La verónicaAdolfo Ariza

La Liturgia de la Iglesia entendida por un poeta

Actualizada 05:00

Paul Claudel (1868-1955), poeta y dramaturgo francés, se convirtió el 25 de diciembre de 1886, mientras escuchaba el canto del Magnificat de las vísperas en la catedral de Notre Dame de París. Él mismo lo cuenta de la siguiente manera: «De repente mi corazón fue tocado y creí. Creí, con una tal fuerza de adhesión, con una tal elevación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con una certitud tal que sin dejar lugar a ninguna duda, hizo que todos los libros, los razonamientos, los azares de una vida agitada no hayan podido apagar mi fe, ni siquiera tocarla. Experimenté el sentimiento conmovedor de la inocencia, de la infancia eterna de Dios, una revelación inefable» (Ma conversion, publicado el 13 de octubre de 1913 en la Revue de la Jeunesse).
Continuando con este relato escribió también un conmovedor testimonio personal sobre la influencia que la Liturgia de la Iglesia – y, en particular, la Santa Misa – ejerció en su conversión y en su renacimiento a una verdadera vida espiritual: «Pero el gran libro que estaba abierto para mí y donde hice mis clases fue la Iglesia. ¡Alababa sea para siempre esta majestuosa abuela de rodillas de quien aprendí todo! Pasé todos mis domingos en Notre Dame y fui allí tan a menudo como pude durante la semana. Yo era entonces tan ignorante de mi religión como se puede ser del budismo y he aquí que ahora el drama sagrado se desplegaba ante mí con una magnificencia que superaba toda imaginación. ¡Ah! ¡Ya no era el pobre lenguaje de los libros devocionales! Era la poesía más profunda y grandiosa, los gestos más augustos que jamás se habían confiado a los seres humanos. No me cansaba del espectáculo de la misa y cada movimiento del sacerdote estaba profundamente inscrito en mi mente y corazón. La lectura del oficio de difuntos, del de Navidad, el espectáculo de los días de la Semana Santa, el sublime canto del Exsultet, frente a lo cual los acentos más embriagadores de Sófocles y Píndaro me parecían insípidos. ¡Todo esto me abrumó de respeto y alegría, gratitud, arrepentimiento y adoración» (Ma conversion, publicado el 13 de octubre de 1913 en la Revue de la Jeunesse).
Para Claudel, el Misal mismo y el poder escuchar las mismas palabras independientemente del lugar del mundo en el que se encontrará era toda una revelación tal y como plasmaba en su poema «La misa»:
“¿Fue en Notre Dame durante aquella misa oscura de siete,
cuando santa Genoveva bendijo su ciudad en la niebla,
despertándose al extraño grito de los remolcadores?
¿Fue en esa calle sucia de Boston? ¿Fue en China,
donde el sacerdote todavía tiene en su cabeza esa medida
que inventó el último de los Ming?
¿Fue en Praga en medio del esplendor de la risa dorada de
una de esas hermosas imágenes rococó,
llena de ángeles que aterrizaron allí por todas partes como
una bandada de pájaros?
¿En un Fráncfort obstruido por la nieve? ¿En Hamburgo,
donde la lluvia golpea las ventanas?
¿O en no sé qué capilla entre dos trenes, englutida entre
pequeñas tiendas sombrías?
Entre el humo como alquitrán ardiente, en la mañana
límpida como el oro,
hay un libro sobre el altar que contiene todos los secretos
de la vida y de la muerte” (La messe là-bas).
No cabría el más mínimo género de duda con respecto a la Liturgia y su eficacia en el pensamiento de Claudel.
“El pan y el vino, ¡sabemos lo que significan!
¡No es en vano que hayas creado al hombre capaz de morir!
Hay una voz en él como la muerte, que le emociona y que habla más alto que la avaricia y el placer: Es la idea de que se le necesita, de que se le quiere, y que tiene una utilidad después de todo, y ¡de que hay alguien que le puede pedir su mismo ser!
No hay un hijo de mujer que no lo entienda, y es hermoso, ¡y es sin duda lo mismo que lo obligó a nacer hace tiempo!
Quien se cree maestro de sí mismo, ¡es porque nunca ha escuchado la temible llamada de la Patria!
Todos aquellos que rechazan la fe que viene de ti Señor; ¿qué pasaría si los invitaras a dar sus vidas?” (La messe là-bas).
Es un hecho indubitable que el poeta entendió la centralidad de la Liturgia de la Iglesia. El drama acontece cuando se generaliza «la impresión de que la liturgia se ‘hace’», «que no es algo que existe antes que nosotros, algo ‘dado’, sino que depende de nuestras decisiones (…)». Precisamente adentrarnos en el testimonio de Claudel nos recuerda que «para la vida de la Iglesia es dramáticamente urgente una renovación de la conciencia litúrgica, una reconciliación litúrgica que vuelva a reconocer la unidad de la historia de la liturgia y comprenda el Vaticano II no como ruptura, sino como momento evolutivo» (J. Ratzinger, Mi vida. Recuerdos (1927-1977), 148-150.
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