Bolsas de basura colgadas de árboles en MalasañaMade with Google AI

Crónicas castizas

El árbol de la mierda

Petri consideraba que bajar la basura era una actividad fatigosa de una persona de su edad. Así que, en lugar de descender los tres pisos que la separaban de los cubos municipales, optó por un procedimiento más innovador: arrojar la bolsa por la ventana y confiar en la misericordia de la gravedad

En el piso de arriba vive hoy un inglés notorio. Antes vivió otro inglés menos célebre y bastante más dado a interpretar la convivencia vecinal como una sugerencia orientativa. Pero la verdadera historia nos lleva unos años atrás, cuando aquel piso estaba ocupado por dos mujeres que parecían salidas de una novela de Galdós: la señora y Petri, su criada.

Las dos pertenecían a esa aristocracia parroquial que durante décadas gobernó en silencio las naves de la iglesia de San Ildefonso. Llegaban antes que el cura, ocupaban siempre el mismo banco y sabían más vidas y milagros del barrio que el párroco, el sereno y el kiosquero juntos. Eran de aquellas viejas madrileñas que acudían a misa con tanta puntualidad que uno sospechaba que, si sonaba la trompeta del Juicio Final, serían ellas quienes abrieran la iglesia.

La señora murió, como suele hacer la gente cuando alcanza cierta edad. Y el piso y su contenido quedó para Petri, o eso dedujimos todos. Nunca vimos papel alguno y, francamente, tampoco nos quitaba el sueño. Lo cierto es que la antigua criada siguió viviendo allí, siguió yendo a misa y, curiosamente, empezó a vestir bastante mejor que cuando servía, aunque la ropa le venía holgada pues tenía hechuras de Quijote. Hay ascensos sociales que nacen en la universidad y otros que los administra directamente la Providencia.

Petri tenía dos pasiones.

La primera era la música a todo volumen los sábados por la mañana temprano. No música para acompañar el desayuno, sino para despertarlo. Abría las ventanas al patio de vecinos y lanzaba coplas, pasodobles o lo que tocara aquel día con un entusiasmo evangelizador. Las paredes temblaban, las tazas vibraban y más de un vecino acababa desayunando al ritmo que decidía la señora. El vecino que ocupa ahora su piso toca el piano el mismo día a las mismas horas. Cosa de los espíritus.

La segunda afición era mucho más original.

Petri consideraba que bajar la basura era una actividad fatigosa de una persona de su edad. Así que, en lugar de descender los tres pisos que la separaban de los cubos municipales, optó por un procedimiento más innovador: arrojar la bolsa por la ventana y confiar en la misericordia de la gravedad.

Unas veces no acertaba. Otras tampoco.

En una de esas jornadas de atletismo doméstico, una bolsa quedó atrapada en las ramas de un joven árbol de la calle. Allí permaneció durante semanas, ondeando sobre la acera como una bandera de la cochambre. Poco a poco el plástico fue desgarrándose y exponiendo su contenido a la contemplación pública. Cáscaras, envases, desperdicios y misterios varios colgaban del árbol con la solemnidad de los adornos en los escaparates.

Aquello era tan grotesco que acabó formando parte del paisaje como las pintadas con las firmas de los arrogantes grafiteros imbuidos de presuntos artistas . Los vecinos ya ni lo comentaban. Pasaban por debajo como quien pasa ante una estatua.

Harto del espectáculo, pregunté una mañana a un barrendero si pensaban retirar aquella inmundicia arbórea.

El hombre me miró con la tranquilidad burocrática de quien conoce perfectamente los límites de su jurisdicción.

—Yo limpio la calle, el suelo.

—¿Y eso?

—Eso está en el árbol.

La respuesta era impecable. También profundamente funcionarial.

Me faltó tiempo para agarrar el escobillón que llevaba y descargar un golpe seco sobre las ramas. La bolsa cayó al suelo reventando hedionda.

El probo barrendero la miró. Miró el pavimento. Y se puso a recogerla.

La Administración había recuperado oficialmente la competencia sobre el asunto.

Para el árbol, sin embargo, ya era tarde. Entre lixiviados, porquerías y castigos varios, el pobre acabó secándose. Murió en acto de servicio. Nadie le puso placa ni corona. El Ayuntamiento lo sustituyó por un bolardo metálico, especie vegetal mucho más resistente y que desde entonces ha dedicado su existencia a golpear espinillas de peatones distraídos.

La historia tuvo un final relativamente feliz. Alguien debió llamar la atención a Petri, porque abandonó los lanzamientos aéreos. Ya no practicaba el tiro parabólico con desperdicios. Desde entonces dejaba la bolsa junto a la puerta de su piso.

No era exactamente una victoria de la higiene.

Simplemente había externalizado el problema.

Cualquier vecino que bajara las escaleras terminaba cargando con la bolsa hasta el contenedor. Así funcionaba el sistema: Petri generaba la basura, la iniciativa privada prestaba el servicio y el Ayuntamiento recogía los resultados.

Y así, casi sin proponérselo, los vecinos se convirtieron en improvisados auxiliares del servicio de recogida.

Madrid tiene esas cosas. Donde fallan los reglamentos, las ordenanzas y el sentido común, suele aparecer un vecino dispuesto a resolver el problema. A veces con talento. Y otras, como en el caso del árbol de la basura, con un golpe certero de escobillón.

Una perfecta síntesis de la vida moderna.

Y así desapareció aquel árbol, víctima inocente de una mezcla muy castiza de pereza, resignación vecinal y competencias administrativas. Porque Madrid ha visto caer imperios, derribar palacios y desaparecer tranvías, pero pocas veces contempló algo tan castizo como un árbol asesinado por una bolsa de basura lanzada desde un tercer piso con la misma fe con que otros apuestan a la lotería.