Templo del hogar en Tailandia

Templo del hogar en TailandiaGustavo Morales

Crónicas castizas

Andanzas en el antiguo reino de Siam

Tampoco esperas cuando vas al baño que alguien te agarre desde atrás. Para cuando descubres que era para darte un masaje en los hombros, le has golpeado contra la pared suponiendo lo que no es la primera reacción ha sido embestir al amable e inesperado empleado de oficio ignoto y de riesgo

Cuando estás haciendo memoria y dando cuerda al recuerdo para escribir una de estas crónicas que se ciñan a los confines del medio en que se editan y tampoco te lleven, como me ocurrió con algún artículo en el extinto diario Ya, a un juzgado para enriquecer a procuradores y demás leguleyos, por el tema elegido, pasan ante los ojos cansados de la memoria, la presbicia del recuerdo, temas que desechas airear porque te costaría el empleo o la libertad. En ese empeño evoqué un incidente con una moto –un vehículo más en que soy torpe– pongo a mi hermano por testigo de mi nulidad al volante y al manillar.

El suceso tuvo lugar en Tailandia cuando dejé atrás el desierto y la guerra, al menos aquella, Y entonces en la tierra de Bunson, Sayan, Sotapón,... los parámetros a los que debía ceñirme en el mundo árabe y mahometano cambiaron bastante. Constatado: cuando vas a cenar a un restaurante no esperas que la camarera solícita te trabaje toda la comida, te pele la langosta, entonces barata, te corte los filetes, tampoco esperas cuando vas al baño y terminas de evacuar la vejiga que alguien te agarre desde atrás, con los pantalones a medias –tardas en descubrir que era para darte para darte un masaje no solicitado en los hombros, eso justificaba él tras haberle golpeado contra la pared suponiendo lo que no era, la primera reacción ha sido acometer al amable e inesperado empleado de oficio ignoto y de riesgo del que no volví a saber nunca.

Por las mismas, cuando vas en una moto Honda por la carretera, en un cambio de rasante no esperas encontrarte un camión de frente que va por el lado contrario y tardas en entender que quien va por el lado erróneo eres tú, que allí conducen como los ingleses, y torpe giras con la moto y embistes una puerta de madera tras subir a trompicones tres escalones, y te encuentras mirando por el lado equivocado y peligroso varios revólveres de grueso calibre que empuñan unos sorprendidos hombres de azul, todos conjuntados, apuntándote. Dejas caer la moto entre las piernas, en verdad se tira ella, que tiene vida propia desde hace un rato cuando viste al camión, y lees apenas un letrero que dice: Police Station, es una comisaría. Te van a registrar de arriba abajo, pero no van a encontrar lo que sospechan porque tú sólo estás bebido y lo llevas en el hígado, desde que has descubierto que allí las cañas de cerveza son botellas de litro y los wiskis una petaca completa de media libra, eso unido a que conducen por el lado equivocado, el inglés, a lo que has ingerido y a que tú no eres el mejor motorista de los cien peores del mundo. Esa concatenación de circunstancias te ha llevado allí, frente a los cañones de los revólveres y acabará con un sello negativo en el pasaporte que aún conservo de recordatorio.

Preparando el viaje

Preparando el viajeGustavo Morales

A pesar de los pesares, Tailandia es un país amable y en ocasiones áspero, pero nunca desabrido, con un bonito mercado fluvial próximo a su capital, el del río Chao Phraya. Cuando estés en una de las casas que lo orillan, si te han invitado a entrar y si visitas alguna como fue mi caso, sabrás que si estás sentado hay que levantar las piernas del suelo cuando sube la marea para que no te muerdan las turbas de ratas enloquecidas que huyen de morir ahogadas. Un país donde hay prostitutas baratas que son primero menores de edad, luego madres y al ocaso las dos cosas a la vez sucesivamente. Bangkok fue considerado un burdel nefando para árabes barbudos o similares y orientales que eligen a sus dóciles víctimas en un escaparate donde las exhiben, carne fresca y no siempre pálida, o las seleccionan en una discoteca donde nadie va a bailar ni a escuchar música.

En la capital no eran extraños entonces los tiroteos cerca del puerto con los traficantes de heroína blanca que retrocedió ante la afgana marrón más económica y abundante. Los policías llevan armas del 357 Magnum, no la monería del ínfimo calibre 25 que llevan sus colegas japoneses que no se tienen que enfrentar a narcotraficantes.

Tailandia es un país amable, donde preguntas en el apeadero del tren dónde puedes alojarte y acabas en casa del jefe de la estación y por la mañana descubres que las patas de la cama están metidas en maceteros con agua para que no suban los bichos y que el único ventilador de la casa te lo han puesto a ti; donde en la puerta del hogar hay viejas que mascan algo amarillo cuyo destino es mejor ignorar, ante la reproducción de un pequeño templo, cuyo tamaño y complejidad indica la prosperidad de los que lo habitan, donde rinden culto y hacen ofrendas. Y no se te ocurra revolverle el pelo a un niño o tendrás que sufragar a un monje de túnica naranja para que le devuelva el alma que dicen le has robado en una ceremonia con mucho humo que pagas tú por tocarle la cabeza al zagal. Tailandia es un país cuyas playas de fina arena entonces eran vírgenes, lo único en ese estado del país, y hay puestos por doquier donde venden piña salada, que es de sabor adictivo proclamo.

Viajando en vagones de tercera, donde me echan del penoso asiento desvencijado, para dar cobijo a un monje, otra vez la túnica naranja, hacia el norte llegaré a Chengmai y allí conoceré la hospitalidad de los aguerridos meos y sus lucrativos campos de opio.

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