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La Semana Santa y la Verdad del Corazón

«Porque la cruz de Cristo no es la representación de una tragedia ajena, sino la revelación de un amor que entra en lo más oscuro de la condición humana para redimirla desde dentro»

Cada año, la Semana Santa irrumpe en nuestras calles y en nuestra memoria con una fuerza singular. Incluso quienes viven lejos de la práctica religiosa perciben que estos días tienen algo distinto, algo que no se deja someter del todo ni a la costumbre, ni a la belleza, ni a la emoción. Y, sin embargo, sería un error quedarse ahí. La Semana Santa no nace para alimentar una nostalgia colectiva ni para ofrecer solamente un espectáculo conmovedor. Su razón más profunda es otra: poner a la persona ante el misterio central de la fe cristiana, la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, en quien Dios ha amado al mundo «hasta el extremo» (Jn 13, 1; Catecismo de la Iglesia Católica [CIC], 1997, nn. 571–573).

Por eso, cuando la Iglesia saca a la calle sus imágenes, cuando acompaña las procesiones y cuando el pueblo cristiano se detiene ante los signos visibles de la Pasión, no está haciendo únicamente memoria artística de un pasado venerable. Está proponiendo un camino espiritual. El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia recuerda que estas expresiones poseen un valor auténtico cuando ayudan a entrar en el misterio de Cristo y conducen a una vida de fe más intensa (Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, 2002, nn. 58, 120–121). Dicho de otro modo: una imagen sagrada no está para admirarla solo con los ojos, sino para dejar que interpele el alma.

Ese es, quizá, el gran reto de la Semana Santa contemporánea: no quedarnos fuera. No vivir estos días como simples espectadores, sino como creyentes dispuestos a dejarnos alcanzar por lo que contemplamos. Porque la cruz de Cristo no es la representación de una tragedia ajena, sino la revelación de un amor que entra en lo más oscuro de la condición humana para redimirla desde dentro. El Señor se entrega libremente, no vencido por el destino, sino movido por la obediencia al Padre y por misericordia hacia nosotros (CIC, 1997, nn. 599–609). Y por eso mismo la cruz no es fracaso definitivo, sino umbral de esperanza.

La Pascua, en efecto, nos recuerda que el mal no tiene la última palabra y que la muerte no es el horizonte final del hombre. Ahí reside la novedad cristiana que la Semana Santa anuncia cada año: que el sufrimiento puede ser transfigurado, que el pecado puede ser perdonado y que la vida puede resurgir. San Pablo lo expresó con una fuerza incomparable al proclamar que Cristo, humillado hasta la muerte de cruz, ha sido exaltado sobre todo nombre (Flp 2, 8–11).

Pero nada de esto se comprende de verdad si no se entra en la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia. El Concilio Vaticano II enseñó que la liturgia es la cumbre y la fuente de toda la vida eclesial (Concilio Vaticano II, 1963, n. 10), y el papa Francisco ha insistido en que no estamos ante un mero ceremonial decorativo, sino ante el asombro por el misterio pascual que transforma la existencia concreta del creyente (Francisco, Desiderio desideravi: Carta apostólica sobre la formación litúrgica del pueblo de Dios. Santa Sede.). Sin esa profundidad, la Semana Santa corre el riesgo de quedarse en la superficie. Con ella, en cambio, se convierte en llamada, en gracia y en posibilidad real de conversión.

Tal vez eso sea lo más apremiante: volver a mirar la Semana Santa desde dentro. Acompañar a Cristo, guardar silencio, rezar, reconciliarse, volver a la Eucaristía. Entonces sí, las calles hablan de verdad, la belleza deja de ser adorno y las imágenes se convierten en una forma humilde y eficaz de evangelización. La Semana Santa comienza a ser enteramente cristiana cuando no solo pasa ante nosotros, sino cuando pasa por nuestro corazón y lo cambia.

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