Imagen de archivo de la iglesia del Convento de Madre de Dios (Córdoba)

Imagen de archivo de la iglesia del Convento de Madre de Dios

El portalón de San Lorenzo

La huella en Córdoba del Convento de Madre de Dios y San Rafael

Cuatro siglos de devoción, transformación urbana y memoria colectiva en el barrio de Santiago

En el conjunto de comunidades religiosas existentes en la capital cordobesa durante la Edad Media, los Terciarios Regulares de San Francisco —que ocupaban el Convento Madre de Dios de los Remedios y San Rafael— llegaron a tener un indudable arraigo en el vecindario del barrio de Santiago. Esto se debió, entre otras razones, a sus cuatro siglos de permanencia en nuestra ciudad.

La llegada de esta orden religiosa, fundada por San Francisco de Asís, se produjo a mediados del siglo XV (1440). Se establecieron en las afueras de la ciudad, en un entorno de huertas de la zona llamada de la Fuensanta, por encontrarse allí ubicado el primitivo santuario (1420), muy cerca del arroyo de Pedroches y a la altura de la Huerta o pago de Milana. Testigos de todo este acontecer histórico tuvieron que ser, a la fuerza, los puentes de Santa Matilde, Los Diablos y Burriciegos, hoy desaparecidos junto con sus recuerdos por el avance de las urbanizaciones.

En ese lugar poco aparente, el 17 de enero de 1440, Fray Ruy Martínez de Pineda presenta la escritura de donación de un terreno en el pago de Milana para la fundación del Convento de Madre de Dios para los frailes de la Orden Tercera de Penitencia, según un documento que aparece en la Real Academia de la Historia (Colección Morales. C-14. Folios. 625-629. Copia del siglo XVIII).

El 18 de enero de 1441, en la citada Huerta de Milana y ante don Juan Alfonso de Zamora (bachiller en Decretos, arcediano del Páramo en la Catedral de Astorga y vicario general de don Sancho de Rojas, obispo de Córdoba, que se hallaba presente), Ruy Martínez de Pineda pide licencia para fabricar un monasterio de la Orden de la Penitencia que se llamaría Madre de Dios y de los Remedios, donde ya existían unas casas habilitadas como residencia (RAH, Colección Morales. C-14, Folios. 629-633. Copia del siglo XVIII).

Exterior del Convento de Madre de Dios y San Rafael (Córdoba)

Exterior del Convento de Madre de Dios y San Rafael

El 8 de marzo de 1444, don Sancho de Rojas concede al convento la licencia para pedir limosna en Córdoba y su obispado con destino a la compra de ornamentos y luminarias. También concede 40 días de indulgencias a aquellos que diesen limosna para tal fin, a petición del mayordomo, Fray Pedro.

En un principio, estos frailes iban por libre, es decir, no estaban sometidos a la jurisdicción del Ordinario, que dependía del obispo de la diócesis. Aquellos primeros tiempos fueron un constante tira y afloja entre los frailes y el prelado por querer continuar exentos de la autoridad episcopal. Incluso el 19 de julio de 1452 se emite una sentencia dada por fray Juan de Ávila, abad del Monasterio de los Santos Mártires Acisclo y Victoria de Córdoba, por la que se declara exento de dicha jurisdicción al Monasterio de Madre de Dios y los Remedios (RAH, Colección Morales. C-14, folios. 619-658. Copia del siglo XVIII). Sin embargo, al final el Obispado salió ganando y el convento tuvo que someterse a su autoridad.

Aquella realidad jurídica provocó que algunos frailes se marcharan. Es el caso registrado de fray Antón Cordero, quien pidió permiso a fray Ruy Martínez de Pineda para abandonar el convento por estar sujeto a la diócesis. Superados estos primeros años, los frailes que aceptaron voluntariamente acatar la disciplina diocesana se consolidaron en el recinto. Poco a poco se fueron integrando en el barrio de Santiago, donde eran muy apreciadas sus labores pastorales, sus visitas a los enfermos y su entrega a la causa de los más desfavorecidos. También supieron integrarse en las cofradías de hortelanos de la zona.

A principios del siglo XVII, los religiosos decidieron abandonar aquel enclave entre huertas y, en 1602, trasladaron el convento a la Puerta de Baeza, junto a la calle del Cáñamo. Al estar la sede vacante en la diócesis de Córdoba, correspondió al Cabildo dar la autorización para el nuevo emplazamiento. Sin embargo, necesitaban una iglesia donde desarrollar sus labores. Desde el primer momento, al comprobar la gran devoción que existía en Córdoba hacia el Arcángel San Rafael, decidieron ponerle su nombre. Pidieron ayuda general e incluso el Municipio, en 1698, les cedió la plaza de la Corredera para celebrar una corrida de toros con el fin de recabar los fondos, que implicaba la construcción.

Las obras de la iglesia se iniciaron a finales del siglo XVII y, a pesar de las dificultades por falta de fondos, culminaron con éxito en 1715. El Ayuntamiento costeó la mayor parte y el resto fue completado por el gremio de hortelanos y las industrias de la Carrera de la Fuensanta. La fecha de inauguración (9 de junio de 1715) aparece señalada en las Actas Capitulares de la Catedral.

De esta forma, la ciudad contó con su primera iglesia importante dedicada al Arcángel San Rafael, quien gozaba de gran fervor popular desde las apariciones al venerable Andrés de las Roelas. Una vez concluida, resultó ser una de las más bellas de Córdoba y fue dedicada a la Madre de Dios de los Remedios y San Rafael.

En el altar mayor se encuentra la Virgen de Los Remedios y, a ambos lados, San Rafael y San Miguel. La capilla de la izquierda alberga imágenes de San Antonio, Santa Catalina y San Juan Bautista. En la capilla llamada de los hortelanos se halla una imagen de Jesús Nazareno, la Virgen de los Dolores, la Magdalena y San Juan. El retablo principal fue realizado por el arquitecto Melchor Fernández Moreno, autor de reconocida obra en la ciudad.

En este convento destacaron los hermanos y frailes Pedro Rodríguez Mohedano (1722-1773) y Rafael Rodríguez Mohedano (1725-1787). Ambos compartieron vida religiosa, profesión y fueron autores de ‘La Historia Literaria de España’, impresa en Madrid entre 1766 y 1791 (año correspondiente al tomo X). Tras su paso por el Convento Madre de Dios y los Remedios de Córdoba, se trasladaron a Granada, donde fallecieron.

La fachada de la iglesia está coronada por una estatua del Arcángel San Rafael a juego con el color de la piedra del conjunto. La torre es muy original, dando la sensación de ser la mitad que le falta al campanario del Convento del Carmen de Puerta Nueva, al menos eso opinábamos de pequeños.

Los franceses invasores

Esta iglesia fue totalmente saqueada en los agitados días de junio de 1808 durante la ocupación francesa. Con esta actuación, las tropas del general Dupont se tomaban cumplida venganza por el desesperado intento de Pedro Moreno, vecino de la calle Ancha de la Magdalena. Este, por oponerse a los desmanes de los invasores (quienes habían derribado a cañonazos la portada de Puerta Nueva), disparó su mosquete contra el general francés, hiriendo únicamente a su caballo. El desgraciado juez de paz —que eso era Pedro Moreno— fue pasado a bayoneta junto a su familia, salvándose solo su hija de pañales, quien posteriormente dio nombre a los jardines.

Todavía en 1950, cuando el cantero Rafael García Rueda reparaba el Triunfo de San Rafael de Puerta Nueva al cambiarlo de ubicación desde la puerta de la Iglesia del Carmen al centro de la plaza, se podían observar señales de disparos franceses en el rostro del Arcángel. Pasados esos primeros días de auténtico terror, los cordobeses, con su Ayuntamiento a la cabeza, celebraron la salida de Dupont. El Barrio de San Lorenzo, por su proximidad con Puerta Nueva y los conventos circundantes, sufrió como nadie los actos de sabotaje. Sus vecinos de las calles Roelas, Peral, Pozanco, Cristo, Ruano Girón, y las plazas de Don Arias y San Rafael fueron testigos directos. Entre ellos figuraban profesionales sencillos como el zapatero Antonio Bravo, el militar José Ruiz, arrieros, tejedores, albañiles, herreros, panaderos o plateros. Al consultar el padrón municipal, se comprueba que era un barrio humilde con un nivel cultural bajo, donde los analfabetos declarados superaban el 70%.

Aquella gente, que se sentía indefensa, experimentó un alivio momentáneo ante la marcha de las tropas. Quizá a modo de homenaje, el Ayuntamiento mandó construir años más tarde una fuente en la plaza de San Rafael (1909), la cual ha servido desde entonces como archivo vivo de los acontecimientos del barrio.

Mientras tanto, el resto de España permanecía pendiente de Cádiz, baluarte de la libertad y del orgullo nacional. En 1810, los franceses volvieron a ocupar Córdoba bajo el mando del general Godinot, quien desde el primer día decretó la supresión de las comunidades religiosas y la incautación de sus bienes. Los frailes del Convento Madre de Dios y San Rafael vieron cómo su templo se convertía en cuartel y sus estancias interiores en cuadras y establos para la caballería enemiga. Lamentablemente, surgieron afrancesados en todos los niveles que, bajo el pretexto de que las nuevas ideas traían libertad, sometieron la soberanía española. Era triste leer en documentos oficiales del Ayuntamiento la fórmula: «Valga para el reinado de S.M. el Sr. Don José Primero». Lo que no sabían era que Napoleón pretendía dividir España por la línea del Ebro, reservando el norte para Francia, costara las vidas que costara. Afortunadamente, el espíritu de independencia fraguado en Cádiz se propagó por todo el país hasta expulsar al invasor.

Los frailes se van y vienen

En mayo de 1814, los religiosos regresaron al convento e iniciaron su restauración piedra a piedra, pues había quedado desmantelado. Con gran esfuerzo y la colaboración de los vecinos de Santiago, lograron rehabilitarlo con una inversión de 50 000 pesetas.

Sin embargo, en junio de 1821 las propias autoridades españolas ordenaron la reducción de conventos que no alcanzaran un cupo mínimo de miembros. Aunque en 1780 la comunidad había sido numerosa, en 1821 no alcanzaba el límite fijado y tuvieron que abandonar el edificio. Por la alternancia entre liberales y conservadores, el criterio cambió y en 1823 pudieron regresar. Según los libros de visitas del Padre General conservados en los Archivos de Hacienda, los frailes tuvieron el celo de recuperar, uno a uno, todos los enseres que se habían visto obligados a vender.

Aquel polígono industrial

En 1836, los frailes abandonaron definitivamente el convento. Se confirmó la venta del edificio al industrial francés Antonio Bruyas, natural de Givors (cerca de Lyon). Afortunadamente, este empresario venía a invertir y crear empleo: transformó las instalaciones en una fábrica de cristales. Costó mucho esfuerzo e inversión lograr que los cristales curvos alcanzaran una calidad homologada a la de Francia y Alemania. El director estaba muy integrado en la comunidad y, tras enviudar joven, se casó en segundas nupcias con Isabel Molero, vecina de la calle Barrionuevo. Lamentablemente, falleció en 1858 a los 56 años, lo que significó el cierre definitivo de la fábrica. De una forma u otra, la Carrera de la Fuensanta funcionaba como un verdadero polígono industrial de la época. Allí se fabricaban paños, telas, cerillas, jabón, cáñamo, alfarería, cartonajes, calzado, cordones, cristales, yeso, cal, escobillas, carbón, bujías, losetas y ladrillos; además de contar con talleres de aceiteras, almacenes de pienso y la fábrica de gas establecida en 1870 por don José Gil y Serra.

El alcalde Guzmán Reina y el concejal Juan Antonio Palomino visitan a los ingresados en el Asilo (1964)

El alcalde Guzmán Reina y el concejal Juan Antonio Palomino visitan a los ingresados en el Asilo (1964)Archivo Municipal de Córdoba

El Asilo Madre de Dios y San Rafael

En 1862, bajo la alcaldía de don José Ramón de Hoces y González de Canales (1825-1895) —a quien se debe también la culminación de los Jardines de la Agricultura y el último tramo del murallón del río Guadalquivir—, el Ayuntamiento compró el edificio por 75 000 reales para instalar un asilo que resolviera el problema de la mendicidad y el abandono de los mayores. Para la remodelación se contó con aportaciones regias, como la de doña Isabel de Borbón, quien donó 6.000 reales. Con evidentes apreturas económicas, se equipó el mobiliario necesario e inauguró el Asilo Madre de Dios y San Rafael en 1864, aunque una amplia zona quedó como corral por falta de fondos. Allí se acogió a unos 200 ancianos de ambos sexos que obtenían, al menos, techo y comida.

Una de las Memorias de ingresos y gastos del Asilo de Madre de Dios que se conservan en el Archivo Municipal de Córdoba

Una de las Memorias de ingresos y gastos del Asilo de Madre de Dios que se conservan en el Archivo Municipal de Córdoba

El alcalde acertó al poner al frente de la dirección a don Agustín Moreno y Ramírez (1810-1883), un sacerdote ejemplar entregado a la parroquia de Santiago. Le sustituyó don Mariano Amaya Castellanos (1843-1912), promotor de la llegada de los salesianos a Córdoba, quien dignificó la institución con su trabajo. Ambos sacerdotes solían redactar minuciosos informes de ingresos y salidas denominados Memorias, conservados hoy en el Archivo Municipal.

Aquella beneficiencia

En aquellos tiempos los asilos, hospitales y casas de acogida se englobaban bajo el concepto de Beneficencia. En ellos se acogía con dignidad a los mayores en la propia capital, donde eran cuidados hasta el final de sus días. Resulta paradójico que en épocas pasadas, sin la recaudación masiva de impuestos actuales como el IRPF (150.000 millones de euros), los ancianos contaran con amparo en su entorno urbano. Hoy en día, a pesar de los enormes presupuestos públicos, los únicos retiros dignos que están garantizados son los de la clase política mientras buena parte de los trabajadores se ven imposibilitados de costear una residencia en su ciudad, viéndose desplazados al final de sus vidas lejos de sus raíces, familiares y amigos.

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