusa en 1893, en el seno de una familia que ya era evangélica. Siguió los estudios de Teología y Magisterio en el Instituto Teológico Evangélico del Puerto de Santa María (Cádiz). Tras su ordenación y casamiento con Josefa Martín sirvió como pastor y maestro en la Iglesia Evangélica de Córdoba de la calle Candelaria, junto a su esposa, entre 1918 y 1929. En 1930 dejó el puesto de pastor así como la vivienda anexa a la iglesia protestante, y se mudó a la calle Arenillas, en el barrio de la Magdalena. Iniciando una nueva vida, montó una Librería de Ocasión (en la plaza del Salvador, junto a San Pablo) así como una Biblioteca Circulante, ambas de libros antiguos. Según comentaba su hija Esther, para poder instalar estos negocios tuvo que desprenderse de la Enciclopedia Espasa que vendió por dos mil pesetas a don Juan Font del Riego, propietario de la desaparecida Librería Font. En este intento por ser librero, el antiguo pastor evangélico fue ayudado por don Rogelio Luque, también librero y destacado liberal, del que se haría muy buen amigo. Compartirían un triste destino, pues los dos murieron al desencadenarse el odio y la venganza ciega en aquella guerra de 1936.
Unos años antes, en 1931, había estado en Córdoba don Pío Baroja, y se entrevistó varias veces con Pedro de Vegas en su Librería de Ocasión. De estas charlas el escritor vasco sacó información que incluyó en varios capítulos de su novela ‘Los Visionarios’. De Vegas aparecía así en lo que sería, aún sin saberlo, su homenaje para la posteridad.
Tras su trágica muerte la librería siguió siendo regentada por su hija, que posteriormente se marcharía a Barcelona y vendió la casa donde estaba este establecimiento a la señora que por los años 50 montaba su puesto de verduras y frutas junto a la peculiar fuente-farola ubicada justo en medio de esa plaza de San Salvador.
Después de la guerra la casa de la calle Candelaria permaneció cerrada y sirvió para que nuestros mayores, siempre que pasábamos por allí, nos dijeran que ahí estuvo la «escuela de los protestantes». Ya en los años 70 esa casa, con su patio y su salón capilla, pasó a manos de Rafael Ortega Correa, personaje que se dedicaba a las antigüedades y que lo mismo veías un día vestido de trinitario que otro vestido de requeté. Fue el dueño de una casa con pocas comodidades en la calle Cardenal González, que posteriormente vendió al Ayuntamiento.
La firma de compra de esa casa de la calle Candelaria tuvo lugar en el convento del Císter, a donde todos los días solía ir para comer. Una vez adquirida la casa pensó en hacer allí mismo una especie de mausoleo para él mismo, llegando a forrar aquí y allá todo el salón con materiales caros y exquisitos que generaban un ambiente poco menos que celestial. Pero a mitad de toda esta labor, y antes que decidiera nada definitivo, la muerte sorprendió a Rafael Ortega. Tuvo la previsión de dejar escrito en su testamento que el panteón que cubriera su tumba fuese de mármol autentico de Carrara, y que contase con un réplica de la Piedad de Miguel Ángel. Cumplido su testamento, su majestuoso panteón luce en el Cementerio de la Salud rivalizando con todos los panteones que hay en el patio de Manolete y del mismo Cabildo.
Fotografía del cementerio de los protestantes
El cementerio de los protestantes
Enlazando con el Cementerio de la Salud, otro cementerio peculiar de esa Córdoba era el llamado cementerio de los protestantes, iniciativa también de nuestro conocido Duncan Shaw para enterrar cerca de su fábrica de plomo a sus paisanos que trabajaban para él, que eran al principio mayoría entre los trabajadores, así como cordobeses que profesaban la fe evangélica y que no tenían entonces un lugar habilitado para ser enterrados religiosamente.
Recuerdo que a últimos de los años 50 íbamos a bañarnos a lo que popularmente se conocía como Lago Azul, más o menos por donde hoy cae la urbanización de Mirabueno junto al barrio del Naranjo. Era una hondonada con agua limpia y cristalina que se había originado esos años en una cantera de piedra caliza ya abandonada, y que al hacer la Avenida de Carlos III, al parecer el allanado de todo este trayecto de carretera, debió taponar algunos mantos de agua que discurrían por la zona (delante de la cárcel existían dos importantes alcubillas), y el agua buscó aflorar por la citada cantera.
Cuando acudíamos al Lago Azul teníamos que pasar por debajo del canal del Guadalmellato a través de un ojo de ese puente que era la vivienda improvisada, más o menos como la de Carpanta de los tebeos, de Marchena el de la Arena, aquel simpático personaje corto de estatura que recogía arena de los arroyos cercanos y la vendía por las calles pregonando "Niña, llevo la arena que limpia las cacerolas y las ollas que es cosa buena; niña, llevo la arena…” Uno de esos días de baño, de vuelta para casa, mi hermano mayor nos llevó para enseñarnos, como si fuese un secreto, cerca de la Fuente de la Salud, sobre el terraplén que caía hacia el arroyo de las Piedras, un misterioso y secreto conjunto de tumbas y enterramientos del que nos dijo que era «el cementerio de los protestantes».
A principio de los años 60 se canceló por razones higiénicas el Lago Azul y se empezó a urbanizarse el barrio del Naranjo. El alcalde de Córdoba don Antonio Cruz Conde, de forma muy acertada, trasladó todos esos enterramientos al Cementerio de San Rafael, dándoles un espacio digno junto al cementerio llamado «civil».
Pepín Moreno Corpas
En aquel reservado cementerio civil o de los protestantes, dentro del Cementerio de San Rafael, probablemente la bovedilla más visitada a mediados de los 60 fue la del joven Pepín Moreno Corpas, fallecido en un accidente de circulación ocurrido en la antigua avenida del Obispo Pérez Muñoz poco antes de llegar a la Fuensantilla.
Su coche, en el que iba acompañado con la bailaora Ana Carrillo Mendoza ‘La Tomata’, tropezó con una farola hacia la izquierda de la avenida en la madrugada del 11 de abril de 1964, justo donde había un cartel que se anunciaba como Industrias Firga, un proyecto incipiente de El Cordobés. El joven tenía 31 años, y su compañera 21. Ella fue ingresada en estado muy grave en el Hospital Provincial. Pepín era hijo del dueño de la Funeraria Moreno y había sido novillero, donde coincidió con Manolo ‘Zurito’ toreando en pueblos de la provincia.
A decir de muchos que lo conocieron y trataron fue un hombre de una tremenda bondad para todo el mundo, en especial para los más débiles. En cualquier disputa o pelea no le importaba que le superaran sus contendientes, pues allí estaba él para darlo todo. Pero lo que daba de protección a los demás no lo hacía para sí mismo, llevando una vida bohemia sin ninguna red de protección. Por su fuerte personalidad se enfrentó con la Iglesia en la persona del sacerdote de la parroquia de San Salvador (Compañía), y quizás por ello después de su muerte no tuvo funerales eclesiásticos, siendo enterrado en el llamado cementerio de los protestantes. Allí estaba con los agnósticos, con los que se consideraban ateos y los que se suicidaban. Esto disgustó mucho a la familia, que en julio de 1968 consiguió sacarlo de allí y pasar sus restos al panteón familiar. Todavía recuerdo que cuando llegaba el 1 de Noviembre la bovedilla de José Moreno Corpas, que estaba junto a la del industrial Benito Lozano, era un desfile continuado de personas, en su mayoría jóvenes, que querían visitar a su conocido y amigo, el que fuera el gran amor de La Tomata, excelsa bailaora de la plazuela de los Gitanos.