Silla de ruedas
Crónicas castizas
Los días del cáncer
Tras la prueba de colonoscopia la hacen esperar mucho tiempo, henchido de sospechas. Al final llega la doctora y en la conversación de refilón sale por primera vez la palabra. Se pone alerta pero hay que comprobarlo, han cogido muestra, todavía queda el resultado del análisis. La esperanza se disipa, queda poca cuando le citan en oncología
Tras la prueba de colonoscopia, la hacen esperar, mucho tiempo, henchido de sospechas. Al final llega la doctora y en la conversación, de refilón, sale por primera vez la palabra. Se pone alerta, pero hay que comprobarlo, han cogido muestra, todavía queda el resultado del análisis. La esperanza se disipa, queda poca cuando le citan en oncología y un doctor que no se moja, no tiene por qué, ni hiere con sus palabras hasta que usa el término maldito, cáncer. Lo oye como el reo una sentencia de muerte. Un bulto en los ovarios, tienen que extraerlo pero usarán una operación poco invasiva, la tranquilizan las cirujanas. Todo había empezado por una obstrucción intestinal por la que la hospitalizaron un par de veces tras pasar el día en urgencias y despacharla con un enema.
Al final la operación que iban a realizar por laparoscopia tiene que ampliarse, demasiado grande el tumor y con él sacan también un ovario pero comprueban que hay una masa mayor y distribuidos por el colon múltiples implantes y explican que son como semillitas diseminadas por el intestino. Hay una confusión después de la operación y llaman a su familia que no está allí e ignoran a la que sí está. Tras la intervención la suben a planta y con el caos de las comunicaciones la dejan sola, sin móvil, sin reloj ni perrito que le ladre. Es una noche triste, larga, infinita con la desesperación acechando en la desolada oscuridad del cuarto hospitalario.
Ahora comienzan plenamente los días del cáncer, cuando una oncóloga afable le aclara que necesita quimioterapia y luego comprobarán sus efectos mediante análisis y un TAC (¿qué hacía la medicina antes de que se inventara el TAC?)
Para empeorar las cosas una caída en un aparcamiento le provoca una rotura de pelvis y ha de desplazarse con dificultad en una silla de ruedas que le facilita su cuñado.
Así llega al Hospital de Día de la Fundación, una sala de espera de cómodos sillones azules repletos de vidas en suspenso, esperando el veneno que mata y esperanza.
Una enfermera cheli la mide, la primera vez que la mide alguien, pues tiene esa superstición de que sólo se mide para hacerte la última caja. Le dice en qué consistirá la cosa: tras un análisis previo encargarán la medicación al laboratorio, con o sin anticuerpos según resultados. También le advierte que será más sensible al frío y se le caerá el pelo mucho, pero no todo y que vuelve a salir cuando interrumpan el tratamiento. Las enfermeras van llamando a quienes esperan en ese sorteo del veneno que cura.
La sala está provista de cómodas butacas donde tumbarse junto a las perchas de metal que sujetan las bolsas de líquidos remitidas por el laboratorio del hospital. Tres o cuatro horas, que, superada la sorpresa del primer día, distrae con el teléfono móvil y la tartera con zumos, batidos de proteínas y algún comestible. Cuando finalizan la dejan enganchada a una botella que sigue envenenando sus células, buenas y malas, durante cuarenta y ocho horas más, luego ha de ir al hospital para que en planta de oncología se la quiten del reservorio que le pusieron al comenzar todo para no llenarla de agujeros. Una vía central permanente es un dispositivo médico que se coloca en una vena grande para proporcionar acceso venoso. Estos catéteres, como los catéteres venosos centrales, se utilizan para administrar medicamentos, productos sanguíneos y líquidos directamente en la sangre, especialmente en pacientes críticos o que requieren terapias intravenosas prolongadas. Su duración puede variar desde semanas hasta meses, dependiendo del tratamiento del paciente. Los enfermeros comprueban que la botella está vacía y sacan la aguja de esa vía permanente.
Una mujer grande y sólida, cual serrana del Marqués de Santillana, contaba en la sala de espera a quien la quisiera escuchar y a los que no, pues su voz es potente, que ella misma le quitaba esa botella a su padre y así se ahorraban un viaje al hospital. Continúa hablando de su barrio, Lavapiés, y lo mal que se han puesto allí las cosas con el superávit de facinerosos. Todos la escuchan, es la única distracción de la espera tan ligada a la sanidad que les llaman a los usuarios pacientes.
La cosa no transcurre en paz, pues alguna vez la avisan para que vaya a urgencias con prisas, donde comprueban en sus venas torturadas, que sus niveles de sodio y potasio son peligrosos. Pasa allí la noche reponiéndose y al día siguiente, hecha unas castañuelas, sólo piensa en desayunar. A pesar de que ha adelgazado hasta bajar a la talla 36, su apetito se ha vuelto caprichoso. Y pena también porque la baja de defensas que le provoca la quimio la impide ver a sus nietos por temor a los contagios.
Y la silla de ruedas sigue por casa y en ocasiones camino del mercado de Barceló como divisa de su enfermedad y báculo de seguridad.