Reclamada por España en 1499 y ocupada más tarde por los Países Bajos, Curazao combina calas de agua cristalina con la colorida ciudad de Willemstad
Curazao, la isla mínima del Mundial con un hilo secreto hasta el Ritz de París
El fútbol ha puesto el foco en este territorio caribeño, que reúne playas de aguas cristalinas, naranjas llegadas con los españoles y una curiosa conexión con el rey de los hoteleros
Hasta hace unos días, muchos aficionados al fútbol no solo no habrían sabido situar Curazao en el mapa, seguramente ignoraban por completo su existencia. La aparición de su selección en el Mundial, sin embargo, ha convertido a esta pequeña isla del Caribe en una de esas historias con gancho que despiertan la simpatía de ese público con tendencia a ponerse del lado de David frente a Goliat. Tras resistir ante Ecuador con un empate histórico, celebrado con entusiasmo incluso por los reyes Guillermo y Máxima en el vestuario, Curazao vuelve hoy al escaparate frente a Costa de Marfil. Puede despedirse del torneo o seguir soñando, pero la isla ya ha conseguido algo inesperado: un lugar en el mapa.
Curazao no es un Estado independiente, sino un territorio autónomo dentro del Reino de los Países Bajos. Forma parte de las llamadas islas ABC, junto a Aruba y Bonaire, frente a la costa de Venezuela. Con una extensión similar a la Gomera y una población que ronda los 150.000 habitantes, tiene una identidad bastante más compleja de lo que sugiere sus imágenes de postal. Es caribeña, neerlandesa, latinoamericana por vecindad y profundamente mestiza por historia.
La primera sorpresa para el viajero es Willemstad, su capital, declarada Patrimonio Mundial por la Unesco. El centro histórico, desarrollado a partir del siglo XVII como enclave comercial neerlandés, es reconocible por sus fachadas de colores junto al agua, el puerto natural de Santa Ana y el puente flotante Queen Emma, que se abre para dejar pasar los barcos, en su mayoría cruceros que recorren esta zona del Caribe. Hay en esa arquitectura algo de Ámsterdam trasladado al trópico, aunque sería injusto reducir Curazao a una Holanda con palmeras. La isla tiene otra música, otra luz y otro idioma, el exótico papiamento, una lengua criolla con influencias del portugués, el español, el neerlandés, lenguas africanas y otras huellas caribeñas que sonarán hoy en Filadelfia.
Willemstad, capital de Curazao.
Curazao ofrece ciertas ventajas en el competitivo mapa turístico del Caribe. La primera es climática: está fuera del cinturón de los huracanes, lo que la convierte en una opción más estable que otras islas de la zona durante buena parte del año. La segunda es paisajística. Frente a la imagen habitual del Caribe húmedo y selvático, Curazao es una isla seca, rocosa, caliza y casi desértica, con cactus, árboles divi-divi y formaciones de piedra. Precisamente de ese contraste nace buena parte de su atractivo: una tierra árida y mineral que se abre, de pronto, a un mar de aguas extraordinariamente transparentes.
Ese choque entre sequedad y azul explica algunas de sus playas y calas más conocidas, como Kenepa, Cas Abao, Playa Lagun, Jan Thiel o Klein Curaçao, muy apreciadas para el baño, el snorkel y el buceo. Curazao resulta además más diversa y menos uniforme que Aruba, su hermana más asociada a grandes cadenas americanas, casinos, vida nocturna y turismo de resort. Aquí el viaje combina playa, ciudad histórica, cultura local y una identidad más compleja y auténtica.
Llegar desde España exige normalmente volar con escala en Ámsterdam, desde donde hay conexiones directas con Willemstad. Sin embargo, para la mayoría de los viajeros españoles Curazao aparece antes como escala de crucero que como destino final. La isla recibe barcos durante todo el año y su puerto está muy cerca del centro histórico, lo que permite entrar casi de inmediato en esa pequeña Ámsterdam caribeña de fachadas coloniales y puentes sobre el agua. En las rutas por el Caribe meridional la incluyen navieras como Regent Seven Seas, Silversea, Explora Journeys, Oceania o Holland America, esta última vinculada por razones históricas y sentimentales al antiguo mundo de las Antillas neerlandesas.
La conexión con España aparece en una historia botánica inesperada que suele situarse hacia 1527, cuando las primeras semillas de naranja llegaron a Curazao desde La Española. En aquel territorio seco y pedregoso, el clima hizo su trabajo y el fruto cambió. Aquellas naranjas derivaron con el tiempo en la laraha, una naranja amarga, casi incomible, cuya corteza seca resultó ser extraordinariamente aromática. De esa rareza nacida de un fracaso agrícola procede el famoso licor de curaçao.
Por esa vía, la isla tiene un hilo secreto hasta la gran hotelería europea. Cuando Louis-Alexandre Marnier creó en 1880 su licor de coñac y naranja amarga, lo llamó Curaçao Marnier, por el lugar de procedencia de los cítricos. Fue su amigo César Ritz, dando ya señales de su instinto prodigioso, quien le aconsejó cambiar el nombre. La historia refiere que le sugirió llamarlo Grand Marnier: si el licor era grande, también debía parecerlo desde el nombre. Aquella intuición contribuyó decisivamente a su éxito.
Cala de Curazao.
Años después, cuando Ritz se embarcó en la apertura de su propio hotel en París y sus socios ingleses le negaron el dinero necesario para comprar el lujoso palacete de la plaza Vendôme, donde todavía hoy se levanta el legendario hotel, fue precisamente Marnier-Lapostolle quien le prestó la suma que necesitaba. Lo hizo, según se cuenta, en reconocimiento al papel que el hotelero suizo, Auguste César Ritz, había tenido en el éxito y en la fortuna que le había dado aquel licor nacido como Curaçao Marnier, elaborado a partir de las naranjas amargas de Curazao, descendientes de aquellas que habían llegado con los españoles a ese rincón del Caribe. El Grand Marnier acabaría encontrando también un lugar en la gran repostería francesa, de los soufflés a los postres flambeados y las célebres crêpes Suzette.