De Nerón al primer beso
«Y es que, aunque es probable que la imagen de muchos de ellos fuese distorsionada a propósito por cronistas posteriores, ninguno de los gobernantes claudios estaba para hacer el test de Rorschach»
El autor, en el 2002, en el Coliseo de Roma con unos amigos españoles
Rafael era uno de los artistas que, antorcha en mano, se deslizaban (o descolgaban) por aquellas grutas para ver las antiguas pinturas murales. Dichos espacios estaban escondidos en las entrañas del colle Oppio (una de las tres cimas de la colina del Esquilino, que comenté en mis primeros artículos) y habían sido encontrados sobre 1480, probablemente al buscar materiales para las construcciones renacentistas. Algunos de los motivos allí visibles serían imitados por los genios de la época (el propio Rafael incluido), tomando el nombre de su lugar de origen: los famosos «grutescos».
Aunque al principio se identificaron con unas termas, estas «grutas» eran lo poco que quedaba de la Domus Aurea, la «Casa de Oro» o «Casa Dorada» de Nerón, el quinto emperador, realizada casi milenio y medio antes. Erigida para satisfacer la megalomanía de este (quien, según se cuenta, pretendía rebautizar a la capital como Nerópolis), había sido toda una inmensa villa en pleno centro de Roma, y contaba con bosques, animales salvajes, espacios ceremoniales, un lago artificial, etc., ocupando el inmenso espacio despejado por el incendio del año 64.
Grutescos Domus Aurea
Tanto la tradición posterior como la cultura contemporánea (recordemos la famosa escena de Quo vadis, de 1951) responsabilizan del siniestro a Nerón, pero en realidad no se sabe quién lo provocó. Sí hay constancia de dos cosas. La primera, que tuvo su origen por la zona del Circo Massimo. La segunda, que el emperador, además de aprovechar para hacerse el chalecito, encontró rápidamente a quién culpar de la tragedia: los cristianos.
Nerón tuvo como tutor y consejero, por cierto, a un cordobés: Séneca. El sobrino de este, Lucano (otro cordobés), también entró en el círculo cercano al césar. Pero, cosas de la vida, ambos fueron obligados por el propio Nerón a suicidarse, acusados de participar en las conjuras que surgían por doquier ante la errática conducta del tirano (y, si no surgían, él se las inventaba).
Nerón contemplando el incendio de Roma. Karl von Piloty. 1861
Pero Nerón no sería el único emperador desequilibrado que habría en la dinastía julio-claudia. Esta imbricó a la gens Julia de Julio César y Octavio (que expliqué en el artículo anterior) y la gens Claudia, que se incorporó desde Tiberio y a la que también pertenecían Calígula, Claudio y Nerón. Animo a mi querido lector a releer y comparar por un instante la capacidad de los nombres que he señalado de una y otra. Y es que, aunque es probable que la imagen de muchos de ellos fuese distorsionada a propósito por cronistas posteriores, ninguno de los gobernantes claudios estaba para hacer el test de Rorschach. Ni muchos de los de su entorno, como Mesalina, primera esposa de Claudio.
No puedo detallar aquí sus correspondientes taras (en su mayoría, conocidas), ni las infinitas (y fascinantes) intrigas palaciegas de la época (ya sabemos que la realidad siempre supera a la ficción). Muchas de estas intrigas provenían del senado. O de las madres de los numerosos posibles herederos. O de los pretorianos, la guardia personal que creó Octavio (ya que las tropas no podían entrar en Roma) y a los que cualquier emperador debía tener de su lado; a menudo, realizando para ello grandes donaciones cuando llegaban al poder. Pero no debemos olvidar un par de factores que convierten los árboles genealógicos de esta gente en galimatías: por un lado, el hecho de que la mayor parte de ellos se casó varias veces. Por otro, la relevancia que tenía la adopción.
Tras el suicidio de Nerón en el 68, llegó el llamado «año de los cuatro emperadores». El último de ellos, Vespasiano, logró asentarse en el cargo y fue (dato curioso, coherente con lo que vengo diciendo) el primer césar sucedido por un hijo biológico: Tito. Luego gobernó su otro hijo (por tanto, hermano de Tito), Domiciano, cerrando la breve (tres emperadores) dinastía de los Flavios.
La Domus Aurea, inconclusa a la muerte de Nerón, fue desapareciendo poco a poco, sobre todo por intervenciones posteriores y algún incendio que hacía justicia poética. Sobrevivieron casi únicamente una parte que se soterraría para realizar las termas de Trajano (convirtiéndose en las «grutas» que comenté al principio) o el Coloso de Nerón. Este era una escultura de bronce del emperador, de más de treinta metros de alto, que estaba en el vestíbulo abierto de la Domus Aurea, donde hoy se encuentra la basílica de San Francisca Romana. La había realizado el griego Zenodoro tomando como modelo el famoso Coloso de Rodas. Tras la muerte del retratado, se eliminaron sus rasgos, claro, dejando (o poniendo en su lugar, si es que no estaban ya) los de Helios, personificación del Sol.
En esa inercia de cancelación del recuerdo neroniano, Vespasiano y Tito usaron el estanque de la Domus Aurea como zanja de cimentación para el anfiteatro Flavio. Y, medio siglo después, Adriano trasladó junto al mismo, utilizando veinticuatro elefantes, la mencionada escultura. Este colossus adyacente sería lo que daría a dicho anfiteatro el sobrenombre (ya usado, por lo menos, en el siglo VIII) que se ha hecho universal: Colosseum. En español, Coliseo.
Busto de Nerón. Museos Capitalinos
Del fantasma de Nerón os hablaré otro día. Hasta aquí, puedo decir que conocí muy bien toda la zona que he comentado en este artículo y los dos anteriores. Ello se debió a lo que había estudiado en Córdoba y a las asignaturas que tenía en Roma. Todas ellas eran de arqueología romana o cristiana (en la cristiana me centraré en los próximos meses). Bueno, excepto una: latín. No es común que un extranjero coja esa materia, claro. Pero pareció cosa del destino, ya que, gracias a ella, conocí a la que sería mi novia romana. Nada es casualidad. Alguien, o algo, mueve los hilos.
En la penúltima clase antes del examen me acerqué al profesor, Gennaro Lopez, para preguntarle si, al ser un alumno Erasmus, debía realizarlo de una forma distinta (los exámenes en Italia son orales). Él me atendió muy amablemente, alabó mi italiano y desvió la conversación al gol que Zidane había marcado dos semanas antes y con el que comencé el artículo del mes pasado. Al final, sobre el examen yo creo que ni hablamos.
Días más tarde, ya en la última lección del curso, mientras se dirigía a todos los asistentes, me miró y, como guiño simpático y cómplice, dijo una expresión en castellano. Así fue como todos mis compañeros supieron que yo, que llevaba el cuatrimestre entero sin hablar con nadie, era español. Debíamos de ser unos cuarenta en total, solo dos chicos, y, al menos entonces, a las italianas les encantaban los españoles, así que un murmullo recorrió el aula. Lo traduje como «vaya por Dios, ahora nos enteramos».
El otro alumno varón estaba sentado justamente detrás de mí. Me tocó el hombro y me dijo en itagnolo (mezcla de italiano y spagnolo) que su novia hacía la Erasmus en Valencia. Cuando la clase terminó, seguimos sentados charlando un rato. A su lado había una chica que se presentó como Laura. Invité a ambos a una fiesta que organizábamos el día siguiente en mi piso para despedir el curso. Él no podía, pero ella vino acompañada por una amiga, que, al rato, supongo que porque vio que estaba en buenas manos, se fue.
Terminamos sentados en mi cama viendo unas fotos. Ella estaba girada dándome la espalda y, mientras me comentaba algo de las instantáneas, me recreé en el hecho de que no llevaba pendientes. Siempre me han gustado las chicas que no llevan maquillaje ni muchos complementos. Supongo que tienen un aire de «no tengo que adornarme, ya soy suficientemente atractiva». Giró la cabeza hacia mí y nuestras bocas se encontraron. Fue un beso redondo, perfecto.
Por entonces, todavía dábamos besos perfectos. Tuve la suerte de disfrutar varios. Luego, desconozco el motivo, dejan de tener lugar.
Como esa conversación de El capitán Alatriste:
- «Todos amamos una vez. O varias. Y un día deja de ocurrir. Eso es todo.»
- «¿Así de fácil?.»
- «Así de difícil.»
Era la madrugada del viernes 1 de junio de 2002. Laura y yo nos amamos durante un mes como se ama a los veinte años: mezclando la pureza de Diana y la pasión de Afrodita. Quizá en Roma, donde, como dije artículos atrás, se unen cuerpo y espíritu, donde se funden los opuestos, no podía ser de otra forma.
Luego, nos hicimos mayores.