Sacerdote joven

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Crónicas castizas

La epifanía del cura Paco

Para entrar en la banda en cuestión como adepto de pleno derecho había que superar una prueba, como el malvado Carabel de Wenceslao Fernández Flores, cortándole las orejas al gato. Y a Paco le tocó, por caprichos del cabecilla, ir a dar una tunda a un clérigo de la parroquia

Paco, por aquello de integrarse y de sentirse uno más, las ovejas quieren rebaño, se juntó con malas compañías, de esas que usurpan la calle y atemorizan al vecindario aprovechando la violencia y el número. Para entrar en la banda en cuestión como adepto de pleno derecho había que superar una prueba, como el malvado Carabel de Wenceslao Fernández Flores, cortándole las orejas al gato. Y a Paco le tocó, por caprichos del cabecilla, ir a dar una tunda a un clérigo de la parroquia del barrio al que ni siquiera conocía más que de vista y de lejos, pero seguro que en alguna homilía despertó la inquina del navajero porque se había referido de forma crítica a los pandilleros que patroneaba ese indeseable o a la venta de algunos estupefacientes de los que el capo tenía el monopolio en el suburbio.

Así Paco, obediente y sumiso, empuñó un astil de pico, de sólida madera de haya, que los famosos bates de béisbol de las películas americanas eran escasos en aquel entonces y muy caros, y se fue a la parroquia donde sorprendió al páter marcado como objetivo cambiándose en la sacristía, quien al verle llegar de esa guisa y con semejante estaca se olió la tostada y recurrió a un arma mágica y secreta de escaso empleo en los tiempos que corren: la plática franca, abierta y sin dobleces. Era la única arma que tenía, la palabra. De forma asombrosa, lenta y larga aquello dio resultado, el cura dio gracias a su jefe y Paco se marchó rumiando lo oído sin consumar la agresión que el chulo que dirigía la turba le había encargado, molesto con las misas del párroco y su efecto sobre sus familiares que le recriminaban por los robos, la violencia y los colocones.

Cuando el frustrado agresor le informó de que se había ido sin tocarle un botón de la sotana, el pandillero enfureció por la desobediencia, pero como Paco era de la talla 5XXL, vamos, similar a un armario de tres cuerpos, optó por no atacarle y consumar su venganza con los débiles. Y una tarde, al cruzarse con la madre del desobediente, se lio a golpes con ella en la puerta de la iglesia para que su exprosélito entendiese el mensaje. Ciego de rabia Paco acudió al hospital cuando supo que su madre estaba internada en él. Mientras llegaba a la habitación recordó la conversación con el cura y al entrar su progenitora le habló de paz y perdón, ideas que le soliviantaban, hasta que la cólera se disipó y una extraña serenidad le invadió por completo y se rindió a ella, abandonando la furia que le embargaba hasta hacía unos instantes. No vio su inútil vida pasar ante sus ojos ni una cegadora luz blanca. Se sentía sereno y era feliz así.

Hasta mucho tiempo después no supo qué había ocurrido, que había tenido una epifanía, ni las oraciones que había prodigado su madre para que se alejara del mal camino, pero comprendió que había sido llamado y supo comenzar una nueva ruta.

Imagino que cuando Dios te llama todo lo demás pasa a segundo plano, inundado de una firme entereza, una convicción sin fisuras. Tuve la suerte de verlo en un compañero profesor de la Facultad, cuyo rostro exhalaba felicidad, antes de ingresar en el monasterio, que lo dejó todo para meterse a monje. Yo reconozco que hubiera actuado más como ese regular que en Ceuta arregló una cuenta pendiente usando una bayoneta.

Paco tuvo su camino de Damasco que le llevó primero a un seminario y posteriormente a una parroquia de un pueblo de Madrid para contestar presto a la llamada de los bendecidos.

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