29 de septiembre de 2022

A través de esos cotidianos e inapreciables gestos gastronómicos pueden mostrar y demostrar multitud de aspectos

A través de esos cotidianos e inapreciables gestos gastronómicos pueden mostrar y demostrar multitud de aspectosGTRES

Gastronomía

El papel de las monarquías en la promoción del patrimonio gastronómico

Detrás hay historia, hay cultura, hay un proceso civilizador que nos ha traído hasta aquí y no a otro sitio

A vueltas con el cambio de Rey en Inglaterra, se ha abierto la veda a un enorme vendaval de gustos, inclinaciones, cotilleos y aspectos variopintos vinculados con la monarquía inglesa. Que si uno tiene un mal gesto, que si a otra le gustan los chocolates, que si los proveedores reales… hay gustos y preguntas para todos.
Es normal, y hasta bueno, que haya debate en la calle, que a todos nos importe cómo son y quienes ostentan las Jefaturas de Estado de las monarquías europeas. Aunque la mayor parte de las noticias que nos llegan sobre ellos son intrascendentes, y otras tantas están magnificadas.
Los miembros de las familias reales tienen muy poco margen de acción en la política, en realidad, nulo, para ser honestos. Pero pueden y deben manifestarse de todas las formas que les sea posible a favor de su país, ya lo hacen representándolo, en las intervenciones que tienen en organismos internacionales e incluso a través de los medios de comunicación, cuando les es posible. Pero además de la comunicación a través de canales establecidos, disponen de otras opciones, desde luego, algunas son sutiles y elegantes, no comprometen, pero sí respaldan y ayudan. Por ejemplo, la blusa que utilizó la reina Letizia casi al comienzo de la guerra de Ucrania, en obvio repudio al conflicto. Aunque quién conoce y domina fabulosamente el lenguaje de la moda es la especialista en esta industria y colaboradora de este diario, María Luisa Funes.
Comer no es algo anodino, es importante, lo hacemos cada día, varias veces al día a ser posible, a lo largo de toda la vida. También los reyes se alimentan, como todos los seres humanos. Y a través de esos cotidianos e inapreciables gestos sí pueden mostrar y demostrar multitud de aspectos. Hemos visto cómo Isabel II era adicta a innumerables tradiciones de su país, desde la ceremonia del té hasta los productos que consumía en él, y que iban desde una marca británica (Twinings) hasta los famosos scones y sándwiches.
El nuevo Rey Carlos III también tiene sus gustos. Y es un animoso defensor de los productos de cercanía y ecológicos. Hasta desarrolló una marca de productos orgánicos en 1990, Duchy Originals, que terminó traspasando a una multinacional. Hoy, esta marca vende desde huevos a mermeladas, de leche a verduras, bajo el nombre Waitrose Duchy Organic con un primoroso empaquetado.
Nuestra monarquía hace un papel muy importante en este sentido, pero aún tiene margen para jugar más fuerte, apostando por marcas, platos y tradiciones españolas. Los hemos visto comer en una preciosa vajilla de San Claudio, en un guiño a Asturias, aunque de aquel famoso menú, mejor no hablar. Quizás sea un ejercicio de responsabilidad para todos mantener esa fracción de la dieta mediterránea que es la tradición española en la mesa. Don Juan Carlos, por ejemplo, era un famoso amante de la cocina castiza de Lucio, famoso mesonero por los célebres huevos estrellados.
El jamón y la caña de lomo, los aceites de oliva virgen extra, los vinos y vinagres de Montilla y Jerez, Rioja o Ribera del Duero, el gazpacho y el cocido, la paella y las tapas, las papas arrugás y el cochinillo asado… la gastronomía tradicional española, por la que se reconoce y admira a España en todo el mundo es parte de todos y es responsabilidad, igualmente, de todos, que permanezca y se mantenga viva. Y también lo son las viejas y maravillosas tradiciones, como el popular aperitivo. Que, entre nosotros, le lleva infinita ventaja a la ceremonia del té en diversión, variedad, chispa y sociabilidad.
No me negarán que no leen muchos artículos que animen a coger la calle o a preparar un buen aperitivo en casa. Cualquier lugar es bueno para ello. Y toda compañía, porque en el aperitivo se distienden los humores, todo se relaja e incluso son la oportunidad para afianzar relaciones y hasta hacer negocios.
Las modestas albóndigas, el inolvidable pepito de ternera, las patatas riojana, el flamenquín o el salmorejo cordobés son parte de esa herencia recibida. Si Isabel II hubiera conocido alguno de estos platos de primera mano y le juraran (claro que tendría que haber sido muy crédula) que aquel plato era el más antiguo de Escocia, lo habría comido de inmediato. Y habría tratado de que se supiera que defendía ese patrimonio cultural. Pero dejamos a un lado que detrás de la alimentación también hay riqueza agrícola, industria de transformación, distribución, logística y ventas. Que dan de comer a infinidad de familias españolas y promueven nuestra economía.
La alimentación es mucho más que el bocado que engullimos deprisa y corriendo porque no llegamos a tiempo a ningún lugar. Detrás hay historia, hay cultura, hay un proceso civilizador que nos ha traído hasta aquí y no a otro sitio. Y hay una industria muy importante, porque España ha hecho muy bien sus deberes en esta materia, y nuestros productos son reconocidos por su calidad en toda Europa.
Esa tarea de defensa del patrimonio alimentario español es responsabilidad de todos, y un Jefe de Estado crea tendencia apoyando a estos sectores, como hemos visto. Su papel tiene una gran relevancia. Y, donde va a parar, no me negarán que donde esté una suculenta fabada asturiana, unas lentejas a la madrileña o una empanada de zamburiñas, que se quiten los sándwiches de pepino y el porridge. Que no es un esfuerzo duro. Seamos serios.
Comentarios
tracking