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«Mi hijo se pasa el día pidiéndome caprichos», preguntan a Contreras LuzónGetty Images / iStockphoto

Consultorio Familiar

«Mis hijos me piden muchos caprichos: ¿qué hago para no pasarme el día diciéndoles que no?»

El orientador, conferenciante, escritor y mediador familiar José María Contreras Luzón responde a las preguntas de los lectores de El Debate, en este caso, sobre la educación en la templanza.

Mis hijos se pasan el día pidiéndome caprichos. Y yo me paso el día diciéndoles que «no», pero hay veces que se me acaban los argumentos y la paciencia, y termino cediendo por no oírles. ¿Qué puedo hacer para no pasarme el día diciéndoles que «No»? Gracias

Muchas gracias por escribir esta cuestión, que les pasa a muchos padres y que tiene que ver con la templanza.

La templanza, como cualquier virtud, es tremendamente afirmativa: hace que la persona sea capaz de ser dueña de sí misma y pone orden en la sensibilidad, afectividad, gustos y deseos.

Por eso, cuando un hijo nos pide algún deseo y los padres se lo negamos, es fácil que le demos respuestas que pueden ser erróneas, por ejemplo, que no nos podemos permitir ese gasto, o cosas por el estilo.

Eso sólo es parte de la verdad y además tiende a lo negativo, a que los hijos vean la sobriedad como algo negativo. Así, piensan que cuando tengamos más dinero, lo haremos. Y no es así.

La templanza nos procura un equilibrio en el uso de los bienes materiales que nos hace libres para aspirar a bienes más altos.

Para educar en la austeridad hay que tener valor, enfrentarse a los hijos, y muchas veces a la corriente por donde va la sociedad. Pero ese es el camino. O se tiene ese valor y se rechaza la comodidad, o no se educa.

Para educar en la austeridad hay que tener valor, enfrentarse a los hijos, y muchas veces a la corriente por donde va la sociedad. Pero ese es el camino. O se tiene ese valor y se rechaza la comodidad, o no se educa.

El placer es bueno, y no podemos caer en la cortedad de pensar que es algo negativo para la persona. Pero tampoco podemos caer en la negación de saber que el hombre es un ser que tiene desordenadas las pasiones. Pablo de Tarso decía que hacía el mal que no quería y que dejaba de hacer el bien que quería. Supongo que no siempre, pero él se quejaba de esto.

Es como si este, el mal, se hubiera insertado en el corazón humano y el hombre tuviera que defenderse de él. Cuando decimos que sí, todo son facilidades. Facilidades con desasosiego muchas veces, pero facilidades.

Tenemos que acostumbrarnos, y hacerlo con los hijos, a decir que no; y en esa lucha interior por hacer el bien, algunas veces con victorias y otras con derrotas, es cuando viene esa paz que deseamos. Con el tiempo la encontraran también nuestros hijos.

Decir que no en muchas ocasiones es alejarse del mal. ¡Cuántas adicciones, que tanto están haciendo sufrir a tantas personas, se hubieran evitado si se hubiera educado a los hijos en negarse aquello que les perjudica, aquello que objetivamente es malo! En definitiva, en ser libres.

Hay personas que son incapaces de decir que no a los impulsos del ambiente o a los deseos de quienes las rodean. Son «personas despersonalizadas», no son libres porque son llevadas por los deseos de otro, sin poder renunciar a ellos. No se ha educado su voluntad.

Porque decir que no a algunas cosas, en el fondo, es comprometerse con otras. Es la manera de demostrarse a sí mismo que uno tiene valores. Decir que no, supone comprometerse con lo que realmente se estima, y darlo a conocer con nuestra vida, con lo que hacemos.

Una persona que no se esfuerza por vivir la sobriedad, la templanza, termina siendo incapaz de decir que no a las sensaciones que el ambiente despierta en él.

Termina buscando la felicidad en sensaciones falsas, fugaces, que por ser pasajeras, nunca satisfacen.

Me decía un amigo que su hijo pequeño le había dicho que como tenía dinero, por qué no se aprovechaba de ello y pedía siempre lo mejor en los restaurantes.

«Aproveché –me decía– para explicarle que la sobriedad, la templanza, no depende de que se tenga mucho o poco». Porque son virtudes que tiene uno que vivir independientemente del coste o del pagador.

Así, una persona con mucho dinero puede ser sobria y templada, y un pobre de solemnidad puede serlo muy poco.

Como se ve, la templanza es indispensable para poner un poco de orden en el caos que el mal impone a la naturaleza humana. También lo es para ser libre.

Por eso es tan importante que eduque a sus hijos en la sobriedad y la templanza, y no sólo por no poder permitirse tantos caprichos.

José María Contreras Luzón es escritor, conferenciante y asesor personal y familiar. Su email para consultas de pareja y familia es: conluz2000@gmail.com