El filósofo Filón de Alejandría, visto por André Thevet a inicios del siglo XVI
La Familia en una Frase
Filón de Alejandría: «Los hijos deben heredar de sus padres, además de sus propiedades, las buenas costumbres»
El filósofo del siglo I ya asumía que las propiedades de materiales de los padres, fuesen las que fuesen, debían ser heredadas por los hijos, junto a un patrimonio inmaterial de principios y virtudes.
La controversia sobre si las propiedades inmobiliarias de unos padres deben –o no– pasar a sus hijos, surgida sobre todo en los últimos tiempos a raíz de la crisis de vivienda, no es en absoluto novedosa.
De hecho, ya hace 2.000 años había quien abordaba sin ambages la cuestión de qué tipo de herencia debían dejar las familias a sus hijos para no ser un lastre para la sociedad.
Uno de los pronunciamientos más específicos sobre la materia fue el que llevó a cabo a inicios del siglo I el filósofo Filón de Alejandría, que sabía bien cómo una familia puede transmitir una herencia valiosa... y perder otra.
Un judío de cultura grecorromana
Filón perteneció a una de las familias judías más ricas e influyentes de la Alejandría del siglo I, perfectamente integrada en la cultura grecorromana y, al mismo tiempo, profundamente vinculada a la tradición de Israel.
Su hermano Alejandro fue un poderoso funcionario y financiero; uno de sus sobrinos se casó con Berenice, hija de Herodes Agripa, mientras que otro, Tiberio Julio Alejandro, abandonó las costumbres de sus antepasados y acabó ocupando importantes cargos en la administración romana.
Ese contraste ayuda a entender mejor una de las frases más familiares de Filón. En Las leyes particulares, libro IV, escribe que «los hijos deben heredar de sus padres, además de sus propiedades, las buenas costumbres ancestrales en las que fueron criados y con las que convivieron desde la cuna».
Y no hablaba de conservar tradiciones por nostalgia, sino que Filón está comentando el mandato bíblico de no mover los antiguos mojones colocados por los antepasados y amplía su sentido: aquellos límites no protegen únicamente la propiedad, sino también una forma de vida.
Ancestrales leyes no escritas
La frase aparece en un pasaje especialmente hermoso. Filón afirma que «las costumbres son leyes no escritas», aprobadas por las generaciones anteriores y «no grabadas en monumentos ni en hojas de papel», sino «en las almas de quienes comparten la misma ciudadanía».
Y precisamente ahí está la clave de su razonamiento. Porque, como argumenta el filósofo, hay cosas que un hijo aprende antes siquiera de poder explicarlas, porque se las transmiten sus mayores. Una práctica en la que el pueblo judío era maestro de maestros: cómo tratar al anciano, qué importancia tiene una promesa, cómo se celebra una fiesta, qué lugar ocupa Dios, qué se hace con el dinero o cómo se habla de quienes ya murieron.
Y nadie necesita sentarlo ante una pizarra para aprenderlo, ni pagar un impuesto para incorporarlo a la vida.
Los padres, auténticos maestros
Para Filón, esa transmisión familiar tenía además un contenido moral. En el libro segundo de Las leyes particulares, llama a los padres «auténticos maestros» porque «todo lo que ellos mismos saben lo enseñan a sus hijos desde la primera infancia».
Y precisa qué es lo verdaderamente importante de esa herencia paterna: enseñarles «la elección de las virtudes y el rechazo de los vicios».
Un párrafo después va todavía más lejos. Los padres, escribe, no sólo han dado la existencia a sus hijos, sino que les han proporcionado alimento, techo y hacienda, y sobre todo, «educación tanto del cuerpo como del alma», haciéndoles posible «no sólo vivir, sino también vivir bien».
Moisés, Platón y los estoicos
Filón había nacido –probablemente, cabe matizar– hacia el año 20 antes de Cristo, y recibió una formación excepcional. Conocía profundamente las Escrituras judías, pero también a Platón, los estoicos, la retórica y la filosofía griega.
Buena parte de su obra intentó demostrar, de hecho, que la revelación de Moisés y lo mejor de la filosofía helénica no tenían por qué ser enemigos.
Su pensamiento utiliza conceptos griegos –como el Logos, la virtud o la ley natural– para interpretar alegóricamente la Escritura mosaica. Pero nunca dejó de preocuparse por la posibilidad de que una comunidad perfectamente integrada terminara perdiendo aquello que la hacía ser ella misma.
No conocemos con seguridad si estuvo casado o tuvo hijos. Sí, en cambio, que visitó Jerusalén y que, hacia el año 39 o 40, encabezó una delegación de los judíos alejandrinos ante el emperador Calígula después de las graves persecuciones sufridas por su comunidad.
Y conocemos también el caso de su sobrino Tiberio Julio Alejandro, que abandonó la práctica religiosa de sus antepasados y llegaría a convertirse en prefecto de Egipto y alto mando romano. Los especialistas han señalado que aquella ruptura con las costumbres familiares debió de resultar especialmente problemática para Filón.
Lo que no se hereda
Esa experiencia vuelve todavía más actual su razonamiento: mientras que transmitir las propiedades de padres a hijos garantiza la justicia y el amparo social, la transmisión de la cultura común es si cabe más importante para que en la sociedad habite la virtud.
En sus comentarios a la Escritura, Filón no dice que todo, absolutamente todo lo antiguo deba conservarse únicamente porque sea antiguo, sino que un pueblo desaparece y se diluye cuando deja de valorar y legar aquello que consolida su identidad.
Una primera transmisión que ocurre, como todas las cosas importantes, en el seno del hogar.