La doctora en Psicología y máster en Neuropsicología Cognitiva
Elena Bernabéu, neuropsicóloga: «Los efectos negativos de las redes ya no se limitan a los adolescentes»
Esta doctora en Psicología explica que, tras una década con las redes sociales asentadas, cada vez es más común encontrar a adultos y familias con problemas derivados del uso de estas plataformas
Elena Bernabéu es doctora en Psicología, máster en Neuropsicología Cognitiva, profesora del Grado en Psicología de la Universidad Francisco de Vitoria, y lleva años investigado cómo el entorno digital afecta a la mente, el carácter y a las relaciones.
Y su conclusión es que, aunque el debate público suele centrarse en el impacto que tiene en la adolescencia, ya es posible ver en adultos las secuelas cognitivas y emocionales tras una década viviendo pegados al «scroll».
Además, avisa de que las familias no sólo son el lugar en el que este tipo de conductas afectan más: también son parte de la solución.
– Después de una década con las redes sociales asentadas en nuestros hogares, ¿qué efectos trascienden la época de la adolescencia y comienzan a impactar en los adultos?
– Efectivamente, tras más de una década con las redes sociales plenamente integradas en la vida cotidiana, empezamos a observar efectos negativos que no se limitan a la adolescencia, sino que también se extienden y, en algunos casos, se consolidan en la vida adulta.
Una de las secuelas más evidentes se sitúa en el plano cognitivo: sobre todo, dificultades para sostener la atención, junto con un incremento de la impulsividad. La exposición continuada a contenidos breves, cambiantes y altamente estimulantes favorece ese estilo de procesamiento más fragmentado, con menor tolerancia al aburrimiento y una mayor tendencia a la distracción. Y este patrón no solo afecta a la concentración, sino también a la forma de tomar decisiones: favorece respuestas más rápidas y menos reflexivas, y la menor capacidad de inhibir conductas automáticas o de posponer la gratificación. Y todo eso repercute de manera directa en el rendimiento académico o laboral, así como en la vida cotidiana. Este perfil comportamental encuentra, además, cierto correlato a nivel neurofuncional.
– Tradúzcame con algún ejemplo esta última frase, por favor…
– Diversos estudios han descrito diferencias entre jóvenes que usan de forma intensiva las redes sociales y aquellos con un consumo más moderado, especialmente en los circuitos relacionados con el control inhibitorio. En concreto, se han observado alteraciones en regiones del cerebro como la corteza cingulada anterior, que está implicada en la monitorización de la conducta y la regulación de la respuesta. Esta menor eficiencia en los sistemas de control, junto con una mayor reactividad a estímulos inmediatos, contribuye a que se consoliden patrones de uso más impulsivos y difíciles de autorregular.
– O sea, que cuanto más se usan las redes, más impulsividad y menor autorregulación. ¿Y algo más?
También se observa un patrón de búsqueda constante de la gratificación inmediata, que puede trasladarse a otros ámbitos: menor capacidad de espera, mayor impulsividad en la toma de decisiones, y dificultad para comprometerse con tareas que requieren esfuerzo sostenido. Esto se relaciona, a nivel cerebral, con una doble alteración del sistema de recompensa: por un lado, menor sensibilidad a recompensas habituales y, por otro, mayor reactividad ante estímulos asociados al uso de redes, lo que contribuye a reforzar los patrones de consumo y a dificultar su regulación.
En el plano emocional, destaca la dependencia de la validación externa. Aunque en la adolescencia esto es más visible, en adultos puede traducirse en una mayor sensibilidad a la opinión de los demás, comparación social constante y, en algunos casos, en una autoestima más inestable, condicionada por la exposición y la respuesta en entornos digitales.
– Todo esto, ¿está influyendo en las relaciones personales de adolescentes, jóvenes y adultos?
– Por supuesto. La alteración de las relaciones interpersonales es otro aspecto muy relevante. El aumento en las interacciones digitales no siempre implica mayor conexión real: puede favorecer vínculos más superficiales, dificultades en la comunicación cara a cara o una menor presencia atencional en las interacciones cotidianas.
En muchos casos, los patrones problemáticos con el uso de las redes pasan desapercibidos porque están socialmente normalizados
En muchos casos, estos patrones problemático pasan desapercibidos porque están socialmente normalizados. A diferencia de otras conductas problemáticas, no generan una alarma inmediata, y eso puede favorecer su cronificación y hacer más difícil tomar conciencia y regular su impacto a largo plazo.
– ¿Cómo impacta este problema en las familias?
– El impacto no se limita a quien usa las redes: termina atravesando la dinámica familiar en varios niveles. Puede aparecer un empobrecimiento de la comunicación, porque el tiempo compartido se fragmenta y disminuye la presencia real: conversaciones más superficiales, menor escucha y una sensación de «estar pero no estar», que empobrece el vínculo cotidiano.
Pueden aparecer nuevos conflictos: las discusiones en torno al uso del móvil (tiempos, normas, momentos inapropiados…) pueden convertirse en un foco recurrente de tensión. Cuando el uso es problemático, los intentos de control por parte de los padres pueden generar resistencia, ocultación o enfrentamiento, y eso hace más difícil el clima familiar. También se ven afectados ciertos hábitos (sueño irregular, uso del dispositivo durante las comidas o en momentos de descanso…) y puede haber una pérdida o descenso en la productividad (interferencias en el estudio o actividades extraescolares, por ejemplo).
En el plano emocional, puede aparecer una «distancia afectiva». Si el joven encuentra en el entorno digital su principal fuente de gratificación o de regulación emocional, es más probable que se retraiga de las interacciones familiares, y que reduzca los espacios de intimidad y apoyo mutuo. En este sentido, las familias pueden experimentar incertidumbre (no saber cuándo ni cómo intervenir) y sensación de falta de control (con la consiguiente sensación de culpa o desgaste).
– Y, a la vez, ¿cómo pueden las familias ponerle freno?
Desde la investigación sabemos que las estrategias basadas en la prohibición o en limitaciones muy rígidas no suelen dar buenos resultados, particularmente en adolescentes y jóvenes. En ocasiones, incluso pueden generar efectos indeseados, como una mayor desconexión social, rechazo a la norma o dificultades para desarrollar las competencias necesarias para moverse de forma adecuada en el mundo digital. Las prohibiciones estrictas o las restricciones excesivas en el uso de redes sociales no suelen ser eficaces, porque privan a los jóvenes de un entorno que para ellos tiene un importante valor social, sin ofrecer alternativas reales.
– ¿Entonces, qué salidas les quedan a los padres?
– Más que centrarnos únicamente en limitar, el verdadero reto está en educar en un uso saludable de la tecnología. Esto implica acompañar a los hijos en el desarrollo de habilidades de autorregulación y gestión emocional, ayudándoles a tomar conciencia de cómo les afecta lo que consumen y cómo interactúan en el entorno digital: qué les aporta bienestar y qué, por el contrario, les genera malestar o dependencia.
También es clave fomentar una mirada crítica sobre lo que ocurre en redes. Por ejemplo, ayudarles a comprender que la autoestima no puede depender de la validación online, o a diferenciar entre vínculos reales y formas más superficiales de aprobación. Del mismo modo, conviene trabajar con ellos estrategias para manejar situaciones difíciles: comentarios negativos, comparaciones constantes o dinámicas de presión social.
– Y esto, ¿cómo se aterriza en el día a día de las familias?
– A nivel práctico, resulta útil establecer acuerdos familiares claros y coherentes (más que normas impuestas), cuidar los tiempos y espacios sin pantallas (especialmente en momentos como las comidas o el descanso) y, sobre todo, ofrecer un modelo adulto coherente, porque el ejemplo tiene un peso decisivo en el comportamiento de nuestros hijos. Cuando el uso del móvil está normalizado entre los adultos, se consolida un modelo de relación mediado por pantallas.
En definitiva, no se trata de apartar a los jóvenes del entorno digital, sino de dotarles de herramientas para habitarlo de forma consciente, autónoma y saludable. El desafío como familias (y como sociedad) no es solo proteger, sino educar en un uso crítico y responsable, acompañando a los menores para que puedan desenvolverse en este entorno con criterio propio, sin quedar atrapados en sus dinámicas más problemáticas.
– Por último: ¿qué es lo que yo no he preguntado y es importante decir en este tema?
– Nuestras investigaciones en la UFV muestran que la cantidad de tiempo de uso, por sí sola, no se asocia de forma directa con un uso problemático o adictivo de las redes. Esto refuerza la idea de que no basta con medir cuánto tiempo pasan los jóvenes conectados, sino que es imprescindible comprender cómo y para qué utilizan estas plataformas.
Así que el foco, por tanto, no debería ponerse únicamente en el tiempo de uso, sino en la calidad de ese uso: qué contenidos consumen, cómo interactúan, qué papel ocupan las redes en su vida y qué impacto tienen en su bienestar emocional. Porque no es lo mismo un uso pasivo, centrado en la comparación o en la búsqueda constante de validación, que un uso más activo, creativo o relacional.