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Familia y EscuelaGloria Gallego-Jiménez*

Si solo pudieras hacer una cosa por la educación de tus hijos este trimestre, haz esta: pide una tutoría

Las familias necesitan experimentar que no están solas en la tarea educativa y «la tutoría crea un puente de confianza que permite compartir preocupaciones, aclarar incertidumbres y alinear expectativas», señala Gloria Gallego-Jiménez, directora del Departamento de Educación de la Universidad San Pablo CEU

Unos padres, junto a su hijo, durante una tutoríaGetty Images / iStock

En los debates educativos solemos centrar la atención en los currículos, en la innovación tecnológica o en los resultados académicos. Sin embargo, con frecuencia dejamos en un discreto segundo plano uno de los elementos que más profundamente configuran la vida real de los centros: la tutoría.

Acompañar a los estudiantes, a sus familias y también al propio profesorado es una tarea silenciosa, compleja y esencial, que rara vez ocupa titulares. Y, sin embargo, es ahí donde la educación revela su verdadero rostro.

Cuando la tutoría se ejerce con sentido, transforma la experiencia educativa; cuando se descuida, la escuela corre el riesgo de perder una de sus funciones más genuinamente humanas: la de acompañar a la persona.

La tutoría con el alumnado es, ante todo, un espacio de encuentro y de escucha. Permite mirar más allá de las calificaciones y comprender qué hay detrás de una bajada de rendimiento, de un conflicto persistente o de un silencio que interpela.

En un contexto en el que muchos jóvenes viven saturados de estímulos, pero a menudo escasos de sentido, contar con un adulto que conoce su nombre, su historia y sus inquietudes constituye una referencia decisiva.

En un contexto en el que muchos jóvenes viven saturados de estímulos, pero escasos de sentido, contar con un adulto que conoce su nombre, su historia y sus inquietudes constituye una referencia decisiva.

El tutor no sólo orienta en lo académico; ayuda, sobre todo, a integrar lo que se vive, a reconocer las propias capacidades y a descubrir que la vida tiene una dirección. Cuando esta relación se sostiene en el tiempo, se convierte en un verdadero factor de protección y de crecimiento interior.

También las familias necesitan experimentar que no están solas en la tarea educativa. La tutoría crea un puente de confianza que permite compartir preocupaciones, aclarar incertidumbres y alinear expectativas. No se trata únicamente de transmitir información, sino de construir una alianza basada en la corresponsabilidad.

En una sociedad plural, donde las familias afrontan desafíos inéditos y, en ocasiones, se sienten desorientadas, la presencia de un tutor que acompaña, orienta y sostiene adquiere un valor incalculable: somos conscientes que educar nunca ha sido una tarea individual, sino una obra compartida que exige diálogo, confianza y esperanza.

Existe, además, una dimensión del acompañamiento que con frecuencia permanece en la sombra: la del propio profesorado. El tutor no es solo quien orienta; es también quien sostiene, media, escucha y cuida. Esta responsabilidad exige madurez humana, equilibrio emocional y una profunda vocación de servicio.

Sin embargo, hay que matizar que sin la formación adecuada y sin tiempos reales para el encuentro, esta tarea corre el riesgo de diluirse en medio de la urgencia cotidiana.

La tutoría no es un elemento accesorio ni un mero complemento organizativo: es uno de sus núcleos más íntimos y fecundos.

Concebir la tutoría como una tarea secundaria equivale a desconocer su auténtica naturaleza y a empobrecer el sentido mismo de la educación. La tutoría no es un elemento accesorio ni un mero complemento organizativo: es uno de sus núcleos más íntimos y fecundos.

Es el lugar donde la persona deja de diluirse en la anonimidad de los datos y vuelve a ser reconocida en su irrepetible singularidad. Es el espacio privilegiado donde alguien se detiene, mira con hondura, escucha con atención sincera y sostiene con su confianza, incluso cuando el propio alumno ha comenzado a dudar de su valor y de su propio horizonte.

Cuidar la tutoría es, en el fondo, cuidar el corazón de la educación y con ello, cuidar al alumno, que busca su lugar en el mundo; a la familia, que necesita apoyo en su misión insustituible; y al docente, que ha sido llamado a algo más que transmitir contenidos ya que educar no consiste únicamente en enseñar, sino, sobre todo, es un acto de amor.

  • M. Gloria Gallego-Jiménez es directora del Departamento de Educación y profesora adjunta en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la Universidad San Pablo CEU.