Llegada

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Crónicas castizas

Los revanchistas y la infancia feliz

Recibir puntos de sutura por descalabraduras en la casa de Socorro, bajo la aguja sanadora sin anestesia y mordiéndote los labios secos para no evidenciar miedo ni dolor mientras te cosían la brecha sin analgesia alguna, entonces impensable, bajo el aliento cálido y repelente del enfermero

Pareciera acaso que las hordas de sarracenos que anegan nuestras costas procedentes de la tenebrosa Berbería, incapaz de alimentar y dar futuro a sus hijos, tienen la intención declarada, en hechos y palabras, de jugar la revancha de la Reconquista, gesta en que se hizo España, obviar ocho siglos de lucha e invadir de nuevo, como antaño, en ello están, las tierras nuestras de lo que designan en mala hora con el nombre de Al Andalus, que para los egoístas regionales analfabetos e insolidarios, recordaremos que también incluyen Vasconia y Cataluña, aunque propaguen paparruchas llenas de ruido y de furia y finjan sus relatos ayunos de historia y preñados de histeria y supercherías. Huérfanos nosotros de Pelayo y a la espera de Reyes Católicos y del gran Capitán campan los usurpadores por sus respetos mientras se multiplican los secuaces plagiarios de los felones Oppas y don Julián. En este caso financiando la intrusión y facilitando el desmán de cuantos se lucran y no poca merced al tráfico inicuo de carne humana, el ruido del oro acalla el runrún de sus conciencias si es que las tienen.

Y como los odios nunca vienen solos por desgracia, hay también otros revanchistas, estos del interior, que pretenden ganar con el bolígrafo censor y marrullero lo que perdieron por falta de coraje y exceso de discordia con propios y ajenos, pues tener el odio por doctrina no sólo marca las relaciones con el enemigo, sino también con los aliados, que pasan a ocupar el lugar del rival disidente como blanco de la animadversión y de la hostilidad más cruel. Que se lo pregunten a Andrés Nin.

Tales odiadores están imponiendo al común una sola opinión, el monopolio de una memoria exclusiva y excluyente que roe los cimientos de la nación, envenenando mentes y corazones, con la voluntad expresa de demolerla. Revanchas de la saña y la malquerencia que esterilizan el futuro patrio cuando infectan el presente porque su único afán es el desquite por la victoria que la historia les negó por sus muchos yerros y falsedades.

Todo ese mar maligno acontece en el presente donde vivimos y para evitar su veneno mortal nos evadimos con la imaginación, esa «loca de la casa» que dicen que decía Santa Teresa, tras un tiempo en el que se refugia el recuerdo no impuesto cuando la infancia era más dura que hoy, sí, y también más difícil, tachonada de dreas a pedradas en descampados y puntos de descalabraduras en la casa de Socorro, bajo la aguja sanadora sin anestesia y mordiéndote los labios secos para no evidenciar miedo ni dolor mientras te cosían la brecha sin analgesia alguna, entonces impensable, bajo el aliento cálido y repelente del enfermero.

Una infancia añorada, más ruda, de piedras, madera, arena de obras y metal, ayuna de pantallas y de electrónica alguna y más libre, sin otras ataduras que la hora de comer y la de volver a casa. Una infancia de la que no deseas revancha alguna, sino el irrealizable retorno a un tiempo perdido que dio nombre al grupo de música de mi hermano pequeño, un entonces donde tu gran error, el mismo que ahora manifiestan tus nietos, fue desear crecer y hacerte mayor, nada sabíamos de Peter Pan.

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