En el majestuoso Palacio Real de Olite, convertido en Parador
Reabre el Parador que se esconde en el histórico palacio de los Reyes de Navarra
Tras casi veinte meses cerrado y una reforma integral, el Parador de Olite vuelve a la vida en el Palacio Viejo de los Teobaldos, donde una antigua fortaleza se convirtió en fastuosa corte medieval
Hay hoteles más lujosos, más nuevos, más espectaculares o más atentos a eso que ahora suele llamarse estilo de vida. Y luego hay otros que permiten atravesar una puerta y dormir, literalmente, dentro de la Historia con mayúsculas. El Parador de Olite, recién abierto tras casi veinte meses cerrado y una reforma integral pensada principalmente para mejorar el confort, pertenece a esta segunda categoría. El único Parador de Navarra vuelve a recibir viajeros en el Palacio Viejo de los Teobaldos, una de las piezas más antiguas del Palacio Real de los Reyes de Navarra y puerta de entrada a uno de los capítulos más fascinantes y menos conocidos de la Edad Media peninsular.
Olite no fue solo un castillo. Fue residencia real, escenario de juramentos, cortes, torneos, fiestas populares, intrigas dinásticas y una de las cortes más refinadas de su tiempo. Por sus estancias pasó una Navarra que miraba al norte, hacia Francia, Champaña y la cultura cortesana europea. Los Teobaldos venían precisamente de Champaña, y con ellos el viejo reino pirenaico quedó unido a un mundo más francés, más cortesano y más sofisticado. En 1307, Luis el Hutín juró allí los fueros del reino. Durante el siglo XIV, en torno al castillo y la villa convivieron francos, cristianos, moros y judíos, en una población mucho más compleja de lo que suele sugerir la imagen quieta de las piedras medievales.
El gran esplendor, sin embargo, llegó con Carlos III el Noble, rey de Navarra entre 1387 y 1425, un monarca pacífico, de gustos suntuarios, que transformó la vieja fortaleza en un palacio cortesano. Olite dejó entonces de ser solo un espacio defensivo para convertirse en una residencia fastuosa, pensada para la representación, el placer y la vida refinada. A la villa llegaron artistas, artesanos y maestros de distintos oficios que hicieron de aquel edificio sombrío uno de los conjuntos civiles más importantes de la Europa medieval.
La historia tiene algo de fantástica y lo cierto es que no necesita adornos. El palacio llegó a tener catorce o quince torres, cada una con su nombre, y tantas estancias como días tiene el año, según repetían las crónicas. En su interior hubo decoración mudéjar, azulejos en suelos y zócalos, yeserías, techos de madera labrada y policromada. También jardines suspendidos, instalados sobre la parte alta de los muros, y una leonera donde el rey mantenía animales para su recreo y para la caza.
La colección de fieras parece salida de una miniatura medieval: leones, jirafas, camellos, un lobo, osos, linces, puercoespines, un cisne y aves de presa para la cetrería. En el Palacio Nuevo, anexo al Parador, todavía se conserva el llamado Patio de la Pajarera, donde se guardaban las aves exóticas del rey bajo una gran red sostenida por tirantes de piedra.
A Olite llegaban príncipes y embajadores. Se celebraban cortes, torneos, audiciones musicales, juegos de bufones y juglares. También la fiesta del Rey de la Faba, una curiosa ceremonia vinculada a la Epifanía en la que se introducía un haba en un pastel o rosca, casi como antecedente de la sorpresa del roscón de Reyes. El niño al que le tocaba el haba era coronado simbólicamente y ejercía durante un día como rey, recibiendo presentes, mercedes y gracias de los monarcas verdaderos.
Después llegaron la decadencia, las disputas sucesorias y las figuras dolientes, entre ellas Carlos de Viana, nieto de Carlos III el Noble, heredero culto y desdichado, perseguido por su padre y por su madrastra hasta convertirse casi en símbolo de una Navarra rota. El palacio, nacido en buena parte de una mirada hacia Francia, acabaría siendo destruido siglos después precisamente por la guerra contra los franceses. En 1813, durante la Guerra de la Independencia, el general navarro Francisco Espoz y Mina ordenó incendiar el conjunto para evitar que las tropas napoleónicas pudieran fortificarse en él. Olite quedó en ruinas y muy poco sobrevivió de aquella sofisticación cortesana de torres, jardines, yeserías, techumbres policromadas y animales exóticos.
Décadas después comenzó el largo camino de recuperación del conjunto. La restauración monumental, impulsada en el siglo XX por la Diputación Foral de Navarra, fue devolviendo al palacio la silueta histórica que hoy reconocen los visitantes. El Parador abrió sus puertas en 1966 con apenas catorce habitaciones y durante años llevó el nombre de Príncipe de Viana. Acaba de regresar tras casi veinte meses de cierre. La reforma ha actuado sobre cubiertas, carpintería exterior, habitaciones y baños, con mejoras de confort y eficiencia energética, pero también con una intención clara de reforzar la monumentalidad de un edificio que no necesita recurrir a guionistas para competir con cualquier fantasía medieval. Le bastan los historiadores.