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Crónicas castizas

La conquista del Sol

La operación comenzó con una estrategia tan sencilla como eficaz. Se produjeron varios asaltos cuidadosamente dirigidos contra el propio local. Las visitas no tenían nada de espontáneas. Servían para lanzar un mensaje inequívoco a la parroquia habitual de indeseables que había convertido el establecimiento en su morada y cuartel general

El Sol también sale para los valientes.

Hubo un tiempo en que la sala El Sol se parecía más a un saloon de frontera del Oeste americano que a uno de los templos musicales que hoy figuran en la memoria sentimental de Madrid. Aquel local de la calle Jardines, a un tiro de piedra de la Gran Vía, vivía tiempos oscuros. La Movida madrileña llenaba periódicos, portadas y conversaciones, pero en torno a la sala campaban a sus anchas personajes menos fotogénicos que los músicos y artistas que luego ocuparían las páginas de los suplementos culturales.

Por allí se daban cita busconas de guardia permanente, camellos de medio pelo, buscavidas profesionales, carteristas ocasionales y toda la fauna nocturna que florecía en el centro de Madrid cuando la democracia todavía se estaba desperezando y la ciudad vivía entre la resaca de la Transición y el amanecer de los nuevos tiempos.

El propietario contemplaba con desesperación cómo el negocio se le escapaba de las manos. Los clientes normales comenzaban a huir. Los conciertos se vaciaban. Las broncas eran rutina y el ambiente amenazaba con convertir el local en territorio perdido. La ruina, como una nube negra, se acercaba con paso firme.

Fue entonces cuando decidió recurrir a una solución tan castiza como expeditiva. Contrató a algunos de los miembros de una de las bandas más temidas de aquellos años: Primera Línea. Los muchachos no eran precisamente monaguillos de parroquia ni estudiantes aplicados de Filosofía y Letras. Pero tenían una cualidad muy apreciada en el Madrid canalla de la época: sabían sembrar el miedo e imponer respeto.

La operación comenzó con una estrategia tan sencilla como eficaz. Se produjeron varios asaltos cuidadosamente dirigidos contra el propio local. Las visitas no tenían nada de espontáneas. Servían para dejar un recado inequívoco a la parroquia habitual de indeseables que había convertido el establecimiento en su morada y cuartel general. El lenguaje utilizado no requería interpretación académica alguna: algún palo bien administrado, un puñado de chichones y un surtido variado de bofetadas pedagógicas bastaban para explicar quién empezaba a regir allí.

Hubo que emplearse a fondo. Los ocupantes habituales del territorio no estaban dispuestos a abandonar tan fácilmente un paraíso donde podían trapichear, consumir o simplemente matar sus horas de asueto, que eran todas, sin demasiadas molestias. Pero la persistencia de aquellos nuevos custodios terminó dando resultado.

El éxito fue tan rotundo que el dueño decidió ir más allá. En lugar de contratar seguratas convencionales, colocó a varios de aquellos veteranos de la noche madrileña como cancerberos permanentes de la puerta. Nadie entraba sin su visto bueno. Nadie montaba gresca impune sin consecuencias. Nadie confundía ya la sala con un vertedero humano donde el lumpenproletariado más agresivo pudiera instalarse a sus anchas.

Poco a poco la situación cambió. Los ingresos regresaron. Los conciertos comenzaron a llenarse. Los músicos podían tocar y ganarse la vida sin perderla, sin temer que la actuación terminara a botellazos o navajazos. Los clientes recuperaron la costumbre de acudir para escuchar música en lugar de practicar ejercicios de supervivencia urbana.

Con el tiempo llegaron figuras legendarias de aquella peculiar guardia pretoriana. Entre ellas al final destacaba el célebre «Siniestro», acompañado de su hermano, personajes que acabarían convirtiéndose en piezas fundamentales del nuevo orden establecido. Bajo su vigilancia, la sala dejó atrás sus años más turbulentos y conoció una etapa de prosperidad desconocida hasta entonces.

Madrid era así. Mucho antes de los planes estratégicos, los protocolos de seguridad privada, los informes de riesgos y las consultoras especializadas, algunos problemas se resolvían con métodos más directos. Puede escandalizar a las almas melindrosas de hoy, pero aquella pequeña reconquista nocturna permitió salvar uno de los locales más emblemáticos de la ciudad.

Y así fue como El Sol volvió a salir cada noche sobre Madrid. No gracias a subvenciones ni a campañas institucionales, sino porque su dueño comprendió que, antes de programar conciertos y vender copas, debía reconquistar el territorio. Para ello contrató a la mesnada necesaria.

Los resultados, al menos en términos empresariales, no pudieron ser mejores. Mientras los acordes resonaban en el escenario y los grupos comenzaban a cobrar dignamente por sus actuaciones, el viejo saloon de frontera se transformaba lentamente en uno de los santuarios musicales de la capital.

A veces, para que vuelva la música, primero hay que expulsar el ruido.

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