Misa de campamento en el grupo scout Olave con el padre Manolo
Crónicas castizas
Cuando nos íbamos de curas
Ambos eran sacerdotes de pelo largo cuya única concesión a los tiempos modernos era el aspecto capilar. Uno, Manolo, reclutaba chavales para las catequesis de los niños, y se ocupaba también de las almas de los jóvenes del grupo de exploradores
Parroquia de San Miguel Arcángel, de ladrillo rojo, se alza en la calle General Ricardos, enfrente de la Casa de Socorro que tantas descalabraduras cosió tras las dreas que jalonaron el barrio y no como algo excepcional, entre comilleros, gitanos de San Isidro y mozalbetes del distrito de Carabanchel Bajo. Daba esa iglesia cobijo entonces a un grupo scout, el Olave, y también a un par de curas barbudos, más jóvenes que el veterano don Eugenio, quien nos requisaba los tebeos del Capitán Trueno o de El Jabato, las ediciones Marvel que infectan a mis nietos eran desconocidas. Nos daba el veterano párroco un coscorrón cuando nos pillaba leyéndolos en misa y los podíamos rescatar en la sacristía, terminado el sacrificio, con riesgo de repetición de collejas.
Ambos sacerdotes de pelo largo, cuya evidente concesión a los tiempos modernos era el aspecto capilar. Uno, Manolo, reclutaba chavales para las catequesis de los niños, y en esa recluta nos pescó a Agustín, Herminia y a mí, entre otros, y se ocupaba también de la salud de las almas de los jóvenes del grupo de exploradores. No era raro verle dando orientación espiritual o incluso confesando a algún chaval en el Mesón El Perol. Sus penitencias eran duras: acercarte a quien te vilipendiaba o soportar su cólera torcida y perdonar. Cumplir con el Padre Nuestro.
Y el otro, más corto de estatura y menos corpulento, Javier, nos aficionó a la fotografía, camino que andaríamos muchos de la mano de José Luis Porras, forofo nikonista que nos infectó de forma crónica con sus preferencias. El cura Javier formó un grupo de teatro con jóvenes del barrio en el que estaban Morgan, un electricista anarquista y buena persona, Marisa y Antonio, imitador eterno de Machado, su tocayo y algunos más de esa fauna variopinta que pululaba por Marqués de Vadillo. La obra que empezaron a ensayar era «Esperando a Dodot», una función de Samuel Beckett en que al final te quedas con un palmo de narices porque no aparece el deseado que protagoniza y titula la función sin aparecer en ella, la califican en el teatro del absurdo y aciertan.
Estrenamos en función única en el seminario de Madrid. En los ensayos mayoritarios en la parroquia, excepto los finales, el padre Javier fue eligiendo a los que mejor actuaban en las pruebas para cubrir los papeles. En esa selección fui eliminado con prontitud y sin pena por mis escasas dotes para el teatro, como lo habían hecho previamente en el Instituto Cervantes, en este caso en el equipo de baloncesto, que también prescindió de mis servicios sin sollozo alguno.
El padre Manuel dando la comunión a un lobato
Eso me permitió hacer dos intervenciones estelares el día del estreno. Una improvisada apareciendo con mi melena abundante de antaño ante el telón, pegando un rugido imitando al león de la Metro-Goldwyn-Mayer y otra tarea previa en consonancia con mis cualidades, de acomodador, y en ellas se resumió mi fulgurante y escueta carrera en el mundo del teatro. La honrilla familiar la salvó mi hermana Elena representando Jesucristo Superstar en el instituto Emperatriz María de Austria, pero esa es ya otra historia.