La calle Nueva en 1954
El portalón de San Lorenzo
Comercios y personajes de la calle Claudio Marcelo
«A la puerta estaba el simpático lotero Pino, siempre ataviado con su bigote, uno de los primeros que empezó en Córdoba a vender participaciones»
En 2010 falleció José Mellado Madrid a la edad de 94 años. Este hombre trabajó toda su vida en la ferretería El Candado de la calle Nueva (Claudio Marcelo), por lo que no es de extrañar que sus amigos de charlas (con medios de vino por delante) en la Sociedad de Plateros de María Auxiliadora, como Paco ‘El Rubiano’, Juan Carretero, Miguel Expósito, Rafael Calvo o Manolo Blancart, entre otros, le pusieron el sobrenombre de Pepe ‘Candado’. Vivió en la calle La Banda (hoy Jesús del Calvario), en casa de los Almoguera, enfrente de la famosa Sarapia. En sus últimos años se mudó por La Viñuela, cambiando el «domicilio del vino» a la taberna del Llano Amarillo donde medio barrio jugaba al dominó allí junto a la barbería del simpático mudo. A él, sin embargo, le gustaba poco este juego, prefiriendo entablar conversaciones simpáticas en las que daba muestras continuas de su buen humor.
Gran profesional, Pepe se tenía a sí mismo como uno de los hombres que más entendía de tornillos en Córdoba. Así, nos contó más de una vez que el edificio de los famosos Almacenes Sánchez fue de los primeros que se levantaron en la ciudad, allá por los años treinta, sobre estructura de hierro. Se jactaba de contarnos que su gran amigo José Cuevas, encargado del taller de hierros de Álvarez Salas situado en la Ribera, le había dicho que toda la estructura iba a base de innumerables roblones y tornillos, por lo que la soldadura brilló prácticamente por su ausencia. De aquel tiempo, y por el mismo taller, es la actual Cruz del Rastro. Ya en tiempos más recientes también realizaron en su fragua de la calle de la Feria (San Fernando) la corona del Cristo de los Faroles.
Poco antes de su fallecimiento me encontré a Pepe Mellado por La Viñuela y nos paramos en el Llano Amarillo. Ya no estaba el mudo barbero, pues había abandonado esta profesión al haberle tocado la lotería primitiva. Observamos que había hasta cola para jugar al dominó. Él me apuntó que cada vez iba más gente para jugar, y que muchos de ellos no eran jubilados, sino gente relativamente joven, muchos parados que mataban así el tiempo. Y como a él le gustaron siempre las ocurrencias y chascarrillos graciosos me dijo: «Tengo un vecino con bastante humor negro que me ha dicho que hay tantas personas, muchos de ellos parados, paseando por las calles sin rumbo fijo que hasta el tiempo de los semáforos lo han tenido que cambiar. El verde de los peatones les dura ahora bastante más para que puedan seguir andando».
En esto de las frases graciosas tengo que decir que el amigo Mellado fue quien me contó por primera vez esa frase tan ocurrente que repetían los que, como él, trabajaban en Claudio Marcelo durante sus buenos tiempos:
«A las 9 de la mañana suena El Timbre, toca La Campana, y Gutiérrez coge La Llave para abrir El Candado». Este simpático comentario, era en relación con el toque del reloj de las Tendillas, y las cuatro importantes ferreterías que había en la calle Claudio Marcelo. Con ello recitaban las ferreterías que había sólo en la calle Nueva (en contraste con lo difícil que es encontrar hoy en día alguna), unas más grandes que otras, pero que se complementaban y daban vida a la zona junto al resto de comercios.
A las nueve de la mañana
Y es que a las 9 de la mañana, según marcaba el reloj de las Tendillas (primero, el antiguo en la esquina de Jesús María; luego, el actual, inaugurado por todo lo alto en 1961) abrían la mayoría de los establecimientos que poblaban las aceras de la calle Nueva y aledaños.
El evidente declive comercial de la calle desde entonces (aunque con un tímido repunte en los últimos años, sobre todo por la hostelería) dolía mucho al amigo Mellado: «No sé lo que ha pasado, pero a mí me da la impresión de que desde que pusieron en pie esas dichosas columnas romanas junto al Ayuntamiento se cargaron la calle. Pasas por ella y está todo desconocido, muerto y medio abandonado. Quedan sólo dos o tres establecimientos de los de mi época». Recordaba con nostalgia cómo por aquellos años 50 y 60 el eje desde el Realejo al centro, pasando por San Pablo, era a las tres y media de la tarde un reguero de mujeres jóvenes y menos jóvenes que iban a trabajar. Ese desfile lo formaban las hermanas De la Rubia (Mari Carmen, Loli y Conchi), María Luisa María (hermana de mi esposa), Antoñita Franco, Rafi Ariza, Angelita y Fuensanta Saco, Rafi Extremera, las mellizas de Amparito, Inés Roldán, las primas de Calerito, Rafi Nogueras, Antoñita Amaro, Nieves Fernández, Isabel Agudo (cuñada del escultor Cerrillo), Elisa Camacho, las hermanas Cantueso, Pili Clemente, las hermanas Mesa, las hermanas Mari y Manoli Mata, Rafi Gavilán, las hermanas Lucena, Manoli Serna, las hermanas García Millán, Maleni Sánchez, la ‘Fali del Huerto’, Rafi Álvarez, Mercedes Villalba, las hermanas Pacheco, etcétera.
Todas ellas formaban como una «serpiente multicolor» en donde cada una procuraba el lucimiento de sus zapatos, sus faldas de tergal, sus chaquetas, sus rebecas, sus peinados sus bolsos y hasta sus andares. Y la calle que empleaba a la mayoría de ellas era, sin duda, la calle Nueva.
Porque allí estaba Almacenes Galo y José Hernández, establecimiento de tejidos, prendas de vestir y toda clase de complementos. Era una tienda enorme con varias puertas de entrada a la calle. Por cada puerta te encontrabas caras de familiaridad. Se daba la circunstancia de que había incluso cajeras que eran hermanas de otras que habíamos visto en otros establecimientos próximos, como era el caso de las hermanas Mesa: una estaba allí y otra en Calzados Montilla. Más abajo tenías la zapatería de Ciudad del Betis y luego los Almacenes Los Madrileños, uno de los primeros establecimientos de Córdoba con letrero luminoso.
Qué decir de los negocios de calzado. Además de las citadas Ciudad del Betis y Calzados Montilla (con dos tiendas) estaban Calzados Rivas y Calzados Mallorca. Y para tomarse una horchata o helado estaba el simpático carrillo de El Rubio. Un hijo suyo estuvo después tras él, los últimos tiempos ya en un pequeño local en la parte baja de la calle hasta hace no muchos años.
Había dos relojerías, sin duda de las más acreditadas, la Relojería Suiza (que aún permanece con los hermanos Velasco, parientes de una de mis nueras) y Relojería Mesa. Estaban los míticos y añorados Almacenes Sánchez, con sus dos plantas, todo un emblema de modernidad y clase, Zafra Polo, Márquez, León, Antonio Molina, Kalia, Checa, Martínez Rücker, Flomar, Otero Óptico, Antonio Molina, La Purísima, Muebles Redondo, Creaciones Amara, Deportes Romero y la tienda de paquetería y bordados Muñoz Morán. (Familiares de María la de la Mica). Esta última tienda tenía en su segundo piso un taller con más de 25 jóvenes bordando y haciendo encajes. A la puerta estaba el simpático lotero Pino, siempre ataviado con su bigote, uno de los primeros que empezó en Córdoba a vender participaciones. Que las depositaba en los salientes que solía hacer el zócalo de la citada tienda. Gran fumador, fumaba siempre unos puritos muy pequeños. Su pregonada favorita era: «¡Que tengo la ‘salvaora’ y la otra!».
En la esquina de la calle Azonaicas se ubicaba una tienda de peletería de alto nivel llamada Ciudad de Córdoba. Estaba regentada por dos hermanos que parecían dos caballeros de clausura por su indumentaria. También estaba Casa Hoyo, un referente en perfumería. Allí íbamos muchos a comprar los sábados la famosa brillantina que nuestros padres usaban para peinarse el fin de semana. Por supuesto, la calle contaba con sus correspondientes farmacia y banco.
La famosa celosía
Entrando en el ámbito de los profesionales, casualmente en la misma planta de un edificio de la calle Nueva tenían sus despachos los arquitectos don Félix Hernández y don Rafael de La-Hoz, ambos reputados profesionales, pero que en varias ocasiones tuvieron que enfrentar sus criterios profesionales en relación con el edificio de la Mezquita-Catedral. En el estudio del segundo trabajaba el delineante Eulogio Blanco que fuera el que realizó el dibujo de las controvertidas celosías que se pusieron en el muro norte de la Mezquita-Catedral en el año 1972 y que darían tanto que hablar cuando se quiso quitar una de ellas que pesaba 8.495 kilos, para que pudieran acceder a la Catedral los pasos de la Semana Santa.
También en el citado edificio, había una clínica de accidentes, la del recordado don Francisco Calzadilla León, alma del Hogar y Clínica de San Rafael de San Juan de Dios, donde con colaboradores médicos como mi entrañable médico de empresa Gonzalo Briones Espinosa dieron todo lo que tenían por paliar los sufrimientos de los enfermos, especialmente de los más humildes de la sociedad. En la calle Nueva estaban también la consulta del doctor Zurita, y los laboratorios del doctor Cabrera y de Rafael Canalejo que fuera alcalde de Belmez que se hizo famoso por el concurso de TVE ‘Un Millón Para el mejor’, presentado por el gran Joaquín Prat, y que dio la vuelta al mundo por su popularidad.
Ahora tal como está la TVE parece que para despistar hábilmente, nos ponen Mundial FIFA a todas horas, y que según cualquier locutor, (de los muchos que hay) se puede apreciar que en su inagotable palabrería como voceros de esa televisión, donde además de anunciar los 104 partidos, solo les falta anunciar la novela de ‘Ama Rosa’. No sabemos de dónde va a sacar TVE los dineros suficientes, pues un Gobierno sin presupuestos desde hace cuatro años, además de que a dicha TVE se le reconocen deudas de 941 millones de euros. (Qué diría la pobre Lola Flores).
Lamine Yamal
Además y sin menoscabo para Lamine Yamal, que sin duda es un formidable jugador, da la impresión de que el Gobierno y sus medios subvencionados al hablar del mundial, no hacen nada más que poner a este muchacho en portada a modo de cromo, cosa que nunca hizo TVE ni con Andrés Iniesta, Carles Puyol, Xabier Alonso, Iker Casillas, David Villa, Fernando Torres, y todos aquellos jugadores también españoles que fueron campeones del mundo del 2010.
Todos aquellos sistemáticos antifranquistas que criticaban todo lo de Franco, y sobre todo, cuando TVE y desde aquellos improvisados Estudios del Paseo de la Habana, se buscara la forma de televisar un partido de futbol para los sábados, se criticó duramente al régimen de Franco diciendo más o menos «pretenden comerle el coco a los españoles». No sabemos qué dirán ahora todos aquellos niños de papá de esta TVE que después de haber contratado al de las gambas ya no le quedará espacio ni para la ONCE.
El alcalde de Belmez, en TVE
También había otros hombres
Pero entre tanto hombre bueno y algunos deportistas, como hemos descrito anteriormente, por desgracia siempre salen algunos del otro y siniestro lado. Como unos indeseables que en los años 50 se dedicaron a estafar con la necesidad urgente de la salvadora y milagrosa penicilina, último recurso de muchos ante la plaga de meningitis que se extendió por la ciudad y que se cebó en los niños de los barrios más humildes. Inyectaban en botes vacíos una sustancia inocua, para engaño de los pobres padres que después de hacer el tremendo esfuerzo económico veían como aquello no les había servido para nada. El cabecilla de aquella charpa de indeseables trabajaba como sanitario en el centro de prevención de enfermedades venéreas que estaba situado en la calle Villalones (cerca de la calle del Coliseo San Andrés). Y otro de ellos, también era vecino en el edificio de la calle Nueva que hacía esquina con la calle María Cristina, donde hoy se aloja una versión moderna de la taberna El Gallo.
El Garbanzo no sabía lo que hacía
Con el problema que significaba obtener aquél antibiótico que era la penicilina, dado el severo aislamiento a que se sometió a los españoles (por causas de aquella guerra de 1936), se podía decir, que la poca penicilina que circulaba en España en aquellos años de 1950, era la que entraba por Gibraltar, y tenemos que decir, que los que más sabían de todo este asunto eran los propios maquinistas y auxiliares del Tren Expreso de Algeciras, que eran personas muy solicitadas para conseguir este antibiótico, que significaba para muchos familiares de los enfermos, la única tabla de salvación ante aquella malvada enfermedad. Aquella terrible enfermedad (la meningitis) hizo que el Depósito de Renfe en el paso a nivel de las Margaritas, se convirtiera para muchos en un lugar de espera y auténtica esperanza.
Por todo ello resultó calamitosa la información que publicó el diario ‘Córdoba’, de fecha 7 de marzo de 1954, que venía a decir lo siguiente:
“Gracias a la labor de la policía nacional han sido detenidos los cuatros sujetos autores del robo de 1.000 botes de penicilina, de un Centro Cooperativo Farmacéutico Sevillano ubicado en la calle el Reloj de nuestra capital».
Se trata de Miguel Herrador Alcudia, alias ‘El Garbanzo’; José Muñoz León, alias ‘El Picatierras’; Francisco Navarro, alias ‘El Francis’, y Antonio Menjibar Muñoz, que se confesaron autores del robo, pero que al parecer no tenían ni idea de lo que era la penicilina, pues uno de ellos, ‘El Garbanzo’ antes de que le encontraran su lote de botes de penicilina (250) se deshizo de ellos por el caño del patio de su casa. Dándose la tremenda circunstancia de que había padres que suspiraban por 6 botes de penicilina que eran los que algunos médicos consideraban «como choque inicial» para atajar aquella terrible enfermedad y, en cambio este ladronzuelo los estaba tirando por el caño de su casa. El resto de botes de penicilina fue recuperado por la policía.
Supermercado SAAS en la calle Claudio Marcelo, esquina a María Cristina
Y siguiendo con la calle Nueva, tenemos que decir que en ese edificio que hace esquina con la calle María Cristina, hubo en primer lugar una tienda de Almacenes Pueyo. Después se instaló allí el primer gran supermercado como tal de Córdoba, que se llamaba SASS, y que entregaban para su promoción los primeros vales Valispar. Más tarde estuvo Electrodomésticos Urende y hoy día la citada taberna El Gallo que ya hemos mencionado. A la espalda estaba Electricidad Poveda. Por ese rincón que se forma con los restos romanos se entraba a las oficinas del Ayuntamiento antes de que hicieran las obras del nuevo edificio capitular inaugurado en época de Julio Anguita como alcalde de Córdoba.
Precisamente, en un balcón de ese edificio que hacía esquina con calle María Cristina y la calle Nueva, en 1979, un joven alcalde Julio Anguita González, que se estrenaba en el cargo, presenció la Cabalgata de Reyes, desde el balcón de don Francisco Torralva Molina director de la Escuela de Artes y Oficios, constituyendo aquello una atracción más cara al público.
Los vales de crédito
Los establecimientos de esa calle, como media Córdoba, vivían en gran medida de los vales de crédito para el pago a plazos, que por aquellas fechas estaba a la orden del día. Conocí a muchos que daban cuentas, como los hermanos Pano, de la casa de vecinos llamada La Nevería, en María Auxiliadora; al Chico Fortuna, cuya zona de influencia era San Lorenzo, las Costanillas, San Juan de Letrán y la Magdalena, al Rubio ‘El Piyayo’, que extendía sus clientes por las Delicias, Venta San Francisco, Olivillos de Don Félix, Olivos Borrachos y la propia fábrica de la Electro Mecánicas; a Juan Rojas Morales, que también tenía su zona de influencia por lo que entonces era lo más a occidente de la ciudad: los Olivos Borrachos, la fábrica de Westinghouse, Avenida Parque, pisos de Cañete y el barrio de la Electro Mecánicas y, por último, al amigo Paco Flores, más reciente, que se quedó con las zonas del Chico Fortuna cuando éste se retiró e incluso amplió su acción a barrios tan distantes como las Moreras y Palmeras. Los vales que daban estos agentes personales servían para todo, incluso muebles, electrodomésticos y joyería. Así, en los Almacenes Robles, dedicados a artículos de regalo, un gran porcentaje de sus ventas eran por este cauce.
Hasta las grandes empresas como la Electro Mecánicas, Constructora Nacional de Maquinaría Eléctrica (Westinghouse) o Almacenes San Antonio (Aceites Carbonell), concedían vales de ropa o zapatos para sus trabajadores. Westinghouse trabajaba, entre otros, con los Almacenes Rodríguez Espejo, en plena plaza de las Tendillas. La Electro Mecánicas, además de trabajar con todas las tiendas grandes conocidas, lo hacía también con una tienda muy simpática, El Metro S.A., con domicilios en la plaza de San Agustín y en la calle Barqueros esquina Alfonso XIII. Se puede decir que esta última tienda durante muchos años vivió de estas ventas a plazos, para las que había que esperar reglamentaria cola.
Y a todo esto se unían los anticipos a mansalva de las nóminas que concedían las grandes empresa a sus trabajadores, muchos de los cuales iban casi siempre varios meses por delante. Cualquiera diría que esa Córdoba estaba sumida en el crédito total, en vivir al día sin colchón de ahorros, lo que en cierta forma era así.
Es verdad que este crédito, en el conjunto de la economía, era algo pequeño, limitado a nivel doméstico, con lo que difícilmente se podía alterar la estabilidad económica del país. Si alguien no cumplía con sus deudas las repercusiones se limitaban (por desgracia para los afectados) a un ámbito personal. Lo malo de este sistema lo vimos por desgracia después, a principios del siglo XXI, cuando lo de comprar y vender sobre la marcha se amplió, pero a mucha mayor escala con la construcción desaforada y bancos y cajas dando préstamos sin parar en una rueda loca de créditos, plusvalías y nuevos créditos. No hace falta decir lo que pasó cuando estos castillos en el aire se derrumbaron.