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Jóvenes participan en la batalla de 'farmear aura' en Sevilla

Jóvenes participan en la batalla de 'farmear aura' en SevillaEuropa Press

Autora del best-seller Hijos adultos de padres emocionalmente inmaduros

La psicóloga Lindsay Gibbson avisa: ¿Estamos criando hijos brillantes, pero emocionalmente inmaduros?

La autora del best-seller Hijos adultos de padres emocionalmente inmaduros alerta del papel de las familias en los problemas que tienen los jóvenes para fijar objetivos más allá de lo académico o profesional.

La generación que está creciendo a la vez que la IA, que tiene más extraescolares, está más hiperconectada y sabe más idiomas, es la misma del fenómeno therian, las batallas de «farmear aura», el aumento de las enfermedades e infecciones de transmisión sexual y una crisis de salud mental y emocional que ha llevado, incluso, a unas cotas de suicidio adolescentes nunca antes vistas.

Muchos adultos, sin embargo, parecen ajenos a esta realidad generacional. Con que sus hijos saquen buenas notas, hablen varios idiomas, destaquen en deporte o tengan una agenda que parezca la de un adulto, la situación parece controlada dentro del hogar. Puro espejismo.

Sin embargo, la psicóloga clínica Lindsay C. Gibson, autora del best-seller internacional Hijos adultos de padres emocionalmente inmaduros (con el que ha vendido más de 1,5 millones de copias en todo el mundo) ha planteado en una reciente entrevista una enmienda a esa sensación de seguridad familiar.

Y lanza una pregunta de esas que la IA califica de «incómodas»: ¿Acaso no estamos formando hijos muy competentes en lo académico y, al mismo tiempo, poco preparados para comprenderse a sí mismos, relacionarse o gestionar lo que sienten? ¿Hijos, en suma, emocionalmente inmaduros?

¿Educamos para los logros?

Gibson ha desarrollado esta idea en una entrevista publicada por el Greater Good Magazine, de la Universidad de California en Berkeley, con motivo de la publicación de su nuevo libro How to Raise an Emotionally Mature Child (Cómo criar a un niño emocionalmente maduro) que saldrá a la venta en español el próximo mes de noviembre.

La psicóloga parte de una advertencia clara: la sociedad actual concede mucho peso al rendimiento, la inteligencia y los logros, mientras la madurez emocional suele quedar en segundo plano.

La psicóloga lo resume así: «Existe una verdadera presión cultural para valorar la inteligencia y los logros». Pero cuando los padres se obsesionan demasiado con esas cualidades, el niño puede terminar percibiendo que su rendimiento importa más que «sus pensamientos, sus sentimientos y su sensación de seguridad».

Brillantes, pero inmaduros

Para Gibson, la cuestión no consiste en despreciar el esfuerzo, las notas o la preparación académica. El problema aparece cuando se convierten en la medida casi exclusiva del éxito en la vida. Algo que tiene su traslación en el mundo adulto con el éxito profesional como máxima aspiración.

Los hijos, explica, «necesitan sentirse acompañados y seguros mientras crecen». Esa seguridad les permite desarrollar confianza y resiliencia para desenvolverse de forma independiente en la vida adulta. Si toda la atención familiar se concentra en la parte intelectual y en el rendimiento, advierte, puede aparecer una personalidad muy desarrollada en un área y mucho menos preparada en la dimensión emocional.

En sus palabras, «es el equilibrio entre ambas cosas lo que importa».

La madurez emocional, tal como la describe Gibson, implica algo más que conseguir que un niño «controle» una rabieta. Supone «aprender a anticipar consecuencias, reflexionar sobre lo ocurrido, conocer el propio mundo interior, reconocer emociones, sueños y deseos y construir vínculos profundos con los demás».

Un hijo no es un proyecto

La adolescencia hace especialmente visible esta tensión. Es la etapa en la que los hijos empiezan a probar límites, estilos, maneras de hablar y formas de pensar que pueden incomodar a sus padres.

Gibson recomienda recordar que el adolescente posee «un corazón y una mente separados» de los de sus padres. Esa capacidad de reconocer que el hijo es una persona distinta, con una interioridad propia, forma parte de lo que en psicología se denomina «mentalización».

Por eso, una de sus recomendaciones más sencillas consiste en detenerse y tomarse al hijo «en serio como persona», y no como un proyecto devenido del deseo del padre o de la madre de «sentirse realizado».

Cuando educar para el éxito sale mal

Gibson señala dos errores que pueden producir precisamente el efecto contrario al buscado.

El primero es transmitir que todo encajará si el hijo consigue determinadas metas: buenas notas, buen expediente, buena universidad o un currículum competitivo. En ese caso, explica, los padres pueden terminar formando «una persona unidimensional», preparada para rendir pero no necesariamente para vivir la dimensión interpersonal y emocional de la existencia.

El segundo consiste en confiar excesivamente en castigos severos para conseguir madurez. Según Gibson, cuando la enseñanza llega principalmente a través del castigo, el niño puede aprender más a someterse al enfado y al control ajenos que a comprender por qué su conducta tiene consecuencias.

Y concluye: un hijo puede llegar muy lejos académicamente y, sin embargo, no haber aprendido todavía a entender quién es, qué siente o cómo relacionarse.

Y eso, en una época de creciente deshumanización, puede ser una auténtica catástrofe personal, familiar y social.

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