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Soberanía alimentaria

Por qué ninguna civilización ha sobrevivido sin soberanía alimentaria

Cuando una sociedad pierde el control sobre la producción, el abastecimiento y la distribución de alimentación, se sumerge en una zona de extrema fragilidad

La historia ofrece pocas leyes que resulten verdaderamente universales. Sin embargo, haremos una excepción que está vinculada con la alimentación, ya que una de esas leyes es esta: ninguna civilización ha sobrevivido sin asegurar el control de su propio alimento. Admitamos que tras esta afirmación no hay ninguna consigna ideológica, y que tampoco se trata de una conclusión oportunista. Sencillamente, hace referencia a una constatación histórica que ha sobrevivido a todos los cotejos a través no solo del tiempo, sino de las diferentes civilizaciones.

Una civilización puede soportar derrotas militares, crisis económicas o pérdidas territoriales; incluso sufrir bruscos vaivenes políticos, culturales y religiosos e incluso desastres naturales. Y es posible sobrevivir a la inestabilidad. Sin embargo, cuando una sociedad pierde el control sobre la producción, el abastecimiento y la distribución de alimentación, se sumerge en una zona de extrema fragilidad. Un conflicto que comienza con una fase de dependencia capaz de erosionar su autonomía, su estabilidad e incluso de amenazar su existencia como civilización.

La soberanía alimentaria es una nominación moderna, pero un concepto antiquísimo. Tan antiguo como las primitivas organizaciones sociales humanas. Las sociedades preagrícolas y los imperios agrícolas tuvieron la consciencia absoluta de la importancia de alimentar a sus poblaciones, y de que esta cuestión era estructural y no secundaria. Egipto lo supo y construyó silos; Mesopotamia lo supo y construyó edificios para el almacenaje; Roma lo supo y construyó la paz social gracias a buenos suministros que mantenían al conjunto de la población bien alimentada. En todos aquellos imperios o culturas en los que se controlaron la tierra, el agua y se dominaron los ciclos agrícolas, se obtuvo a cambio estabilidad. En aquellos donde no existía esta prevención, la vulnerabilidad alimentaria se convirtió en la palanca de su caída, como fue el colapso de la cultura maya de época clásica, que en una época de crisis sociales y medioambientales no fue capaz de adaptarse a otras fórmulas alimentarias; el muy expresivo caso de los hititas, en la península de Anatolia, que fueron incapaces de crear una base agraria sólida y, ante sequías y conflictos, no sobrevivieron. E incluso con anterioridad a ambos ejemplos, la cultura Harappa, en el Indo, padeció un grave declive urbano debido a que las sequías fluviales les obligaron a desplazarse y a derivar hacia sistemas sociales más sencillos.

Por eso, la dependencia exterior nunca ha sido una solución sólida. Las civilizaciones que delegaron su alimentación en manos de terceros quedaron expuestas a bloqueos, a interrupciones y a presiones políticas. Además de un caso que nos es bien conocido en la actualidad, la cuestión de los simples fallos logísticos. La historia demuestra que quien no controla su alimento acaba siendo controlado, dejando al descubierto su fragilidad y su vulnerabilidad.

Se ha difundido una falsa seguridad sobre la estabilidad de la globalización. Es una idea peligrosa que ha conducido a la confianza en que esta nos garantizará un abastecimiento permanente. En cualquier caso, es evidente que renunciar a la producción autóctona en nombre de la rentabilidad para algunos es una pesada cadena que hipotecará la estabilidad duradera y la seguridad. Las cadenas de suministro largas no siempre son de una seguridad constante, y sus fallos dejan expuesta la fragilidad extrema del Estado que haya confiado en ellas.

Y con esto no promovemos ni el aislamiento ni la autarquía absoluta. La soberanía alimentaria implica algo tremendamente razonable: conquistar la capacidad interna en medida suficiente para no depender de otros en lo esencial. Y esto significa la protección del mundo rural, ganadero y agrícola, también del pesquero, además del impulso activo al tejido productivo. Con la certeza absoluta de que los alimentos son bienes estratégicos y no una mercancía cualquiera, porque la alimentación presenta carácter estructural.

Todas las civilizaciones que ignoraron esta realidad terminaron pagando un precio muy alto. Algunas lo hicieron de forma lenta, a través del empobrecimiento progresivo; otras, de manera abrupta, mediante colapsos rápidos. Pero ninguna escapó a la lógica histórica de un ciclo al que no somos ajenos en este embravecido siglo XXI.

Creer que nuestra época es una excepción no es señal de progreso, sino de amnesia histórica. La soberanía alimentaria no pertenece al pasado: es una condición necesaria para cualquier futuro viable, y no hablo de horizontes lejanos, sino de un tiempo que ya ha comenzado, una época de oscuras incertidumbres que amenazan nuestra estabilidad.

La historia no se repite, pero apremia. Y casi siempre lo hace por el mismo lugar: el alimento.