Dos senegaleses recogen aceitunas en JaénHecha con Google AI

Crónicas castizas

Senegaleses de Jaén, aceituneros altivos

Miguel Hernández escribió: «Andaluces de Jaén, aceituneros altivos, decidme en el alma: ¿quién, quién levantó los olivos?». Hoy el trabajo y el sudor de la recogida de la aceituna en buena parte de Jaén corresponde a cuadrillas de negros africanos, en especial de Senegal

llega la recogida de la aceituna en diciembre, rondando la Navidad, y tres agricultores con fincas colindantes en la Sierra del Segura, Jaén, potencian su cooperativa amistosa, sin más papeles que el valor de la palabra dada al estrecharse la mano. Comparten maquinaria, demasiado onerosa y ociosa en largos periodos para uno solo, también comparten las cuadrillas de hombres que han de recoger la aceituna. Hace tiempo que ya no se ven a nativos peninsulares en esas cuestiones. Hubo uno hace un año a quien expulsaron los demás trabajadores por gandul. A las cuadrillas les incentiva el pago de más de 127 euros diarios largos que supone trabajar a destajo, más salario en menos tiempo. Son implacables. Saben que recojan lo que recojan tienen asegurado el jornal, de unos 68 euros diarios, pero no han venido aquí para eso, para cubrir el expediente y holgazanear, sino para trabajar de firme y cobrar lo más posible para volverse con los bolsillos repletos a su tierra. Cada euro cuenta allí. La última bronca que tuvieron, y no suelen tenerlas, fue entre un gigante y un alfeñique por no superar el pequeño el periodo de prueba y no trabajar lo suficiente a gusto del titán, su compañero de cuadrilla.

Los senegaleses han demostrado ser menos problemáticos que los moros, mucho menos, no se enzarzan en trifulcas, no gandulean ni desvalijan a nadie. Los subsaharianos, que les dicen algunos, los únicos problemas que dan a sus empleadores son los papeles. Hace poco que la Seguridad Social captó que había dos de ellos con la misma documentación, uno inscrito haciendo un curso pagado en el noreste de España y otro recogiendo la aceituna en Andalucía, con el mismo carnet, uno era auténtico y el otro una fotocopia plastificada. Eran hermanos, pero esos préstamos de papeles no son sólo familiares, también se dan entre vecinos y amigos.

No es un caso excepcional. A veces llegan con la foto cambiada o no se parecen en nada, otros con una reproducción o una instantánea pegada a un cartón con un sello movido a todas luces. No escasean los lances en que la imagen se parece en nada al portador. A los patrones no les afecta en absoluto si faenan bien, pero le molesta de forma particular a la quisquillosa inspección de trabajo que también impone, y nadie lo discute, que les impartan un curso de riesgos laborales así como les provean del material de seguridad correspondiente: gafas, cascos para el ruido, guantes, que nunca se devuelven ni se reclaman, unos 25 euros de gasto por hombre que nadie regatea. De hecho, hay unas gafas más seguras y un poco más caras, pero ellos, los trabajadores, las rechazan por capricho estético, prefieren las más baratas que les dan porte de Terminator. Esas son las que reclaman. Es puro postureo para ofrecer aspecto de malotes de las películas, aunque no son peligrosos, no llegan en patera ni ilegalmente, vienen a trabajar y cuando cobran se marchan. Algunos, muchos, volverán el año próximo, otros incitarán a sus vecinos a hacerlo, esos son los que llegan de novatos y hay que volver a explicárselo todo y darles el curso para que no jueguen junto al tractor con grúa y remolque y no arriesguen los dientes o los pies. Un accidente le cuesta caro al trabajador y al empleador.

Son dos o tres cuadrillas de cuatro hombres las que laboran en esas tierras jienenses ahora. Uno maneja el vibrador manual, que ya no se varea la oliva a brazo partido como cantaba Labordeta, otro el moderno vareador eléctrico y los otros dos más colocan los mantones bajo los olivos para recoger el fruto sin que caiga a tierra.

Ellos, los aceituneros africanos, también tienen sus manías. El año pasado hacían comer aparte a uno de la cuadrilla, el pequeño hacendado que los contrató quiso saber la causa de la segregación al marginado, era porque procedía de Malí, no como los demás, era de otro pueblo o de otra fe, que el racismo y la intolerancia no es exclusivo de los confederados de Dixie.

Hay uno de esos senegaleses que viene todos los años sin faltar uno y aunque pierde dinero, empieza siempre en Benatae, en la finca de la familia que le ayudó al principio, cuando llegó por primera vez, y le consiguió todos los papeles. Tras cumplir leal con sus benefactores, aunque gane menos, trajina después a otros sitios con mejores estipendios. Cuenta él que se ha hecho dos casas en Senegal para su extensa familia y piensa seguir con la tarea de diciembre en España, no sólo en Jaén, hasta ha subido en verano a Las Pedroñeras a recoger ajos, que no es moco de pavo, arrancarlos del suelo bajo el sol de justicia manchego.

El trabajo duro fluye hacia quien quiere hacerlo.