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Ángel Ubach

La pregunta que nunca debes hacer a tu hijo adolescente si quieres que te cuente sus cosas

El psicólogo escolar Ángel Ubach, autor de la novela El proyecto de Pablo (Alexia Editorial), explica cómo lograr que los adolescentes abran su intimidad a sus padres, sin interrogatorios estériles

Las preguntas directas cierran la conversación, explica el psicólogo y escritor Ángel UbachGetty Images / iStock

Llegas a casa y tus hijos ya no vienen a abrazarte: han crecido. Ahora están tumbados en el sofá enfrascados con el móvil, o en sus habitaciones, y aunque es tu casa, la puerta cerrada te dice, de alguna forma, que no eres del todo bienvenido. Ya ni te cuento cuando la abres y tras el saludo de rigor responden a tu pregunta de «¿qué tal?» con un tajante «bien».

No, no es que se haya vuelto hermético, ni haya secretismo, ni desinterés. Tampoco es que no sienta ni padezca, es que el cauce que le permitía contártelo ha cambiado. ¿Acaso no le preocupa cómo está con sus amigos, si le gustará a esa persona, lo que ve en la pantalla, sus emociones o sus suspensos? No… No es eso. Con sus amigos habla de todo. ¿Acaso le has fallado? No… Tampoco parece ser eso. No serás perfecto, claro que no, pero créeme: ni aun siéndolo te hablaría.

¿Qué está fallando, entonces? Mi experiencia con adolescentes me dice que el «¿cómo estás?» se vive como una pregunta inquisidora. Es una pregunta que pone a tu hijo o hija bajo el foco de la mesa de interrogatorios y que, por definición, genera resistencia.

No hace mucho me decía un alumno de bachillerato: «A mí pregúntame cosas concretas, déjate de 'cómo estás'». Este chico dio en el clavo: una pregunta concreta le demuestra que sabes algo de él y que quieres saber más; el «¿cómo estás?», en cambio, es tan amplio y difuso que no sabe si te refieres emocional, social, académica o familiarmente. Así que, por no pifiarla, mejor se calla. No… Eso no sirve. La observación de este alumno nos da media solución.

No hace mucho me decía un alumno de bachillerato: «A mí pregúntame cosas concretas, déjate de 'cómo estás'». Este chico dio en el clavo: una pregunta concreta le demuestra que sabes algo de él y que quieres saber más

Si la pregunta a bocajarro no sirve, habrá que dar un rodeo, la otra mitad de la solución. Hablar de otros es también una manera de educar. A tu hijo le será mucho más fácil opinar sobre el personaje de una serie, sobre ese famoso tan mediático o sobre tu inexistente amigo de la infancia Pepito –al que, casualmente, le pasaban cosas muy parecidas a las suyas–, que contarte cómo está.

Por eso son fundamentales las oportunidades de estar juntos: las cenas, los trayectos en coche, y el «anda, acompáñame a comprar, que hoy no me tengo en pie» (aunque estés fresco como una lechuga).

Y olvídate de ese momento idílico de «vamos, cariño, te invito a una Coca-Cola». Nada. Ni te lo plantees. A ver, que tu hijo se tomará la Coca-Cola, pero eso de abrirte su corazón mientras te mira a los ojos pasa en uno de cada diez mil casos. Y no creo que tú, papá-lector, seas esa excepción.

Recapitulemos: es esencial, pues, buscar momentos compartidos y no siempre cómodos –como cuando se te quema la comida y le da por charlar–, y hablar de otros.

La distancia con esa persona permitirá a tu hijo ser crítico con ella y mostrarte su visión de las cosas o, al contrario, reconocerse e identificarse con ella o con aquel personaje sin sentirse señalado.

Recuerdo una conversación en la que una alumna me contó todo su sufrimiento sin decirme jamás una palabra sobre sí misma, hablando solo de cómo se sentía «su amiga». Su cara y la mía reflejaban que ambos sabíamos que hacía rato que ya no hablábamos sobre fulanita; pero fue esa excusa cómplice la que le permitió abrirse como nunca.

Y aquí es cuando asoma el segundo error típico de padre, el que lo echa todo a perder: precipitarse. Es ese quemazón en el estómago, esa tentación que lleva a disparar: «¿Y a ti te pasa eso?» ¿Sabes lo que significa hacerlo? Querría decir, «bienvenida de nuevo a la mesa de interrogatorios, espero que el foco en la cara no te moleste demasiado». Adiós. Se cerró la puerta.

Déjale hablar de «su amiga» todo lo que necesite. Ya has abierto ese cauce, lo recorrerás cuando esté preparada.

Fue esta y muchas experiencias parecidas lo que me llevó a escribir El proyecto de Pablo, una novela sobre el día a día de unos adolescentes en un colegio: el acoso, las pantallas, la afectividad. Asuntos imposibles de abordar a bocajarro, pero que un buen personaje pone sobre la mesa sin esfuerzo. En una historia hay, tantas veces, ejemplos que valen más que cien charlas y que cualquier libro de teoría.

Hace dos años, en este mismo periódico, defendí que lo más importante que podemos hacer por nuestros hijos adolescentes es estar presentes, permanecer.

Un padre me hizo una pregunta importante y absolutamente justa: «De acuerdo, ¿pero cómo?» Esto es el cómo.

Por suerte para ti, papá o mamá, no tienes que ser el psicólogo de tu hijo. Tu labor es doble: estar presente para propiciar esos momentos en que la conversación es posible, y, después, ofrecerle el cauce para que su intimidad se vaya abriendo.

Llamar a la puerta de su habitación y conseguir que te cuente es misión imposible; pero que un personaje, un famoso o un conocido llamen a la puerta por ti es la oportunidad que te permitirá entrar en el cuarto para así ayudarle y darle un poco de orden: con cariño, con paciencia, con respeto.

  • Ángel Ubach es psicólogo escolar en el colegio Reial Monestir de Santa Isabel (Barcelona) y autor de la novela El proyecto de Pablo (Alexia Editorial)