Ortega y Aguado acarician la puerta grande de Los Califas
El banderillero Iván García, de la cuadrilla de Pablo Aguado, saludó montera en mano en el sexto
El diestro Juan Ortega, en la Plaza de Toros de Córdoba
La corrida estrella de la feria, festejo de primer nivel en el panorama taurino actual, congregó media entrada en Los Califas. Este hecho nos debe llevar a hacer una profundo ejercicio de reflexión en torno al propio espectáculo, a su ubicación temporal y al precio de las entradas. Urge llevar a cabo esta reflexión porque la juventud, que es el futuro, puebla abundantemente los tendidos y si no sabemos conectar con ellos, explicarles cómo son las cosas y que valoren lo que están viendo, se corre el riesgo de que aquello deje de interesar o se desvirtúe hasta límites desagradables. La plaza ha perdido personalidad. Se ha vuelto bonancible, dócil, aplaudidora, sin capacidad crítica alguna más allá de simplezas como que el picador traspase una raya. Se aplaude todo, se premia todo, se tolera todo. Se piden orejas con la misma facilidad con la que se pide de música, que por cierto suena inmisericordemente en todas las faenas. Sin criterio.
En medio de este panorama de predisposición absoluta, Manzanares se abrió de capote para saludar elegantemente a su primero, un toro dulce ante el que, al llegar a la muleta, desplegó los argumentos propios de su casa en los que el toreo suave y de excelente trazo agradaron al respetable. Eso por la derecha, porque el trasteo por la izquierda fue a menos y sólo se puede salvar un natural. Sonó la música, como siempre, para adornar desde ese momento la mala colocación en la que empezó a situarse el torero y el mal uso de la muleta, que mostró picos antes que panza. La faena fue desdibujándose progresivamente, pero como mató de un estoconazo de época, paseó la primera oreja de la tarde.
Para lo de su segundo es difícil encontrar explicación. Nada que reseñar con el capote, el planteamiento de la faena de muleta ante un toro con la fuerza tan justa como la fiereza se resolvió en un trasteo impropio de un torero de su bagaje. Fuera de sitio en todos los muletazos, lo pasó para acá y para allá sin compromiso, sin estructura y sin justificación, porque el animal no era ni más bueno ni más malo que el resto del encierro.
José María Manzanares, en la Plaza de Toros de Córdoba
También a favor de obra jugó Juan Ortega. Torero muy querido por el paisanaje, recetó a su primero un precioso mazo de verónicas de saludo. Toreo caro tanto por la estética como por la decisión del espada de recoger tras cada lance a un oponente que salía suelto de algunos lances. Aguado quitó en su turno por chicuelinas de hermosa factura. Con la muleta sacó al toro a los medios con el garbo y empaque que atesora. La gente estaba con él. Y él lo sabía. Ocupó la escena construyendo series por la derecha fundamentalmente, porque la zurda resultó menos vistosa al pecar de acortar el terreno con el toro cuando pedía más espacio. De haber detectado este comportamiento el resultado hubiese sido aún mayor.
Este mismo error ocurrió en su segundo toro, que a pesar de embestir bien, transmitía menos. La faena tuvo buen trazo pero fue menos maciza. Pases unitarios, sin rotundidad, que acabaron transformando a peor la embestida del animal, que a esas alturas punteaba al sentirse encimado. A pesar de ello, su pasodoble, su música, su petición y su oreja.
Pablo Aguado, en la Plaza de Toros de Córdoba
La actuación de Pablo Aguado en su primero puede que haya sido lo mejor de la feria. Con el percal saludó a este toro con verónicas a pies juntos a ralentí, rematadas por una media de cartel. Monumental. La faena de muleta, que brindó a El Cordobés, se argumentó con los mismos criterios. Dos series con la derecha magníficas. Muletazos largos, tersos y, sobre todo, rematados extraordinariamente. Los remates de las series fueron un lujo. Con la izquierda continuó la inspiración basada en el toreo fundamental. Dos series brutales, acabadas por abajo, con cambios de mano y con una variedad estética extraña de ver hoy. Unas manoletinas elegantes precedieron al error del pinchazo que le privó, a buen seguro, de mayor premio.
En su segundo no pudo lucirse con el capote. El que sí lo hizo fue Iván García, con dos pares de banderillas extraordinarios. Los mejores de la feria, sin duda. Con la muleta, en cambio, no llegó a acoplarse. El toro soltaba la cara, pero más que por mala condición por el error en el cálculo de las distancias por parte del torero. Encimó la colocación y el toro protestó. En los pases que lo citó de lejos, le perdió pasos y se colocó correctamente, el toro pasó con nobleza.
Ficha técnica
- Coso de Los Califas. Media entrada en tarde calurosa y con algo de viento.
- Toros de Domingo Hernández, de correcta presentación y con las fuerzas justas. En su mayoría tuvieron embestidas nobles, destacando segundo y tercero que fueron magníficos. Se aplaudieron todos en el arrastre excepto el cuarto.
- José María Manzanares (De sangre de toro y azabache). Estocada fulminante. (Oreja). Pinchazo en los bajos y estocada trasera y caída. (Saludos).
- Juan Ortega (De verde manzana y oro). Estocada. (Oreja). Estocada caída (Oreja).
- Pablo Aguado (De catafalco y oro). Pinchazo y estocada (Oreja). Estocada casi entera y dos descabellos. Aviso. (Saludos).