Dar más prioridad al trabajo que a la familia suele traer consecuencias nefastas, advierte Contreras Luzón
Consultorio Familiar
«Mis hijos están recién casados pero sólo piensan en ascender en el trabajo, ¿puede afectar a su matrimonio?»
El orientador, conferenciante, escritor y mediador familiar José María Contreras Luzón responde a las preguntas de los lectores de El Debate, en este caso, sobre el éxito profesional como meta de la vida.
Tengo cuatros hijos y los dos mayores están casados desde hace poco. Los veo muy metidos en su trabajo; incluso me parece que demasiado. Es como si en el trabajo les fuera la felicidad, como si el fin de la vida fuera subir puestos y ascender. Me preocupa por ellos y por su matrimonio, porque además una de mis nueras está igual, como si el trabajo fuera más importante que la familia. Saben que yo nunca he vivido así, pero no puedo hablar de esto porque en cuanto lo saco, me dicen que no sé cómo están las cosas. En fin, yo le escribo, por si tiene a bien hacer alguna reflexión al respecto.
Muchas gracias por su consulta.
Es cierto que actualmente hay mucha gente que cree que en el mundo empresarial y profesional van a conseguir ser felices.
No olvidemos que los empresarios y las grandes corporaciones salen en los medios de comunicación, casi tanto como los famosos.
Todo ello, junto con la incertidumbre por el futuro y el competidor que todos llevamos dentro puede hacer que se desvirtúe el trabajo personal y en vez de considerarlo un medio de maduración y para conseguir el sustento necesario para los gastos familiares y de equilibrio personal, en definitiva, en vez de considerarlo un medio para conseguir mucho y bueno, se considere un fin en sí mismo. Y cuando eso ocurre, es peligroso: puede arrasar con muchas cosas, entre ellas la familia. Y todo ello, sin darse cuenta y creyendo que está uno haciéndolo bien
No es difícil encontrar entre las personas que se incorporan al mundo profesional, y entre aquellos que se perciben a sí mismos con un gran potencial, una especie de ilusión de que el trabajo les llene esa especie de ansia de felicidad que todo el mundo tiene dentro.
Curiosamente, también encontramos desencanto entre personas más maduras, baqueteadas por la vida, entre lo que esperaban y lo que reciben en el campo laborar.
Porque la empresa y el trabajo están en el campo del «tener». Es decir, que según cómo sean las empresas, los jefes, el trabajo y otras muchas variables que no controla el trabajador, uno puede recibir más o menos. Se mueve dentro del dar o no dar. Un ascenso conlleva que te van a dar más y que vas a tener más poder o más responsabiliad, cosa también muy apreciada por el ser humano, como todo el mundo sabe.
Pero cuando uno tiene cosas, a lo que máximo que puede aspirar es al bienestar. A más cosas, más posibilidades de bienestar.
Esto no es malo. Pero no podemos olvidar que estamos rodeados de personas con unas cuotas de bienestar muy altas y una cota de infelicidad también muy alta.
No podemos olvidar que estamos rodeados de personas con unas cuotas de bienestar muy altas y una cota de infelicidad también muy alta
Porque la felicidad se encuentra dentro del ámbito del «ser» de la persona. Y eso no se da en el desempeño laboral: para ser feliz es igual en qué empresa se trabaje.
Depende de uno, de sus valores, de la importancia que les dé a estos, de la forma de priorizarlos, del equilibrio que haya en su vida personal.
La cuestión es que, con frecuencia, en las personas felices hay planteamientos que tienen que ver con la trascendencia, con las últimas preguntas de la vida, con la muerte... En definitiva, con el sentido de la vida. También un cuestionamiento en todo lo referente a la familia; y a continuación, lo referente al mundo profesional.
La priorización, para ser feliz, debe ser así. Y si uno la invierte y le da la máxima importancia al mundo profesional en detrimento de las creencias y de la familia, se está equivocando y no logra su objetivo. Guste o no, la experiencia demuestra que es así.
Yo sé –porque lo he visto y lo he vivido en mis consultas y en mi propio entorno– que las personas que hayan experimentado y padecido lo que estoy diciendo, sabrán reconocerlo; sin embargo, los que aún no hayan sufrido los efectos de sus decisiones tenderán a decir que es una exageración.
Pero, guste más o guste menos, si no existe un equilibrio entre creencias, familia y trabajo, se fracasará como persona. Esto incluso lo dicen los «gurús» de la gestión de personas, y yo estoy de acuerdo.
Ya sé que en el actual contexto en que vivimos es difícil tener un buen orden de prioridades, lo he padecido con frecuencia, pero hay que hacer todo lo posible por conciliarlo.
Comprendo que sus hijos no quieran escucharle: cuando vamos perdiendo el norte, no queremos cambiar.
La ambición, la vanidad, el deseo de ser importante, nos hacen dejar para luego lo que realmente merece la pena.
Pero le invito a que les diga lo que me decía hace poco un alto directivo de una multinacional. «Lo que yo he peleado por llegar hasta aquí», me comentaba. «¿Y te ha compensado?», le pregunté yo. «Hasta ahora sí, pero a partir de ahora no», fue su respuesta. «¿Y eso?», añadí. «Me jubilo el año que viene y por levantar esta empresa, me he cargado a mi familia», me respondió con una enorme sinceridad.
Yo me quedé pensando lo bueno que es reflexionar… antes de que llegue la ocasión de arrepentirse.
Hay que darle a cada cosa la importancia que tiene. El trabajo tiene mucha, sin duda. Pero la familia tiene más.
José María Contreras Luzón es escritor, conferenciante y asesor personal y familiar. Su email para consultas de pareja y familia es: conluz2000@gmail.com