Cartel kamikaze

Cartel kamikaze

Crónicas Castizas

Locos necesarios y extras de la vida

Nuestro héroe, el que se enfrenta con la feroz Hacienda, la acusa de tener como objetivo, –son sus palabras–: «Embargar el cien por cien de mis ingresos y recursos». Por ende, escribe, «para matarme de hambre a mí y a los que sustento, como autónomo que soy. Están por embargarme mi presente, mi pasado»

Estar sentado en una terraza tomando el fresco es un deporte de riesgo, riesgo de que aparezca conduciendo un perturbado de esos que no come jamón y le dé por atropellar a todo el que allí se siente, como han hecho en Francia, en España, en Alemania. Pero acaso olvidemos que aquí , en la piel de toro, algunos jugaban a la gallinita ciega en el Paseo de la Castellana: se vendaban los ojos, se subían a sus potentes motos y le daban a todo gas, y su acompañante, el paquete, le va diciendo desde atrás: izquierda, derecha, más, menos, para ver quién llegaba, si llegaba, antes a ciegas a la Plaza de Castilla sin ver, conduciendo de oído, y qué tropelías perpetraba en el camino. Otros salían de sus fiestas en la sala «Oh Madrid» y cogían el coche por la carretera de La Coruña en dirección contraria para ver quién llegaba antes al casino de Madrid. Los suicidas preferían coches poderosos, esos suicidas que sí comen jamón, vehículos como los BMW en vez de los Smart, claro que los que venían de frente por su carril ni siquiera tenían la opción de elegir. Eran criminales estúpidos que sentían hastío por sus vidas. El final de las más confortables de las víctimas era una ráfaga de luz, un volantazo y ver cómo una figura se agacha hacia ti a quien preguntas ¿sobreviviré, doctor? y la figura te contesta: «Tú verás, soy San Pedro». Vidas truncadas para el divertimento de un mamarracho. No son únicos ni están en vías de extinción, Los hay más tradicionales, tomemos a los ingleses voladores aburriéndose, que se tiran desde los balcones para acertar en las piscinas que algunos sueñan con haber vaciado previamente en castigo histórico a la piratería, aunque luego haya que limpiar el destrozo estúpido de las baldosas. Churchill en varios continentes y en muchas batallas podía exponer su cara de bulldog: en Sudán, en Afganistán, Cuba o Ciudad del Cabo, en medio de la balacera para tachonar su pecho de medallas o su cuenta corriente de libras esterlinas, pues también era corresponsal, avaricia o vanidad, algo a cambio de arriesgar el pellejo no por las subidas de adrenalina como el premio si sobrevives, como ahora hacen en Venezuela cruzando en bicicleta los pasos de cebra rozando a los coches que vienen a toda velocidad.

Hoy hay quijotes, un cambio de paradigma, otros héroes que sí lo son: llegan los nuevos brujos que no camuflan como molinos de viento a los gigantes del poder travestidos de molinos, insurgentes ante a las delegaciones de Hacienda a las que se enfrentan a pecho descubierto, sin ocultarse en pintadas anónimas de callejones, clavan con el martillo de su insumisión sus reivindicaciones en las puertas de Hacienda, le niegan el derecho a interferir en el dinero que está destinado a alimentar a sus familias. Esos sí son héroes que están en contra del Estado leviatán, que cada vez es más representativo, ya saben ustedes, o sus señorías mejor aún, aquello del que parte y reparte se queda con la mejor parte que para eso son ellos los representantes, un estado cada vez menos participativo, que era la esencia de la democracia. Ahora, gracias a las exclusiones sustituye al pueblo por clientelas. En palabras de Tito Livio : «No podemos soportar nuestros vicios ni los remedios».

No podemos soportar nuestros vicios ni los remediosTito Livio

Nuestro héroe, el que se enfrenta con la feroz Hacienda, acusa a esa institución de tener como objetivo, –son sus palabras–: «Embargar el cien por cien de sus ingresos y recursos». Por ende, escribe, «para matarme de hambre a mí y a los que sustento, como autónomo que soy. Están por embargarme mi presente, mi pasado, no teniendo límites en las cantidades ni en el tiempo, ya que es una cadena perpetua que ustedes me han impuesto». No voy a aceptar, –escribe nuestro Infante– «ninguna propuesta en tanto que ustedes no depongan, de forma incondicional sus intenciones de matarme de hambre». Ese organismo, –se refiere a Hacienda–, es una pieza fundamental para el sostenimiento de la partitocracia que nos gobierna. Su elefantiásico Estado no está al servicio de los ciudadanos sino de unos pocos y en contra de muchos. Por lo tanto, no seré yo cómplice de colaboracionismo con este sistema, dada la deriva que ha tomado el Estado en los últimos lustros, que hace necesario restringir los recursos del enemigo, de la patria y por ende de los ciudadanos que la habitamos. Como dijo Peces Barba: la ley tiene fuerza en tanto es justa.

La felicidad de los pueblos, y la sabiduría de los Estados, han sido sacrificadasHegel

Aquellos irresponsables de los que hablábamos al principio carecen del fulgor del guerrero, del que hablamos ahora, el que se enfrenta al dragón del Estado, el que viste una armadura que es simplemente su palabra, y una espada que no es más que su integridad. Le conozco, es un trabajador de cuello azul. Y conoce la nobleza de la tarea. Necesitamos más brujos y menos kamikazes.

Unos y otros son locos. Pero mientras los primeros que ensucian estas líneas. Son unos homicidas que amenazan su propia vida y la de los demás. En pro de un divertimento que revela la vacuidad. de su existencia. El caso del hombre de pie ante el pavoroso dragón de Hacienda. Es quijotesco. Y no supone. Mal alguno excepto para sí mismo cuando le atropelle ese tren blindado. La historia siempre es empujada hacia adelante. Por Quijanos. Que se levantan ante lo instituido. Lo único posible. Y se baten por el bien común, abriendo nuevos caminos. Y no por interés personal. Montesquieu. A pesar de llegar a magistrado en su país. De aquella manera que ya sabemos. tan poco encomiable. Nos dejó algún retazo de luz con su pluma. La identidad de una comunidad, escribe. «No deriva de sus objetivos materiales, sino más bien de su espíritu. Del espíritu que la mueve». Y más nos vale que ese alma se forje en la sangre espesa y cálida de los rebeldes. Que en la aguada y fría de los kamikazes. Individualistas, sin límite. Que odian su cultura, su identidad y sus propias vidas. A la postre. Hegel diagnóstica este matadero. «La felicidad de los pueblos. y la sabiduría de los Estados. han sido sacrificadas». Los sueños. Desaparecen. Y su lugar lo ocupan las pesadillas.

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