EditorialLa Voz de Córdoba

Respeto y sentido de Estado

Pocas horas antes de que Juanma Moreno anunciase la convocatoria de elecciones y firmase el decreto de disolución del Parlamento andaluz, su secretario general, Antonio Repullo, y el alcalde de Córdoba, José María Bellido, participaban en un encuentro informativo en el que eran preguntados por la proximidad de la cita electoral, que la mayoría de las quinielas colocaban a finales de mayo. Ya en ese momento,en las respuestas de ambos, se activó el discurso que viene sonando desde hace meses en Andalucía y que será la idea fuerza más repetida durante la campaña, sin duda: estabilidad frente a «parálisis», entendida esta última por los precedentes de Extremadura, Aragón y Castilla y León, comunidades en las que el PP no ha alcanzado la mayoría absoluta para gobernar en solitario y precisa, a priori, de Vox para ello.

Acuerdos que, como en el caso extremeño, se demoran demasiado cuando ya deberían haberse llevado a cabo, si lo que importa de verdad es hacer efectiva la voluntad expresada en las urnas y trabajar por la comunidad. De hecho, la convocatoria andaluza también ha estado marcada por los tiempos que, a su vez, dictaminan los necesarios pactos.

Esta es la dura realidad a la que se debe enfrentar un electorado al que se le pide el voto y que, desde luego, es casi un acto de fe el que acabe ejerciéndose, porque priman más el tacticismo electoral y la conservación del poder que los propios programas con los que se concurre. Y, si no es así, se le parece muchísimo.

En Andalucía pareció abrirse una vía de esperanza en la polarizada escena política española, auspiciada por el propio Moreno, que apela al espíritu de la Transición, a la importancia del consenso, a la serenidad en la gobernanza y a un centrismo acogedor, atento al ciudadano y pacífico. Uno de los argumentos más esgrimidos desde esa postura es el que añora a un «PSOE bueno» (noticia: eso no existe). Pero se puede entender y se agradece desde luego el intento de colocar el verdadero espíritu democrático por delante del frentismo ideológico, la maldad sin ambages y el totalitarismo mediático que se sufre actualmente en España.

Ha quedado todo eso escenificado esta semana en un encuentro de Moreno con Felipe González, en el que el mandatario andaluz reclama en sus redes sociales lo siguiente: «Normalicemos el diálogo entre personas de distintas formaciones políticas».

Pues eso mismo es lo que debe ocurrir después del 17-M, si fuera necesario, y más si hay que hacerlo con una formación no tan distinta en el espacio político. Porque una de las tragedias más grandes por las que atraviesa en la actualidad España no es el estado absolutamente amoral y corrupto en el que Sánchez ha convertido el Gobierno y el conjunto de la mayoría de instituciones, sino el desafecto continuo, recíproco y egoísta de quienes, desde un mismo lado, están llamados a enfrentarse no entre ellos, sino a esta época oscura y tratar de ponerle remedio, lo cual no será precisamente fácil.

Solo así podremos recuperar lo que, en efecto, primó en una clase política a la que le tocó apuntalar y reconstruir la democracia: respeto y sentido de Estado. El que reclama Moreno. El que él, los suyos y sus futuros socios, si los hubiere, deben demostrar.

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