El arte de la perdiz con reclamo(I)
Para los que la practican es algo más que una modalidad cinegética
«Maleno», atento
La caza de la perdiz con reclamo, más que modalidad cinegética, bien podría ser considerado un arte, que plasma de manera minuciosa una recreación de la realidad en la que vivimos. La lucha desaforada por el triunfo frente a la siempre tenebrosa muerte.
Decía Don Camilo José Cela que la muerte es una vulgaridad, y creo que como en muchas otras ocasiones, el maestro estuvo acertado. Sin embargo, una cosa es morir, trance por el que inexorablemente pasaremos todos, y otra cosa bien distinta es la forma de hacerlo. De las maneras más bellas de entregar la vida bien pudiera ser como lo hacen los perdigones camperos en su época de celo. Vacilantes y con chulería en una plaza de cualquier recóndito rincón de nuestra geografía. Ahí está el misterio y justo el momento donde la muerte deja sus taciturnas connotaciones para tornarse en honor, gloria y belleza.
Pues bien, nos remontamos unas semanas atrás, concretamente al viernes 7 de Febrero. El hombre del tiempo daba viento y agua del sur, esa que molesta enormemente a los habitantes de las solanas. Con esas premisas, tenía casi decidido que el colgadero de esa tarde iba a ser una ollita enclavada en la umbría buscando el trascacho del aire. No me separaría más que lo justo de los altos, donde solían tener la dormida las perdices. El pulpitillo lo instalé en una hermosa chaparra, de frondosísima conformación. La plaza era amplia y lujuriosa para los perdigones si estos decidían acudir a la pelea. Tenían espacio donde recrearse. El pájaro elegido fue «Chocolate» de dos celos de edad, y en el que tengo alta confianza depositada por el tesón de su trabajo, pese a no haberle tirado hasta entonces.
Pronto salió el reclamo buscando campo con cantos por alto, y no tardó mucho en tener respuesta de un macho que andaba a no más de un centenar de pasos. La cosa prometía, pues jaula y campero estaban empezando a «agarrarse» y el chirimiri que caía en esos momentos no hacía sino aumentar el ímpetu de pelea. Seguía y seguía «Chocolate» ahora también con piñones y dando de pie de manera alegre, pero con las pausas necesarias del que sabe lo que hace.
Los camperos apretaban, pero no se terminaban de mover cuando al cabo de media hora, el siempre estruendoso sonido del vuelo de la perdiz precipitó la batalla: «Prrrr Pichioooo pichioo...» Y de golpe y porrazo aterrizó en plaza el macho acompañado de su hembra. Esta tardó poco en quitarse de en medio y quedaron ambos varones. La jaula recibía con tranquilidad e insistencia bajo la lluvia que ahora sí, caía generosamente. El campero, andaba con el característico balanceo del celo, arrastraba el ala por los filones de la chaparretas marcando territorio. El pico rojo relucía como la ascua de una lumbre. Tras varios minutos de intensa contienda, cuando la misma alcanzaba sus cotas más altas, decidí abatirle el macho, cayendo sobre su sombra a metro y medio del tanto. El pájaro, ipso facto, le dio el entierro de manera sosegada y elegante. Al cabo de medio minuto, volvió a salir por reclamos buscando a la hembra la cual se le atrancó en los alrededores del puesto sin llegar a meterse en plaza. Tras más de hora y media de puesto, di por concluido el bautizo pajaritero de «Chocolate», un pájaro noble y bueno que, sin llegar a ser un superclase, suple con su trabajo incansable cualquier carencia que pudiera achacársele.
Perspectiva desde la tronera del puesto
La mañana siguiente di la «revolá» que resultó infructuosa. En esto del reclamo influyen infinitas variables, y ese día, al poco de destapar, aparecieron una collera, pero en este caso de hombres, provistos de tijeras y motosierras con afán de chuponear 4 olivuchos que habían ido a nacer a poco más de 50 pasos del repostero. Las cosas de la caza y el campo, gajes del oficio…
Tras una breve parada, preparé el aguardo de las 10. Prefiero esta hora a las 11 o 12, mi corta experiencia me dice que conforme pasa la mañana –sobre todo si la temperatura va en aumento- los pájaros se agarran más al piso y les cuesta más.
Llegó la hora de probar a «Tirso», un pollo del año que prometía. El pájaro salió prontó por reclamos incitando a los campesinos a la batalla. Al cabo de los pocos minutos, un macho que se encontraba al abrigo del monté respondió. Y así siguieron, desafiándose con notas muy variadas. Los piñones del de la jaula eran de excelsa calidad, así como el trabajo que realizó durante todo el puesto. El campo se quedó a las puertas de entrar, quizás «Tirso» debió haberse aflojado, quizás pese a eso nunca hubieran entrado, el caso es que no llegaron a jugarse los cuartos cara a cara. Esa misma tarde, y máxime sabiendo lo acontecido en el puesto de mañana, volvería con otro de mis pájaros, quizás el más cuajado «Maleno», un perdigón que no solo es bueno, sino que también es listo, capaz de enloquecer a los camperos y hacer con ellos auténticas diabluras.
El aguardo lo moví un puñado de metros, buscando el cobijo de la sombra que ofrecía una lentisca para evitar ser vistos por las perdices, si estas se dignaban a acudir. Es importante este factor, pues en los cotos donde solo hay perdiz autóctona, cualquier detalle puede echar al traste el buen trabajo de nuestro reclamo.
Visión del puesto de tarde
La tarde estaba de dulce, soleada, sin aire, pero con un punto de fresco, ese que mete el celo por las patas a los perdigones. A las 16.15 destapé, y tras unos segundos de observación, «Maleno» arrancó, esta vez muy suave. Algo raro ocurría, el pájaro había salido de curicheos muy bajitos, más pronto que tarde lo descubriría. En esas estábamos cuando noté como el pájaro comenzaba a recibir de buche, y a los pocos segundos, un tremendo pajarón irrumpía en plaza sin titubeos. Se buscaban con afán de lucha, tenían ganas de zurrarse. El campero buscaba la forma de subirse al encinete donde estaba el repostero, pero no terminaba por decidirse. Mientras tanto, la orquesta sinfónica del celo de la perdiz ponía sus mejores acordes para el regocijo de los allí presentes. Una toma y daca que en la mayoría de ocasiones cuesta romper, pero que es necesario para no solo premiar al prisionero, sino para engrandecer su historia y dotarlo de mayor capacidad para futuros encuentros. El disparo puso punto y final a la tarde, pues la hembra nunca quiso entrar, dándola por imposible, pese a los variadísimos recursos de «Maleno».
El sol naufragaba por la umbría del Puerto de Niefla despidiendo un fin de semana donde el celo había estado bueno, y en el que las jaulas habían respondido como se esperaba. Tocaba guardar y cuidar los pájaros para futuras expediciones que trataremos en crónicas venideras.
Atropellado, saltaba los baches del camino buscando nuestra querida Córdoba, intentando organizar en mi cabeza la ensalada de sentimientos que tenía en mi cuerpo. Aturullado por no encontrar un hilo conductor que estuviese a la altura de tal vorágine, frené el coche en seco y bajé para contemplar el ocaso. Y creo que ahí encontré la respuesta, y es que, era imposible saber cómo organizar esas vivencias. Así de sencillo, así de llano, así de fácil.
En la vida hay momentos, sentimientos, que jamás podrán ser refrendados por palabras: Un palio de vuelta a su barrio, una tanda de naturales de Morante, y, como no, un perdigón entrando en la rasera.