'Spain is different'
El portalón de San Lorenzo
El veraneo en España de los cordobeses de entonces
«Con tantas horas de sol, aprovechabas al máximo el estar al aire libre suelto con los amigos, sin preocupaciones»
Para los que ya tenemos cierta edad, cuando éramos niños a finales de los 40 y en los 50 del siglo XX lo que distinguía al verano de otras estaciones del año era, sobre todo, que teníamos las largas vacaciones del colegio, es decir, que contábamos con mucho más tiempo libre para jugar en la calle e incluso, por la noche, que podías sentarte al fresco en la puerta de tu casa hasta horas que normalmente no te dejaban, a veces sólo para escuchar las conversaciones enfrascadas de los mayores sentados en sus sillas de enea con el botijo al lado, otras para oír el revolotear de los murciélagos alrededor de la única bombilla en toda la calle, o bien mirabas, fijamente el telón que constituía tu fachada y veías entrar en escena a las salamanquesas que se disputaban los mosquitos u otros insectos.
Con cosas tan simples exprimías las horas de unos días en los que, con tantas horas de sol, aprovechabas al máximo el estar al aire libre suelto con los amigos, sin preocupaciones. A veces era un día especial y nuestras madres nos llevaban a uno de los innumerables cines de verano. (Llegaría haber 32). Ese era nuestro veraneo, que en nada tenía que envidiar a otros. Qué diferentes estos veranos de los de hoy día, viendo pasar las horas muertas y los días encerrados en nuestros pisos con las persianas bajadas y el aire acondicionado puesto por el calor insoportable de fuera, con las calles desiertas.
Los nenes de mi entorno, a mediados de los años 50 conocimos otra versión del veraneo gracias a Ricardo, el hermano mayor del Negro de la calle el Cristo. Participaba en la organización de aquellos campamentos de verano del Frente de Juventudes. Aunque tenía su sede burocrática en la Puerta del Rincón (antiguo palacio del Marqués de Guadalcázar) para estos campamentos tenían, en la calle Alfaros esquina con Juan Rufo, un local habilitado como salón cultural donde tenías que apuntarte si querías ir. Aparte de esta actividad del Frente de Juventudes allí se daba también algo de aeromodelismo y lo usaba el Club Deportivo Séneca, equipo de futbol modesto que fue un gran vivero para el Córdoba CF.
Yo no fui a estos campamentos, pero sí bastantes conocidos míos del barrio, que solían volver triunfantes con un camaleón al hombro, animal que abundaba mucho por aquella zona de acampada del Puerto de Santa María, que es a donde iban.
El veraneo en el norte
Por aquellos años, lo que entendemos ahora como veraneo, con varios días descansando en la playa, era algo que veíamos lejano y reservado a las clases más pudientes. Los más curiosos teníamos a mano los artículos de Néstor Luján y Fernández (1922-1995), donde mejor se nos explicaba la historia del veraneo en España
Este sensacional periodista y escritor, que sabía de comidas, de fiestas, de toros, y de todo lo costumbrista que se le plantara por delante, fue director de las revistas ‘Destino’ y de ‘Historia y Vida’. Como escritor de novelas quedó incluso finalista del premio Planeta de 1991, con ‘Los espejos paralelos’ (el ganador fue Antonio Muñoz Molina con ‘El jinete polaco’).
Pues bien, la amena pluma Néstor Luján citaba a las playas del Sardinero en Santander, donde comenzó a acudir la alta sociedad y la gente con medios económicos buscando los entonces famosos «baños curativos de la ola», alternativos a los clásicos balnearios. En torno a esta concurrencia de visitantes se crearon una serie de hoteles y casinos que, ya desde 1848, convirtieron a Santander en la ciudad pionera del turismo de playa en España. Algunos pudientes se construyeron allí sus residencias en forma de palacetes y lugares espléndidos para vivir, incluidos miembros de la Casa Real.
Luego llegó San Sebastián, con su elegancia y su larga lista de veraneantes ilustres, desde la reina regente María Cristina en 1887, que acababa de enviudar, hasta el general Franco, pasando por miembros de los gobiernos de Primo de Rivera y de la II República. Alfonso XIII fue un entusiasta de la ciudad donostiarra, otorgando el título de «Real» al equipo de fútbol de la ciudad, la Real Sociedad, que jugaba en aquel campo de futbol que familiarmente denominaban La Bombonera y que no era otro que el antiguo Frontón Gros.
Apenas terminada la guerra civil española (1936-1939) las calles de la bella ciudad guipuzcoana (solo sintió lo avatares de la guerra un par de meses) recibían en verano a una gran cantidad de personas de postín para disfrutar de sus bellas playas y de su aparente calma. Lo de aparente calma era porque, aunque de veraneo, esos meses veraniegos la actividad en la ciudad era frenética: los autores estrenaban allí sus obras teatrales mientras que los escritores presentaban sus libros. Celia Gámez triunfaba en el teatro Victoria Eugenia y Conchita Piquer en el teatro Príncipe, el Circo Amar se llenaba en Amara y en el lujoso Hotel María Cristina, con rigurosa etiqueta, la Orquesta Ibarra animaba el aristocrático té de gala a 50 pesetas la entrada. La Semana Grande de San Sebastián, en pleno agosto, ofrecía un abanico operístico de primera con los mejores artistas de ópera del momento.
Además, aunque en un principio fueron las gentes adineradas de Madrid y otros lugares de España los pioneros, pronto fueron llegando grandes fortunas europeas que huían de la segunda guerra mundial a este lado de los Pirineos. Y, una vez terminado el conflicto mundial, más de 30 países fijaron en San Sebastián la residencia estival de sus cónsules o embajadores: Estados Unidos, Alemania Federal, Italia, Noruega, Holanda, Portugal, Sudáfrica, Suiza, Tailandia, Turquía, Zaire, Australia, China, Francia, India, Japón, Finlandia, Argentina, Bélgica, Cuba, Chile, Dinamarca, Egipto, Irlanda… Con actos protocolarios y recepciones institucionales un día sí y otro también. Nobles, primeros ministros y hasta reyes, algunos exiliados, se agolpaban en sus calles.
Y, lógicamente, el mismo Franco pasaba allí gustosamente el verano, porque la Corporación de San Sebastián había comprado el Palacio Finca de Ayete por 850.000 pesetas para el disfrute del Jefe del Estado mientras ostentara dicho cargo. En el yate Azor disfrutaba de la incomparable bahía. Muerto Franco, en 1977 el Palacio de Ayete pasó de nuevo a la Corporación y hasta Felipe González cogió alguna que otra vez el Azor para darse una vuelta.
En todo este veraneo lujoso en las playas del norte quizás lo de menos fuese el ir a la playa, mancharse los pies con la arena y bañarse. Aún predominaban reticencias morales, éticas, religiosas y hasta sanitarias, donde se aconsejaba tomar la sombra y evitar el excesivo contacto con el agua. Y eso que, según los medios locales, el 20 de agosto de 1946 la ciudad de San Sebastián alcanzó los 53 grados en el termómetro, En cualquier caso, cuando los veraneantes volvían a sus lugares de origen llevaban a gala decir que se habían bañado en la playa de la Concha o, mejor aún, en la más elitista de Ondarreta (lugar muy frecuentado por políticos), aunque en realidad no hubiesen salido de los elegantes actos sociales, el casino o el hipódromo de Lasarte.
El ministro español de Información y Turismo Manuel Fraga y el embajador norteamericano en España se dan un baño en la zona en la que cayeron las bombas.
Y surgió el turismo de costa en el sur
Aparte de que el común de los españoles no podía costease los veraneos en Santander o San Sebastián, seguramente en su fuero interno, sobre todo los más jóvenes, sentirían aquello como excesivamente rígido y reiterativo, que faltaba espontaneidad en la diversión, la música, los bailes, no había bares populares en la playa… En el más serio carácter del norte eso no se encontraba. Y además faltaba sol.
Así que en aguas más cálidas y con más sol empezó a desarrollarse otro tipo de veraneo de playa, en las islas Canarias y Baleares, en las playas levantinas y en las costas andaluzas. De estas últimas los cordobeses siempre hemos tenido preferencia por las de Málaga, lo que empezaría a llamarse Costa del Sol, quizás recordando sin saberlo que en una zona más o menos por donde hoy cae Fuengirola fue nuestro paisano Abderramán III a tomar las aguas por recomendación médica.
En los años 60 este fenómeno turístico adquirió velocidad de crucero. Manuel Fraga, ministro de Información y Turismo, convirtió la idea del «turismo de sol y playa» en nuestras costas en uno de los componentes claves del vertiginoso crecimiento del PIB español. Lo que sólo habían sido modestas casitas de pescadores y playas vacías llenas de arena donde rebotaban monótonas las olas del mar se convertiría en una carrera desenfrenada (y sin control) de torres de apartamentos hoteles, zonas residenciales, chiringuitos y áreas de diversión, que al grito de «España es diferente» y «Nuestro Sol está siempre encendido», transformaron para siempre la costa española.
Ángel Palomino Jiménez, periodista, escritor y humorista, conocedor como pocos de este mundo del turismo de costa en España, comentaría en uno de sus certeros artículos el punto de inflexión que supuso el incidente de las bombas de Palomares. El 17 de enero de 1966 un bombardero B-52 de Estados Unidos con cuatro bombas atómicas a bordo chocó en el aire con el avión cisterna KC-135 que portaba 60.000 litros de combustible.
El impacto le costaría la vida a siete de los once tripulantes de que constaban dichas naves, y también provocó la caída de las cuatro bombas termonucleares que portaba el B-52 de una potencia de 1.10 megatones. Dos bombas quedaron intactas, una que cayó en la desembocadura del río Almanzora y la otra en el mar Mediterráneo. Las otras dos se fragmentaron, cayendo una en un solar y la otra en la cercanía del cementerio. Los elementos de seguridad de los que iban provistas evitaron una auténtica tragedia nuclear.
El autor literario Ángel Palomino
La noticia adquirió alcance mundial y surgió una lógica preocupación y alarma que podía afectar a la reputación de la zona, sobre todo por la bomba caída en el mar. Para quitar hierro al asunto, Fraga se bañó en esa playa junto al embajador norteamericano, en unas imágenes que dieron la vuelta al mundo. Con ese gesto, según Ángel Palomino, autor de ‘Torremolinos Gran Hotel’, dejaría claro para todos que el fomento del turismo se tomaba muy en serio y que era casi que política de Estado.
Por fortuna, el turismo no se resintió de aquel accidente y las playas andaluzas seguían aumentando año a año el número de veraneantes. Siempre recordaremos en nuestro primeros viajes a la Costa del Sol por aquello que se llamó «Los nuevos accesos a Málaga», que se iba ampliando poco a poco conforme el tráfico aumentaba exponencialmente, y que ya a la entrada a la gran ciudad malagueña, después de dejar al adormilado río que nos acompañaba desde todo el recorrido, nos encontrábamos con dos indicadores: «Málaga a la izquierda», en dirección a las playas aparentemente más económicas hacia la costa granadina, y «Málaga a la derecha», donde estaban los sitios más conocidos, desde Torremolinos, inmediato a Málaga, a Estepona, ya cerca de Cádiz.
Aunque probablemente sean Fuengirola y Benalmádena las que tienen mayor relación sentimental con los cordobeses, Marbella y Torremolinos (muchos años una pedanía de Málaga capital) son los lugares sin duda más conocidos por el público en general.
En aquellos primeros años 60 Marbella solo tenía una fila de casitas de pescadores orillando una playa de arena gorda a la que apenas acudían bañistas domingueros. Pero en poco tiempo, ya en los 70, se convirtió en un centro de interés mundial donde solía veranear el dadivoso rey de Arabia Saudí, que se mandó construir una fastuosa mansión en la Milla de Oro. Aparte del pueblo de Marbella en sí, Puerto Banús y Cabo Pino se convirtieron también en zonas donde el glamour de la que empezó a conocerse como ‘jet set’, con sus interminables fiestas, inundaba revistas y programas de televisión: el particular Jaime de Mora y Aragón, Gunilla Von Bismarck, Khashoggi el del yate Nabila con sus grifos de oro, estrellas de cine como Sean Connery… Hay que decir que por aquellos años de 1964 y 1968 se inauguraron dos plazas de toros, una en Marbella y otra en Puerto Banús, (con apenas 8 kilómetros de distancia) Y no hace falta decir que Manuel Benítez ‘El Cordobés’, a pesar de lo que suele decir Canal Sur, fue el atractivo taurino.
Por otra parte, el lujo desenfrenado de esta gente de alcurnia en Marbella era su sello, y eso que la mayoría de los pudientes españoles preferían irse a las Baleares, por eso de que la Familia Real veraneaba en las islas y siempre, desde los tiempos de Santander, ha habido una tendencia de ir a donde van ellos a «pelotear». El caso es que cuando desapareció esta generación fiestera, a pesar de los peculiares intentos de Jesús Gil, Marbella no sería la misma, lo que no quiere decir que ahora sea peor, sólo diferente.
En cuanto a Torremolinos, también con su sello particular más allá de la clásica tumbona con su sombra contrahecha y el espeto de sardinas de la costa malagueña. Con sus grandes y elegantes playas (aunque algunas de difícil acceso) se decía que casi todo lo especial acontecía al anochecer, y lejos de la playa. En una entrevista que le hicieron a Pablo García Baena, que vivió allí durante varias décadas (llevando un negocio de antigüedades), dijo que en este primer Torremolinos «todo tenía un precio», dando a entender, además, que parecía que las autoridades miraban para otro lado y había «más libertad».
Aquel sencillo veraneo
Para concluir, contaremos una de las innumerables anécdotas de esas que les ocurrían a los trabajadores de Westinghouse.
En los años 70 el Grupo de Empresa Westinghouse era una entidad respetada dentro de la fábrica que había tenido una época brillante bajo el mandato del arabista Manuel Ocaña Jiménez, donde los actos culturales de alto nivel estuvieron a la orden del día. Pero, aún antes de la Transición, los políticos de la oposición clandestina, usando como Caballo de Troya a la incipiente Comisiones Obreras, quisieron controlarlo y reorientarlo, y que sirviese como instrumento para «reeducar» a los compañeros con películas de cine tipo «sandinista» o «comprometido» (con el comunismo, se entiende). Estas películas se proyectaban en el Cine Iris, que incluso llegarían a alquilar para sus labores de «reeducar», pero aquello fracasó rotundamente y abandonaron el Grupo de Empresa.
Los nuevos directivos del Grupo de Empresa sin compromiso político alguno, se dedicaron a lo de siempre, es decir, organizar excursiones, viajes, casetas de feria, e incluso algún que otro evento artístico en determinadas plazas.
Playa de Torremolinos
Con estos nuevos mimbres, en el año 1974 organizaron un veraneo para sus asociados. A Pérez Lara, con otros directivos del grupo, se le ocurrió contratar los servicios de un hotel de Torremolinos en forma de torre que se llamaba Hotel Don Paco, de muy reciente construcción. Ofrecía unas fotos por catálogo impresionantes.
Pero lo malo de ser tan nuevo era que había servicios fundamentales que aún no funcionaban. Como los aparcamientos, todavía llenos de escombros o, lo que era todavía peor, el servicio de cocina. Sí funcionaban, al menos, la piscina y los ascensores.
Se alojaron las 75 personas que formaban parte de aquella expedición, trabajadores de la fábrica y familiares, pero un problema surgió a la hora de elegir las habitaciones, pues sólo había una especie de guarda jurado que era quien tenía las llaves en un manojo. Como pudieron, gracias a la diligencia de Antonio Herrera, dieron con él y todo el mundo se pudo alojar en sus habitaciones, pero poco más, pues enseguida se dieron cuenta que allí no había servicio de habitaciones ni nada que se le pareciera. Sólo había dos mujeres para dar servicio a todos los huéspedes del hotel mientras la directora del hotel se excusaba con que todo se iba a arreglar.
En la cafetería sólo atendía un pobre hombre que quería morirse por lo que tenía encima. Además, dijo que padecía del colon irritable por lo que estaba todo el día cabreado. El gran problema llegó a la hora de la comida, que había sido incluida en el precio. Para empezar, en la cocina no había nadie, y la directora se excusó de nuevo porque los cocineros no habían llegado aún. Hasta el gas butano faltaba. Menos mal que llegó por allí un camión de reparto y el guarda jurado pidió tres bombonas.
Ante la tesitura, Antonio Herrera Aranda, Rafael Baquero Doctor y Antonio Toledo Moreno le pidieron dinero a la directora y se fueron al mercado a comprar comida para guisarla ellos mismos en la cocina. Todo el mundo era consciente de la situación y quiso sobrellevar aquello como mejor pudiera. Todos menos un perito de Transformadores que, sin entender la realidad, muy cabreado, se sentó en la mesa con su familia diciendo que quería a comer a su hora.
Gracias a la polivalencia de Antonio Herrera, Rafael Baquero y Antonio Toledo, además del padre de éste, que había ido al viaje y era un excelente cocinero, se pudo solucionar el despropósito. Este hombre se ofreció desinteresadamente a estar todo el veraneo guisando para la expedición. También le ayudó lo suyo pelando patatas Rafael Baquero, una excelente persona. Se dijo, para quitar tensión a la cosa, que no había ningún problema, porque en realidad les gustaba a ambos la cocina, pero la verdad es que lo hacían por sus compañeros y familias.
Aquel veraneo en el Hotel Don Paco de Torremolinos pasó a la historia del Grupo de Empresa de Westinghouse, aunque curiosamente se cundió entre los bañistas que alternaron con los de Westinghouse que las patatas a la pobre que preparaba el padre de Antonio Toledo eran de campeonato y fueron tan demandadas como los espetos.