Sion y sus fortalezas enfrentadas en el cantón de Valais (Suiza)
Sion, una de las ciudades más antiguas de Suiza con dos fortalezas medievales enfrentadas
Su historia arranca hace unos siete mil años y su ubicación es reconocible e inolvidable; entre dos colinas coronadas por sendas fortalezas
Es una de las ciudades más antiguas de Suiza, regada por el Ródano a su paso por el cantón del Valais. Presume de ser una de las localidades más soleadas del país, con cerca de 300 días de sol al año, y dibuja una silueta inconfundible gracias a sus dos colinas gemelas y enfrentadas: una coronada por las ruinas del castillo de Tourbillon; la otra, por la basílica fortificada de Valère.
Sion presume de ser una de las localidades más soleadas de Suiza y de Europa, con cerca de 300 días de sol al año
La historia de Sion, la capital del Valais, arranca hacia el 5000 a.C. con los primeros asentamientos neolíticos de los que aún perduran los menhires de Petit-Chasseur y una de las necrópolis celtas más importantes de Suiza. Sus vestigios romanos y medievales han ido moldeando una ciudad única, raro ejemplo de ocupación casi ininterrumpida en el corazón de los Alpes.
Ciudadela amurallada
Subida a la basílica de Valère
Dos colinas, gemelas y enfrentadas, sirven para materializar el poder religioso de los príncipes-obispos que dominaron la ciudad desde la Edad Media y durante siglos. Fue a finales del siglo XII cuando en una de ellas comienza a levantarse la basílica fortificada de Valère, una auténtica ciudadela amurallada concebida para proteger a la comunidad de canónigos en un territorio marcado por disputas locales y la presión de la vecina Saboya.
Calle medieval de la fortaleza de Valère
Durante siglos fue el centro espiritual, defensivo y administrativo del poder eclesiástico que regía la ciudad, y hoy, muy bien conservada, aún preserva esa dualidad entre basílica y fortaleza. Destaca el órgano del siglo XV, uno de los más antiguos del mundo que aún puede tocarse. En las antiguas casas de los canónigos se ha instalado el Musée d’histoire du Valais, un interesante recorrido por la historia del cantón desde la prehistoria. El museo reúne más de mil piezas, desde útiles de caza paleolíticos hasta una sección dedicada a la Edad del Hierro, cuando el Valais fue ocupado por pueblos celtas, pasando por el auge del poder eclesiástico en la Edad Media, su declive, la etapa napoleónica y la integración del Valais en la Suiza moderna. A la basílica se accede caminando desde el casco viejo de Sion, sin prisa y con pausas para admirar el paisaje alpino que se abre en la ascensión.
Vista aérea de la basílica de Valère y paisaje urbano de Sion
Más de un siglo después, el obispo Boniface de Challant levantó el castillo de Tourbillon en la colina opuesta, a la que también se accede caminando. Buscaba reafirmar su autoridad y controlar el valle del Ródano, por lo que instaló aquí su residencia episcopal como símbolo inequívoco de poder. Fue devastado por un incendio en 1788, pero su silueta en ruinas no le resta imponencia. Cuentan que, al caer la noche, resuenan ecos de almas que nunca abandonaron el castillo, lamentos que parecen negarse a que su pasado se apague. Ambas construcciones marcan la silueta de Sion y definen su larga historia.
Paseo por el casco antiguo
Calle principal de la ciudad de Sion, en Suiza
El casco viejo de la capital del Valais dibuja un perfecto abanico que se abre hacia las colinas. Sus callejuelas estrechas de trazado irregular colocan al paseante en su huella medieval, articuladas en torno a la arteria peatonal de la Rue du Grand-Pont. Piedra y madera juegan en una arquitectura que se balancea con armonía entre siglos de historia, dando carácter a palacetes, plazas y comercios.
Calle de Sion
Del siglo XV es la catedral de Notre-Dame-du-Glarier, levantada sobre templos anteriores. Integrada en el casco antiguo, no busca destacar desde la altura: la fe se vivía a pie de calle, mientras que la autoridad dominaba desde arriba. Su sobria fachada contrasta con un interior luminoso, reflejo de su importancia histórica como sede episcopal. Muy cerca, la torre defensiva de las Brujas (Tour des Sorciers) se alza como uno de los vestigios más reconocibles de las murallas medievales. Su nombre hace alusión a que allí se encerraba a los acusados de brujería entre los siglos XV y XVII. Si finalmente eran sentenciados como culpables, morían en la hoguera. El Valais fue de las primeras regiones europeas donde hay constancia documentada de caza de brujas sistemática.
Castillo de Tournillon
El entramado medieval se consolida con la torre del castillo de la Majorie, primera residencia episcopal del siglo XIII y que alberga el Museo del Arte, así como con la torre des Chiens, vestigio del sistema defensivo de la ciudad. El Museo de la Naturaleza del Valais, en la Grange-à-l’Évêque, antiguas dependencias episcopales, completa el conjunto museístico de la villa.
Torre des Chiens
El paseo por la vieja Sion incluye el Ayuntamiento, de origen medieval, y las sucesivas casas señoriales con blasones incluidos, pequeñas y encantadoras plazas, fuentes, bucólicos rincones, terrazas y comercios locales que refuerzan la idea de estar en una ciudad histórica, coherente y llena de vida.
Zona de vinos
Viñedos de Sion
Sus alrededores no desmerecen para los amantes de la naturaleza y el senderismo. Enmarcada por viñedos sobre terrazas que trepan por las laderas del valle y con las siluetas alpinas como telón de fondo, el entorno paisajístico es excepcional. Nos encontramos en el corazón vitivinícola más importante de Suiza. Entre sus vinos destacan el Fendant, el blanco más emblemático, elaborado con uva Chasselas, y variedades autóctonas como la Petite Arvine o la Cornalin, que reflejan el carácter y la tradición del Valais.
No deberíamos abandonar este paraje singular sin subir hasta el Lago de Mont d’Orge, que sorprenderá con su majestuosa panorámica de Sion, las nítidas colinas de Valère y Tourbillon, sus desafiantes viñedos y tranquilos senderos. Ni sin navegar en silencio por el mayor lago subterráneo navegable de Europa, el de Saint-Léonard, abierto de marzo a noviembre. Bajo tierra, con luz tenue y el suave balanceo de un agua acompasada por el remo, un recogimiento inesperado estimula el sentimiento de comprender un territorio sin artificio.