Bar portugués de tapas
Crónicas castizas
Bares y azares
Apelativo final que tuvo un trozo de calle al que un espabilado le puso su propio nombre imitando a la perfección un cartel oficial, y ahí estuvo el letrero hasta que alguien del Ayuntamiento se dio cuenta. Su madre, la del listo, decía que no lo quitaran porque le hacía mucha ilusión a su hijo tener una calle a su nombre sin ser ilustre por nada excepto por tener una calle
En Madrid, hay dos bares, bueno, en realidad, hay cientos, quizá miles. Figuraría entre las ciudades con más bares de Europa y alrededores, tras Praga y Ámsterdam. Pero es León la que se lleva el primer puesto de la Península Ibérica a la chita callando, sí, los del botillo.
Pero eso no lo vamos a hablar, hoy tocamos sólo dos de entrada, uno está cerca del pasaje de Tony Leblanc, apelativo final que tuvo un trozo de calle entre Beneficencia y San Mateo casi frontera con el distrito Universidad, pasaje al que un espabilado le puso su propio nombre, y ahí estuvo la placa hasta que alguien del Ayuntamiento se dio cuenta y no fue pronto. Su madre, la del listo, decía que no la quitaran porque le hacía mucha ilusión a su hijo tener una calle a su nombre. Y el otro bar de nuestra comparativa se sitúa en Isaac Peral. En ese uno son eficaces, rápidos, de pueblo, incluso de otro continente. No se trata de cumplir sus normas, sino del bienestar del cliente. Lo descubrí por su cercanía a los hospitales de la zona, hacen unos pinchos de tortilla suculentos y un bocadillo, de calamares, que no se lo salta cualquier persona políticamente incorrecta en que ustedes quieran pensar.
En el otro bar de nuestra comparativa, los camareros disputan unos con otros por no ser ellos los que te atiendan y si has pedido algo de comer, crédulo, te señalan qué mesas, por descontado ajenas a la que ocupas y te has instalado, son las que ellos consideran adecuadas para tu almuerzo, y en otras no te sirven si juzgan que no es la hora ni el lugar, porque has pedido raciones y esas no son las mesas, idénticas en apariencia a las demás, que te informan que no son para poder comer. Lo mismo logras manducar algo según si el chef está de acuerdo con lo que has pedido, o no le parece bien. Pero son camareros molones, guays, no son paletos como los otros, tienen pedigrí, molan mazo, estupendos de la muerte. Son diversos , ineficientes y ásperos. Pero top de glamur. Me recuerdan a esos meseros de la película Ninotchka en que todos eran aristócratas rusos de rancio abolengo en el exilio impuesto por la revolución bolchevique sirviendo a mindundis del proletariado.
Y todas esas cosas no las puedes comentar con tu hija, que te ha ascendido a abuelo, porque en ese momento corre como un galgo detrás de la niña Cayetana que se siente atraída por la calle por donde circulan los coches o las empinadas escaleras del instituto de enfrente. Cualquier peligro potencial es atractivo a sus ojos.
También hay bares de referencia, en esos que siempre hay amigos a cualquier hora como el Obi Wan , donde, en lugar de copas, compras botellas a las que ponen tu nombre. Es fácil encontrarte ahí todos lo saben, las amistades y ¡ay! también te localizan los que quieren sorprenderte dándote una paliza que encargó alguien a quien no le eres muy simpático. Vas a que te cosan la cabeza, no es la primera vez ni la segunda que recibes puntos en la testa, en un hospital de San Bernardo que ya no existe y que ahora se ha travestido en un cuartel de bomberos. Y vuelves al bar, podrán escalabrarte con un puño americano, pero no aguarte la fiesta.
Hay bares, como los de la serie Cheers, donde todos saben tu nombre y el camarero es otro contertulio más que cuenta alguna de las mejores historias en la sobremesa. Donde te ponen tu tapa favorita sin necesidad de preguntar nada y nadie te ignora, incluso respetan tu lugar preferido. Y le puedes soltar el rollo de tu mili porque él también la hizo aunque en los paracaidistas lusos y recuerda más anécdotas que tú, superviviente de un ictus al que achacas todos los olvidos propios de la edad (de piedra) de la que procedes.
Hay, más bien hubo cuando volviste de la guerra con Mambrú, otros bares oscuros y abarrotados de kies 13 donde vas al aseo y atisbas perplejo a alguien sacando cal de la pared con una faca, polvo que envuelve en una papelina diestramente doblada y vende a continuación a otro cliente del antro que decides no volver a frecuentar.
Malasaña fue así.