Nepal, monumento al Coco.

Monumento al Coco, en NepalGustavo Morales

Crónicas castizas

Nepal a contrapelo

Un director de hotel en el Himalaya justificaba ante sus huéspedes la presencia de ratas asegurando que se trataba de «hámsteres del Himalaya». La explicación funcionaba a la perfección

Hay países en los que uno se siente extranjero. Y luego está Nepal, donde uno puede llegar a sospechar que es directamente un error administrativo.

La cosa empezó en Katmandú, al pie de una de esas estupas gigantescas alrededor de las cuales gira medio mundo. Literalmente. Miles de personas caminaban en el mismo sentido, como obedeciendo una coreografía universal ensayada durante siglos. Mientras avanzaban, hacían girar unos cilindros metálicos repletos de oraciones. Cada vuelta suma plegarias. Cada giro acerca un poco más al creyente a vaya usted a saber qué perfección espiritual.

Como suelo desconfiar de los movimientos de masas, decidí caminar en sentido contrario.

Al principio me observaron con extrañeza. Después comenzaron a hablarme. Más tarde a gritarme. Finalmente a increparme con visible indignación. No entendía una palabra de nepalí, pero el lenguaje corporal es una lengua franca. Debían de pensar que estaba acelerando el Apocalipsis o retrasando varios siglos la reencarnación colectiva del vecindario.

La aventura terminó cuando varios fieles decidieron detener físicamente aquella herejía ambulante que avanzaba a contracorriente. No llegué a comprender el alcance exacto de mi delito, pero sospecho que, durante unos minutos, fui considerado una amenaza para el equilibrio cósmico.

Katmandú tiene además otra especialidad: la creatividad comercial.

Un joven se acercó a mí con semblante afligido. Su relato cambiaba ligeramente cada pocos minutos. A veces era su esposa, otras su hermana, quien acababa de dar a luz. Lo único permanente era la necesidad urgente de leche maternizada para el bebé. Conmovido por la posibilidad de que al menos un recién nacido existiera realmente en toda aquella historia, terminé comprando un enorme bote de leche en polvo en un supermercado.

Uno siempre se queda con la duda.

¿Había alimentado a un niño o contribuido al sostenimiento de una pequeña industria local del sentimentalismo?

La respuesta me la dio Betsy.

Así se hacía llamar una guía local que hablaba un español excelente gracias a sus estudios en la Universidad Complutense. Según me contó, tuvo que abandonar Madrid por culpa del feroz acoso masculino que sufría por parte de sus compañeros. La explicación me dejó tan desconcertado como su aspecto. Betsy poseía una expresividad áspera, una simpatía de difícil acceso y un rostro que parecía haber sido dibujado por Picasso durante una tormenta. Decidí no profundizar en el asunto.

Fue ella quien me explicó el mecanismo de la supuesta estafa. El joven volvería a la tienda, devolvería el bote y recuperaría el dinero, al menos gran parte. Todos contentos, salvo el turista filantrópico que financia involuntariamente la operación.

Antes de viajar al techo del mundo había leído un libro delicioso de un director de hotel en el Himalaya que justificaba ante sus huéspedes la presencia de ratas asegurando que se trataba de «hámsteres del Himalaya». La explicación funcionaba a la perfección. Los viajeros occidentales son capaces de aceptar cualquier disparate si viene envuelto en exotismo y acompañado de una sonrisa oriental.

Recordé aquella lectura al entrar en mi habitación de Katmandú.

No vi ratas. Vi algo más difícil de clasificar. Bichos improbables, de formas inéditas para la zoología europea, que parecían haber acudido al cuarto buscando calor humano o quizá simple curiosidad antropológica. Me observaban con la misma mezcla de recelo y sorpresa con que yo los observaba a ellos.

Afortunadamente, Nepal también ofrece recompensas.

Una avioneta nos llevó hasta Pokhara, donde el paisaje parece inventado por un publicista particularmente inspirado. Nos alojamos en un magnífico resort junto al lago. Desde la terraza se contemplaba una paz tan perfecta que resultaba sospechosa.

En medio de aquella calma ocurrió una de esas escenas que ningún guionista se atrevería a escribir por parecer poco creíble. Varios japoneses que remaban por el lago detuvieron sus embarcaciones a mitad de la travesía para contemplar atentamente a mi hija. La observaban con una fascinación casi científica, como si acabaran de descubrir una nueva especie especialmente rara en aquellas latitudes.

Ella, naturalmente, disfrutó de la atención con la serenidad de las estrellas de cine.

Los demás intentamos comportarnos como si aquello fuera completamente normal.

La gran cita con el Himalaya llegó al amanecer. Nos levantamos a las cinco de la mañana para contemplar el Annapurna. Los viajeros siempre están dispuestos a madrugar cuando existe la promesa de una montaña legendaria al final del sacrificio.

Y allí apareció. Majestuoso. Inmenso. Imposible.

Durante exactamente tres minutos.

Después, una inmensa cortina de niebla cayó sobre las cumbres y borró el espectáculo. El blanco luminoso de las montañas desapareció bajo un gris compacto que parecía cerrar el telón de una representación demasiado breve.

Quizá sea ésa una de las lecciones de Nepal. Cuando uno cree haber llegado hasta el fin del mundo para contemplar una certeza, la montaña apenas se deja ver unos instantes y vuelve a esconderse.

Lo suficiente para que el viaje merezca la pena.

Y lo bastante poco para que uno desee regresar.

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