El sacristán Pepe Bojollo con un familiar

El sacristán Pepe Bojollo con un familiarMejorada con IA

El portalón de San Lorenzo

Pepe Bojollo, el manuscrito vivo de San Lorenzo

«En la plazuela cambiaban los establecimientos, las tabernas, sus dueños… pero quien no cambiaba era él»

El pasado martes 27 de octubre recibimos la triste noticia del fallecimiento a los 97 años de José Bojollo Arjona, Pepe Bojollo, y simplemente con citar su nombre no creo que haya ningún adulto (y hasta joven) del barrio de San Lorenzo que no supiese quien era.

Probablemente no haya persona más veces citada en mis artículos. Cuando entré de niño como monaguillo en la parroquia ahí estaba ya él a nuestro cargo. Y estando yo jubilado seguía aún en el puesto al pie del cañón. Entró en San Lorenzo en 1942, también como monaguillo, y permaneció como sacristán hasta cumplir los 86 años.

No siguió más porque los achaques de la edad le dificultaban el desempeño de sus labores como sacristán y encargado del archivo parroquial. Aun así se fue a regañadientes cuando medio le convencieron de que era mejor parar, porque podía sufrir cualquier percance o accidente. Como colofón a su vida laboral, en el verano de 2016, durante una entrañable ceremonia celebrada en San Lorenzo, el obispo don Demetrio Fernández le entregó, junto al añorado Francisco Paz Martínez ‘El Maño’, la medalla de la diócesis como reconocimiento a sus años de entrega a la Iglesia en general y a San Lorenzo en particular.

En su tarea en el archivo parroquial, que compaginó con la de sacristán en sus últimas tres décadas en la parroquia, apuntalaba con su letra los nombres y las relaciones familiares que le exigían los libros sacramentales, por lo que llegó a conocer infinidad de personajes y los parentescos que se desprendían de bautismos, bodas y entierros que anotaba pacientemente. Y todos estos datos le sirvieron para reconstruir el mosaico de la intrahistoria de las gentes del barrio de San Lorenzo.

Atrás había quedado ese Pepe Bojollo que todos los días, a las cuatro de la tarde, subía los escalones de la torre para dar su toque de vísperas, que por respeto procuraba siempre darlo después de que lo diesen las monjas del desaparecido Convento de Santa María de Gracia. Ese Bojollo que iba siempre de aquí para allá, ayudando en las ceremonias, poniendo bien tal o cual altar, y siempre controlando la parroquia como no creo que nadie más sea capaz de hacerlo. Se sabía todo al dedillo, dónde estaba cada santo, cada virgen, cada cuadro, sus curiosidades, sus peripecias, quiénes les rezaban y tenían devoción... Era como un manuscrito vivo que retenía en su memoria toda la historia de San Lorenzo, quizás la más importante, la que no nos cuentan los libros. Se convirtió en el objeto más valioso de ese inventario ingente de la parroquia.

En San Lorenzo había 12 libros corales y otras tantas cornucopias, como los que aparecen en la foto

Aquí se pueden apreciar dos libros corales antiguos de la colección de 12 que desaparecieronFélix Hernández

Los que le conocimos de cerca podemos asegurar que la iglesia de San Lorenzo era tan importante para él como su propia casa. Se pasó la mayor parte de su vida ahí dentro, feliz con su trabajo. Por respeto a sus párrocos fue siempre muy discreto y jamás se quejó de cualquier decisión que tomaran, aunque no le gustasen en su fuero interno. En sus más de 70 años de trabajo conoció tanto a la Iglesia que rezaba en latín y usaba con solemnidad el órgano como a la de ahora, más sobria.

Conoció un templo de San Lorenzo con sus elementos barrocos (canceles, bóvedas, retablos, órgano, libros corales, estaciones de vía crucis o cornucopias), hoy desaparecidos. A pesar de todos los cambios ahí seguía él, como hilo de continuidad. Creyente a machamartillo, poseía la fe de los sencillos, con una devoción inigualable a las imágenes de su parroquia: al Remedio de Ánimas, la Virgen de los Remedios, la de las Montañas, la de Villaviciosa, El Penitas, La Borriquita, el propio titular, San Lorenzo... Y, sobre todas, él mismo lo reconocía, su Cristo del Calvario, del que dijo: «Fue la Hermandad de mis antepasados y ya estaba cuando yo entré aquí».

Pepe Bojollo no se limitaba al interior del templo, a lo sagrado. En la plazuela de San Lorenzo cambiaban los establecimientos, las tabernas, sus dueños… pero quien no cambiaba era él, bajo el pórtico de la iglesia, en el portalón, atendiendo a todo el que llegara preguntando por algo o por alguien. Aquel que se había mudado del barrio y volvía por San Lorenzo casi siempre se llegaba por la iglesia y allí se ponía al día mientras hablaba y hablaba con Pepe Bojollo que le daba toda clase de explicaciones, pues conocía prácticamente a todos los vecinos y lo que les pasaba. Porque esa era una de las particularidades de San Lorenzo. Hoy, con la ruta de las iglesias fernandinas, éstas están abiertas la mayor parte del día, pero hasta hace pocos años muchas lo hacían sólo para los cultos. En San Lorenzo eso no ocurría: estaba siempre abierta, mañana y tarde.

Todas las mañanas Bojollo llegaba desde su cercano domicilio en la calle Escañuela y la abría con la venerable y pesada llave. Cerraba para la hora de comer, y volvía luego a abrirla hasta bien entrada la noche. San Lorenzo era (y es), como le oí en algunas homilías a párrocos como don Valeriano Orden o don Antonio Gil, «la casa de todos», y como casa con su pórtico como zaguán, Bojollo era el anfitrión perfecto para que nadie se sintiese incómodo al cruzar sus puertas.

La familia y el barrio

Pepe Bojollo tenía muy a gala haber nacido en el barrio de San Lorenzo, donde su familia tenía solera. Sus abuelos maternos, José Arjona Zamorano y Carmen Diez Navajas, habían regentando a principios del siglo XX una taberna que se denominaba la Taberna Chica, una especie de sucursal de la histórica taberna Casa Armenta (luego Casa Manolo). Esta pequeña taberna estaba situada en el llamado «Tacón de San Lorenzo», en la confluencia de la plaza y la calle Arroyo de San Lorenzo.

Sus abuelos paternos eran, precisamente, de esta última calle, en la casa número 3. Sus padres, Andrés Bojollo Sánchez y María Arjona Diez, al contraer matrimonio se fueron a vivir a la misma calle, en su número 7, por debajo de la Miga Carmelita. Allí nacieron sus hermanos Mariquita, Andrés, Antonio, Fuensanta y él, que era el menor.

Muy implicados siempre con la Iglesia y el barrio, su padre Andrés fue miembro de la junta directiva de la Hermandad del Calvario en aquellos años 20 que supusieron su gran despegue tras la reorganización de 1918. Su hermano Andrés fue uno de los re-fundadores de la Hermandad del Remedio de Ánimas. Y su hermana Mariquita, la mayor, como joven miembro de Acción Católica”, tomó parte en 1939 en la fundación de la primitiva Hermandad de la Virgen de La Paz en la ermita de San Juan de Letrán. Ella estuvo presente cuando se le encargó la realización de la Virgen al escultor Juan Martínez Cerrillo, que cobraría mil pesetas por su ejecución, pagadas por el padre de Juan Calero Cantarero. En su domicilio de la calle Escañuela, donde vivía junto a su hermano Pepe, Mariquita conservaba aún un recibo de este encargo.

Nunca se lo pregunté, pero con todas estas raíces sólidamente enraizadas en San Lorenzo estoy seguro de que Pepe se sentiría extraño y fuera de sitio cuando salía de su barrio más allá del Realejo. Tenía a gala que no se cogía vacaciones ni permisos. Por eso fue todo un grajo blanco cuando una vez realizó un viaje familiar a Santiago de Compostela para ver el Pórtico de la Gloria, que le hacía mucha ilusión. En la vuelta pasaron unos días por Madrid, y paseando por la Gran Vía con su hermana Mariquita aquello le resultó hasta familiar por la cantidad de personas que lo conocían, se paraban y le saludaban.

Las alegrías de Pepe Bojollo

Pepe Bojollo disfrutaba mucho con las alegrías cotidianas de su iglesia, desde las habituales de bautizos y bodas, pasando por las buenas noticias de todo tipo que aconteciesen. Aunque de cara al exterior se mostrase contenido, no pudo evitar su felicidad cuando su Hermandad del Calvario, tantos años «con lo puesto» por su humildad y falta de medios, pudo terminar aquel imponente paso del Cristo iniciado a finales de los 80. Aquello, que parecía una locura, se consiguió bajo el hermano mayor José María Gutiérrez Casares ‘El Guti’, acompañado siempre en su labor por Pepe Vivas, y tantos y tantos hermanos que dieron el callo con su esfuerzo como voluntarios en la caseta de la feria de la Victoria. Bojollo, que no solía ser demasiado expresivo en las alabanzas, siempre consideró al Guti como el mejor hermano mayor que había conocido.

Se lo dijo don Manuel Moreno Valero

También le vimos disfrutar como un chiquillo poco después, cuando en los 90 el canónigo archivero del obispado, don Manuel Moreno Valero (1937-2016), se presentó en San Lorenzo para consultar en sus libros el entierro de un ermitaño de las Ermitas de Córdoba que tenía cierta relación con el Marqués de Villaverde. Allí, en el intercambio de papeles y comentarios que este sacerdote investigador mantuvo con Bojollo le dio la primicia de que, investigando en los archivos del obispado, había descubierto quién fue el autor de su Cristo del Calvario, que se tuvo por anónimo durante bastantes siglos (lo haría público poco después en un artículo suyo en la añorada y recordada revista ‘Alto Guadalquivir’).

Calvario (Córdoba,2026)

Nuestro Padre Jesús del CalvarioLuis Navarro

Pepe fue de los primeros en saber que había sido el fraile lego trinitario Juan de la Concepción el que realizó la imagen del Cristo del Calvario en 1723, en un taller de los trinitarios descalzos que lindaba con la calle los Frailes. Esta imagen fue bendecida por el obispo don Marcelino Siuri Navarro (1654-1731) durante los quince días que la citada imagen estuvo en el palacio episcopal. Hay que decir que el citado lego trinitario, fue también autor de una Inmaculada que existe en la iglesia de San Rafael y que se encuentra en un altar de la nave de la derecha.

Las torres de San Rafael con la bandera de España

Las torres de San Rafael con la bandera de España

También haciendo uso de su prodigiosa memoria, un día que le comentamos que al finalizar la restauración de la fachada de la iglesia de San Rafael y sus dos torres, habían decidido engalanar dichas torres con una bandera de España, y de inmediato él me contestó: «Al terminar la guerra en el año de 1939, el monaguillo que me antecedió a mí en la parroquia de San Lorenzo, un chaval de nombre José Canales Rodríguez de la plaza de San Agustín, al ver que en la Iglesias de Santa Marina y San Miguel se habían colocado unas banderas de España en la torre, le faltó tiempo a él para ofrecerse a don José Serrano Aguilera para colocar una bandera en la torre de la iglesia».

Los digustos de Pepe Bojollo

Al poco de llegar a mediados de los 50 como párroco don Juan Novo González, ‘El Látigo Negro’, le dio por realizar una reforma radical de San Lorenzo, derribando las bóvedas barrocas de yeso, añadidas sobre la fábrica medieval, así como todos los paramentos y elementos que cubrían la piedra original. Aquella forma de caer los témpanos desde el techo, rompiendo la histórica solería y todo lo que estaba por medio, acompañado del caos inevitable ante unas obras, hacían sufrir a cualquiera con un mínimo apego a la iglesia, por lo que no hace falta imaginar lo que pasaría por la cabeza de Pepe Bojollo.

Posteriormente, en los 60, nuevas obras terminaron definitivamente con el aspecto de la parroquia que él había conocido desde niño. Además, en la confusión de todas estas intervenciones, se perdieron bastantes objetos de valor del inventario de la parroquia, sobre todo de la liturgia tradicional, siendo quizás lo más doloroso el desmantelamiento del órgano a fuelle del siglo XVIII que tenía la iglesia, vendido como simple chatarra. Para rematar, al desmontarse el retablo del altar mayor la imagen de San Lorenzo que lo presidía se cayó al suelo y se hizo nada más y nada menos que 132 pedazos (exactos, los conté yo). Menos mal que Juan Martínez Cerrillo pudo recomponerlo. Ni qué decir tiene lo que sufrió Bojollo con todo esto aunque, como hemos dicho, su respeto casi reverencial por la figura del párroco no le hiciera manifestárselo expresamente, y mucho menos discutirle.

Al margen de esto, y como Novo no paraba de tener iniciativas, Bojollo tenía que compaginar su labor de sacristán con la de ir a por los bidones de leche en polvo y otros productos de la ayuda americana en el camión que facilitaba Rafael Ordóñez. También se le obligaba todos los lunes a acudir a la Agencia Garrido de la calle Alfonso XIII, para transportar en un carrillo de mano la saca con los rollos de la película que se echaba el fin de semana en el cine de la parroquia. Recordando esto hoy con una sonrisa, no creo que Bojollo trabajase nunca con tanto esfuerzo físico como en aquellos años. Quizás a lo único que no le obligó don Juan Novo fue a vestirse de flamenco para bailar sevillanas en la Cruz de Mayo parroquial.

También comentamos en otra ocasión que la larga historia de Pepe Bojollo como sacristán, y con ello la misma existencia de este artículo, pudo terminar abruptamente mucho antes, en 1956, recién llegado don Juan Novo. Fue a resultas de un entierro donde acudimos (yo como monaguillo) al Cementerio de la Salud. Lo habitual para nosotros era que fuese en el de San Rafael, pero ese era un entierro de postín, y en ese sitio tan alejado de nuestra casa nos encontramos tras la ceremonia, con el vestuario que nos endosaron los tres curas (capas y roquetes) que habían participado, además de la pesada cruz y los ciriales.

Todos se marcharon y allí nos quedamos más solos que la una. A Bojollo se le ocurrió coger un taxi para volver y metimos la ropa, la cruz y los ciriales, además de a nosotros mismos apretujados, en el coche. Al llegar a San Lorenzo quiso la mala suerte que el taxi se parase enfrente de la casa parroquial justo cuando don Juan Novo salía. Fue tal el cabreo del Látigo Negro que a voces le dijo: «Pepe, no sé cómo ha estado usted para meter la cruz de cualquier forma en un taxi. Vaya usted a la sacristía para soltar las cosas y enseguida se marcha usted a su casa, que queda despedido como sacristán». Hay que indicar que Novo ya había despedido poco antes al que ejercía como sacristán mayor, Antonio Ruiz Rubio, por lo que no hablaba por hablar.

Bojollo llegó llorando a su casa como un niño y fue su hermana Mariquita, más decidida y con más carácter que él, quien fue a hablar de inmediato con el cura consiguiendo que se echase para atrás en su decisión. Ese intervalo de tiempo fue seguramente el peor momento de su vida como sacristán.

El martes y 13 que nunca olvidó

Tras este incidente, otro gran disgusto, aunque mucho menos que el anterior, fue el que tuvo aquel martes y 13 de 1971 cuando don Juan Novo ya se había marchado y estaba a cargo de la parroquia, provisionalmente, el coadjutor don Francisco Aguilera, el luego famoso ‘Cura Paco’ de Valdeolleros y la JOC. Paco Aguilera era (y es) muy buena persona (estuvo en la citada ceremonia de 2016 a Bojollo), pero sus ideas fueron siempre algo controvertidas. Y ese martes y 13 decidió, por su cuenta y riesgo, que no se abriera la parroquia para impedir la tradicional visita a la Virgen de los Remedios. Consideraba todo eso como supersticiones, por lo que ordenó a Bojollo que cumpliera sus órdenes.

Pepe, como siempre, fue disciplinado, aunque se quedó blanco del susto. Ya hemos contado cómo estuvo a punto de originarse un motín popular en el barrio (la historia es la que es, y el espíritu tumultuoso no se pierde) y al final tuvo que intervenir el propio obispado por medio de don Juan Jurado Ruiz, que era el administrador de la diócesis. En un taxi se presentó y de inmediato ordenó que se abriera la iglesia. Al pobre Bojollo le volvieron los colores de la tranquilidad.

La despedida

Asistí en San Lorenzo a la ceremonia de despedida de Pepe Bojollo el pasado miércoles 28 de octubre, día de San Judas Tadeo. El entierro ha tenido la solemnidad de la sencillez, con un cura y un sacristán, lejos de aquellos funerales que conocimos de hasta tres curas con sus capas y seis sacristanes con los cánticos de los misereres. Pero lo fundamental ha estado en el altar mayor, presidido por el Remedio de Ánimas (por los cultos por Todos los Santos) y en el emotivo responso ante el altar del «Cristo de la Dulce Mirada», el Calvario, su debilidad acrisolada.

Ha sido la despedida a un hombre entregado a la Casa de Dios, unido a la vida de todos nosotros en nuestra relación personal con la iglesia de San Lorenzo. No podemos comprender a la parroquia ni al barrio sin él. Aunque en sus últimos años, desde que murió su hermana Mariquita, se retiró a la Residencia de Jesús Nazareno, se nos va a hacer muy extraño no imaginarlo más allí, dentro de la sacristía con sus gafas caídas anotando en una partida, o afuera, en el portalón, charlando animadamente con todo el que llegara.

La solemnidad del altar para su entierro

La solemnidad del altar para su entierro

Se ha ido una piedra clave que sostenía nuestra historia más íntima, la que nos une a nuestra infancia, juventud y madurez, a nuestros vecinos, a los que se fueron, a nuestro barrio... José Bojollo Arjona, Pepe Bojollo, con sus virtudes y sus defectos, como todos, era algo más que cualquiera de nosotros: Era «El manuscrito vivo de San Lorenzo».

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