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J.R.R. Tolkien junto a sus cuatro hijos: John, Michael, Christopher y Priscilla Mary Anneelfenomeno

La Familia en una Frase

El consejo sobre el amor que Tolkien dio a su hijo mientras combatía en la Segunda Guerra Mundial

En 1941, el autor de El Señor de los Anillos escribió a su hijo Michael para hablarle del compromiso y del amor, a partir de su historia con su propia esposa.

En marzo de 1941, Europa se desangraba en plena Segunda Guerra Mundial. Faltaban aún nueve meses para que Estados Unidos entrase en el conflicto; caída Francia –rendida y traicionada por el régimen de Vichy– desde junio del 40, Gran Bretaña resistía en solitario en el viejo continente. Los Balcanes, polvorín de la Gran Guerra, se desestabilizaban por la expansión del Eje y Alemania ultimaba en secreto los preparativos para la invasión de la Unión Soviética.

Un veterano de la Primera Guerra Mundial como J.R.R. Tolkien veía, al igual que toda su generación, cómo los horrores de las trincheras se abrían bajo el futuro de sus propios hijos. En concreto, de su hijo Michael (Michael Hilary Reuel Tolkien), que en ese momento estaba recibiendo instrucción militar para entrar en combate contra los nazis.

En medio de tan oscuro horizonte, el ya por entonces famoso autor de El Hobbit, que se encontraba inmerso en la redacción de su magna obra El Señor de los Anillos, escribía a su vástago una larga carta sobre el amor, el matrimonio, el compromiso y las relaciones entre hombres y mujeres.

Y aunque podría haberlo hecho como el erudito profesor de Oxford que era, lo hizo como aquello que llevaba más a gala: como padre y esposo. Por eso, recurrió a la historia que mejor conocía: la suya con Edith Bratt.

La carta está fechada entre el 6 y el 8 de marzo de 1941 y hoy figura como la número 43 de The Letters of J. R. R. Tolkien. En ella, el propio Tolkien Estate explica que Michael estaba entonces en periodo de formación como oficial durante el conflicto bélico, y que su padre aprovechó la ocasión para recordar «su temprano romance con su esposa Edith y la oposición que encontraron por parte de su familia y de su tutor».

Como él mismo narra, Tolkien tenía unos 18 años cuando se enamoró de Edith, tres años mayor que él y entonces protestante. Huérfano de padre y madre desde muy joven, estaba bajo la tutela del padre Francis Morgan, un sacerdote del Oratorio de Birmingham, que consideró aquella relación un peligro para sus estudios y le prohibió verla o escribirse hasta cumplir los 21 años. Tolkien obedeció.

Casi tres años sin verse

«Durante casi tres años no vi ni escribí a mi amada», reconocía a Michael. Fue, decía, «extremadamente duro, doloroso y amargo, especialmente al principio». Esto suponía que Edith quedaba completamente libre y Tolkien admitía que no habría tenido derecho a reprocharle que se casara con otro.

La espera tampoco lo convirtió automáticamente en un joven ejemplar. Tolkien confiesa a su hijo que cayó en «tonterías y dejadez» y desperdició buena parte de su primer año universitario. Pero, mirando atrás, extrajo de aquella separación una enseñanza decisiva: probablemente nada más habría «fortalecido suficientemente la voluntad» para dar permanencia a aquella relación, «por genuino que fuera aquel caso de amor verdadero».

Y ese era precisamente el consejo que Tolkien quería transmitir al segundo de sus cuatro hijos. Que el amor verdadero no se demuestra únicamente por la intensidad con la que se siente, sino que necesita voluntad y templanza para sobrevivir al tiempo, a la distancia, a la frustración y a las circunstancias adversas.

Volver a elegir

La noche en que cumplió 21 años, el 3 de enero de 1913, Tolkien volvió a escribir a Edith. Cinco días después se reencontraron y se comprometieron. Se casaron en 1916, en plena Primera Guerra Mundial.

Tolkien fue enviado al frente y participó en la batalla del Somme; su primer hijo, John Francis Reuel Tolkien, nació en 1917, mientras el conflicto continuaba y la familia apenas tenía dinero. Tolkien recuerda incluso que vendió las últimas acciones que había heredado para pagar la clínica donde nació el niño.

Tolkien y Edith tendrían, con el correr de los años, cuatro hijos: los ya citados John y Michael, y Christopher John Reuel Tolkien y Priscilla Mary Anne Reuel Tolkien. Su matrimonio duró hasta la muerte de Edith, en 1971.

Aunque su memoria continúa, puesto que en la lápida común aparecen los nombres de Beren y Lúthien, los amantes primigenios de la mitología de la Tierra Media creada por el escritor y lingüista, y para la que se inspiró, en buena medida, en Edith.

Más que sentimiento

Lo más llamativo es que la carta a Michael está lejos, muy lejos, de una visión ingenua del amor. De hecho, Tolkien admite sus propios defectos de «carácter y temperamento» y reconoce que fueron muchas las veces que estuvo «por debajo» del ideal con el que comenzó.

Pero precisamente por eso su consejo tiene un valor aún mayor, puesto que no presenta el matrimonio como la prolongación automática del enamoramiento adolescente, sino como una decisión que necesita constancia y fidelidad.

Por eso, al final de la misiva, el padre conduce a su hijo hacia la razón última de su vida: su fe católica y su relación con Dios, que le permitía sostener «amor, fidelidad y alegría» con la permanencia que el corazón humano anhela.