01 de diciembre de 2022

Gustavo Morales

Cuando éramos estudiantes: diario de un agitador madrileñoGustavo Morales

Crónicas castizas

Cuando éramos estudiantes: diario de un agitador madrileño

En los lejanos años 70, me pasé bastante tiempo poniendo en huelga la enseñanza media de Madrid. En una de esas ocasiones arengaba a las alumnas del instituto Emperatriz María de Austria, al final de la calle Antonio Leyva. Éstas ponían como excusa para no salir la valla metálica que rodeaba el centro. Cogí un adoquín y me puse a romperla. Los timbres sonaron y hasta la directora salió al patio para reclamar a las estudiantes a las aulas. La seguían dócilmente. Abrí una brecha en la valla y desde ella las llamé de nuevo. Una sola se dio la vuelta, cruzó el patio y se me echó en brazos. Cogí sus muletas del suelo y la saqué en brazos por la malla metálica rasgada. Unos segundos de silencio y un enorme griterío, estaban vitoreando, todo el instituto salía detrás de mí. Esa mañana llegué a los demás institutos acompañado de docenas de chicas, que garantizaba que todos los institutos masculinos nos seguirían y con ellos el Beatriz Galindo, el Isabel la Católica, etc.
Varias de las chicas que me rodeaban eran de izquierdas. Y estaban estupefactas. El líder de la revuelta no lo era. Ellas habían leído tres o cuatro páginas de Marx, yo muchas más. Por eso no era marxista.
Por la tarde íbamos a un antro donde pedías las copas por una ventanilla y te daban algo de color oscuro o amarillo, presuntamente ron con limón, ron con coca cola, whisky... Tras la escotilla, ocultas a la vista del público, había dos enormes perolas de plástico, una con líquido negro y otra amarillento donde llenaban los vasos. Entonces yo comenzaba a aprender.
Así que el instituto Cervantes me dio la oportunidad de afiliarme a un grupo clandestino, pequeño, pobre y optimista. La avidez de militancia juvenil nos llevó, a Manuel Ignacio Gramage y a mí, a su local en la calle Bravo Murillo, la pantalla era una asociación cultural. Llegábamos allí con 14 ó 15 años como fue mi caso y el de otros.
Inauguré mi militancia con una pintada en la pared de la parroquia del barrio San Miguel, en la calle General Ricardos, donde estaba mi grupo scout que sentó muy mal a los maoístas, algunos de ellos compañeros durante años de campamentos y marchas, y a los curas de la parroquia porque la pared era suya. Mandaba la tropa scout Vidal, luego candidato extremeño por las listas de Izquierda Unida tras el paso por el maoísmo de medio grupo, yo estaba en el otro medio. Uno de los pintores de aquel día conmigo es ahora notario, tiene una familia grande, mantiene a mucha gente en distintas partes del Tercer Mundo y no hace ostentación de ello. Me prohíbe dar su nombre. Tampoco es de izquierdas. Fui a ver La pasión de Cristo con él y me corregía al oído las inexactitudes en las traducciones del arameo de la película de Mel Gibson.
Entonces aprendí a hablar en las asambleas, a rebatir argumentos en público, a convocar, movilizar, escribir, imprimir, hacer frente al poder sin auctoritas que no siempre era el Estado... La acción era incesante y no se detenía por falta de material que sacábamos de cualquier parte para hacer una pancarta o poner un cartel. En otra ocasión cerramos el aula magna, con el claustro de profesores dentro, para protestar por el cierre de las puertas del Instituto entre la salida y la entrada. Costó una cadena, un candado y audacia. Y mi expulsión del instituto Cervantes y traslado al Emilio Castelar, al otro lado del río Manzanares.
Años después, en el Aula Jovellanos de Gijón, coincidí con Villar Palasí y le pedí perdón por haberme manifestado contra su plan de Bachillerato visto todo lo que vino después.
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