Al tenazónRafael del Campo

Melancólico fijo discontinuo

«Sentí a mi corazón transitar por esa linde que separa la tristeza de la alegría»

Para Victor Hugo, la melancolía es la felicidad de estar triste. Manuel Machado la evoca como tristeza de una tarde del otoño viejo. Cela se describía a sí mismo, en su obra Oficio de Tinieblas 5, como el rey de la melancolía. Puede sorprender, habida cuenta del carácter explosivo y epatante de don Camilo, pero después de haber leído toda su obra creo que es verdad: bajo la sordidez de muchos de sus textos, suele brillar un hilo de ternura, un halo de melancolía.

Hay melancólicos de muchas categorías: es enternecedor el melancólico pusilánime, que pasea discreto su tristeza, casi pidiendo perdón por vivir. Sin embargo, resulta irritante, por impostado, el melancólico que recita sus cuitas constantemente. Este tipo oculta una vanidad casi odiosa. Y en esa misma línea, me resulta verdaderamente inaguantable el melancólico (o melancólica) gestual, que ensaya poses nostálgicas para llamar la atención.

Sin embargo, me llama mucho la atención una tipología: el melancólico fijo discontinuo, que es el que sufre interrupciones periódicas en su estado. Aunque la melancolía se recrudece normalmente en primavera y otoño, los hay que libran en alguna de esas estaciones. Para mí, sin ir más lejos, arrecia en primavera. Entonces me entristecen profundamente cosas generalmente alegres: el colorido exultante de las flores, los días cada vez más largos y soleados, el olor a polen y a azahar, los trinos matutinos de los pájaros… Todo ello me produce tal decaimiento que muchas veces he dicho (mitad en serio y mitad en serio también) que me gustaría, cada año, morir a finales de marzo y resucitar luego a finales de septiembre. Porque para mí, el otoño es, como dice la gente joven, la estación «top» y en ella, como buen ciclotímico, siento lo que decía Victor Hugo: la alegría de estar triste.

El pasado sábado, ya en pleno otoño, empecé mi temporada de caza, herido con la ausencia de quien ya no retornará. Y sentí a mi corazón transitar por esa linde que separa la tristeza de la alegría. Los hombres, no puede olvidarse, tenemos una capacidad de sentir algo confusa: es como un potaje de sensaciones donde se mezclan lo feliz y lo doloroso, sin que uno sepa nunca qué prepondera realmente.

Estaba el día algo caluroso, pero el cielo iba dibujando, con cierta desgana, eso sí, flecos de nubes que luego, corrida la tarde, se apelmazarían y romperían en beneficiosas tormentas. En los arbustos resecos revolaban pájaros: sobre todo minúsculos ejemplares de colirrojo tizón. Algún zorzal precoz cruzaba el cielo. Y en la cumbre de los árboles más altos, se paraban, de cuando en vez, torcaces que, al verme, rompían en estruendosos vuelos.

Jugué bien mis lances a los dos venados que me cumplieron y sentí palpitar de nuevo la primitiva emoción de la caza. Pero durante esas pausas, a veces muy tediosas, que se dan en las monterías, compuse este poema, lo suficientemente explícito para que se vea su sentido, sobradamente evocador para poder preservar cierto grado de intimidad:

Escribo lentamente la historia de mi padre,

Con un dolor que firma mis versos derruidos.

Se perdió su figura por la línea del viento.

El paisaje batía con temblor de pañuelos.

Me legó sus veredas, su cayado y su espejo.

Confieso que he evitado mirar de cara al viento,

La omisión es pecado que me muerde en las manos

Mas cumplo penitencia con muertes cotidianas.

Si amo al pájaro veo su sonrisa en el árbol

En la copa de vino lagrimea su recuerdo

Rescato mis recuerdos del brocal de la niebla

Y siento retorcerse las flores desterradas.

Ahora queda en la brisa tenue sombra de agua

Que pasea conmigo mientras remo en el tiempo

Y que contempla todo lo que juntos vivimos

Cuando yo era aquel niño que siempre iba a su lado.

Rafael del Campo, junto a su padre, de montería.

Rafael del Campo, junto a su padre, de montería.Cedida

La montería concluyó como había empezado: con cierta melancolía. Los garbanzos de la comida estaban muy gustosos, trabadito el caldo y mantecosa la legumbre. Prudentemente aparté las presas más grasientas y fui moderado, si bien no demasiado, al servirme el plato. Así que con el bandujo satisfecho, tomé el camino para Córdoba. Crucé el valle de Alcudia, gateé el puerto de Niefla, alcancé Cardeña y me dejé caer hasta Montoro. Llegué a casa entre dos luces, limpio de melancolías, celebrando la vida y esperanzado en que el otoño, a finales de noviembre, será un otoño muy verde. Pero verde, verde. Y que traerá muy buenas noticias para España y los españoles de bien. ¡¡¡Vamos…!!!

comentarios

Más de Córdoba - Opinión

tracking

Compartir

Herramientas