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Domingo de Ramos: comienza la promesa de salvación

«El hecho de que Aquel que lo había creado todo, consintiese en dejar su gloria para tomar sobre sí la naturaleza humana, es un misterio difícil de entender»

Con el Domingo de Ramos iniciamos la semana en la que conmemoramos la realización de la promesa de salvación que Dios ha hecho desde el principio de los tiempos. Entra el Señor en Jerusalén. Quien siempre se había opuesto a toda manifestación pública de alabanza, quien se había escondido cuando el pueblo quiso hacerle rey, se deja hoy llevar en triunfo. Solo ahora, cuando sabe que la muerte está cerca, acepta ser aclamado como el Mesías.

Fue en el primer día de la semana cuando Cristo hizo su entrada triunfal en Jerusalén. Las multitudes que se habían congregado para verle en Betania le acompañaban ansiosas de presenciar su entrada en la ciudad de David. Mucha gente que iba en camino a la ciudad para celebrar la Pascua se unió a la multitud que acompañaba a Jesús. Todo parecía regocijarse. Nueva vida y gozo animaban al pueblo. La esperanza del nuevo reino estaba resurgiendo.

Jesús escoge para su entrada un pollino sobre el cual nunca se había montado nadie. Con alegre entusiasmo, los discípulos extendieron sus mantos sobre el animal y sentaron encima a su Maestro. Jesús había viajado siempre a pie, y los discípulos se extrañaban al principio de que decidiese ahora ir cabalgando. Cristo seguía la costumbre de los judíos en cuanto a una entrada real. El animal en el cual cabalgaba era el que montaban los reyes de Israel, y la profecía había predicho que así vendría el Mesías a su reino. No bien se hubo sentado sobre el pollino cuando una algazara de triunfo lleno el aire. La multitud le aclamó como Mesías, como su Rey. Jesús aceptaba ahora el homenaje que nunca antes había permitido que se le rindiera, y los discípulos recibieron esto como una prueba de que se realizarían sus gozosas esperanzas y le verían establecerse en el trono. La multitud estaba convencida de que la hora de su emancipación del yugo romano estaba cerca. En su imaginación, veían a los ejércitos romanos expulsados de Jerusalén, y a Israel convertido una vez más en nación independiente. Todos estaban felices y alborozados; eran incapaces de presentarle dones costosos, pero extendían sus mantos como alfombra en su camino… No podían encabezar la procesión triunfal con estandartes reales, pero esparcían palmas, emblema natural de victoria, y las agitaban en alto con sonoras aclamaciones y hosannas.

Pero Cristo, el Dios hecho hombre, debía humillarse a sí mismo para salvar al hombre caído. El hecho de que Aquel que lo había creado todo, consintiese en dejar su gloria para tomar sobre sí la naturaleza humana, es un misterio que es difícil de entender.

Jesús sabe que, en realidad, reinará desde la cruz, ya que el mismo pueblo que ahora le aclama jubiloso dentro de poco le abandonará y le conducirá al Calvario. Las palmas se tornarán azotes; los ramos de olivo, en espinas; los vítores, en burlas despiadadas.

Podemos preguntarnos a lo largo de esta semana en la que reviviremos los acontecimientos cumbres de nuestra salvación: «¿Dónde está mi corazón? ¿Acompaño a Jesús en su entrada en Jerusalén contemplando cómo acepta la voluntad del Padre para salvarme?» ¿Con qué actitud contemplo los sucesos fundamentales en los que estos días Jesús nos invita a descubrir la salvación que nos trae?

Francisco Javier Cañete Calero es sacerdote y párroco 'in solidum' de Santa Isabel de Hungría y de San José y Espíritu Santo.

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