Paloma Fernández de Mesa, tras 20 años casada: «Sin darnos cuenta, nos fuimos olvidando el uno al otro»
La creadora de contenido Paloma Fernández de Mesa reflexiona, tras veinte años de matrimonio y cinco hijos, sobre cómo la rutina puede alejar a los esposos.
Paloma Fernández de Mesa y su marido Pablo
Este fin de semana, mi marido y yo hemos tenido la suerte de acompañar a varios novios en un retiro de preparación al matrimonio. Allí pensé muchas veces cuánto nos habría gustado a Pablo y a mí hacer algo así antes de casarnos.
En una de las charlas se habló de la calidad de las conversaciones durante el noviazgo. De si nos contamos únicamente lo que hemos hecho durante el día o nos atrevemos a hablar también de nuestros miedos, de las heridas que traemos de antes y de aquello que Dios va poniendo en nuestro corazón.
Entonces escuché una frase que se me quedó dentro: a veces es más difícil entregar el corazón que el cuerpo.
Me acordé de nosotros. De todo lo que hablamos antes de casarnos y también de todo lo que todavía no sabíamos contarnos.
De nuestra boda recuerdo cuánto tiempo dedicamos a organizar la iglesia, los invitados, la comida, la música y el viaje. Durante meses preparamos aquel día.
En la iglesia dije que sí delante de Dios. Para siempre. En la prosperidad y en la adversidad. Todos los días de mi vida. Lo dije convencida, pero entonces no entendía del todo lo que estaba prometiendo.
¿Sabemos de verdad a qué estamos diciendo que sí?
Nos preocupamos mucho por elegir bien el menú o decidir dónde iremos de viaje. Pero ¿conocemos los anhelos de la persona con la que vamos a compartir la vida? ¿Sabemos cómo afronta las dificultades? ¿Hemos hablado de cómo educaremos a nuestros hijos?
Conocer de verdad a la persona que tienes al lado lleva tiempo. Mucho más que organizar una boda. Y hay algo muy bonito en seguir descubriéndola después de veinte años.
Conocer de verdad a la persona que tienes al lado lleva tiempo. Mucho más que organizar una boda. Y hay algo muy bonito en seguir descubriéndola tras 20 años
Cuando me casé tampoco sabía que Pablo era la persona que Dios había puesto a mi lado para ayudarme a llegar al cielo. Suena cursi, lo sé. Allí escuché otra frase: «Si te parece cursi algo, desconfía de tu corazón». Me hizo gracia, yo que siempre he detestado lo cursi.
Con los años he entendido que no bastaba con preguntarme si Pablo me hacía feliz. También tenía que aprender a hacerlo feliz a él. A cuidarlo, comprenderlo y acompañarlo. A seguir queriéndolo cuando el cansancio, el orgullo o las dificultades hicieran que no resultara tan fácil.
En nuestro matrimonio también llegaron las dificultades. Y entonces tuvimos que preguntarnos si aquel «para siempre» seguía significando para siempre.
Con cinco hijos y tantas cosas que atender, Pablo y yo nos dejamos arrastrar durante una época por el ritmo de la vida. Hablábamos mucho, sí, pero casi siempre de los niños, del colegio, de los horarios, de lo que había que comprar o solucionar.
Seguíamos juntos, ocupándonos de todo. Pero fuimos dejando de compartir nuestras inquietudes, nuestras heridas y también de preguntarnos cómo podíamos aliviar y consolar al otro. Sin darnos cuenta, nos fuimos olvidando un poco el uno del otro.
Cuando hicimos nuestro retiro de Proyecto Amor Conyugal aprendimos a hacer oración conyugal. A poner delante de Dios lo que llevábamos en el corazón y decirlo en voz alta mientras el otro escuchaba, sin juzgar. También lo que cuesta reconocer, lo que duele o aquello para lo que nunca encontramos el momento.
Escuchar así a Pablo me ha permitido conocer una parte de él que no siempre aparece en una conversación corriente. También descubrir en qué podía haberle hecho daño yo y, sobre todo, ser testigo de cómo es su relación con Dios. Y él ha podido conocerme mejor a mí.
La oración no ha borrado nuestras diferencias ni ha evitado todos los malentendidos. Nos ha ayudado a volver. A pedir perdón. A mirarnos de otra manera. Cuando la hemos dejado, nos hemos alejado. Muchas veces, la oración ha sido nuestro regreso.
Ahora, cuando miro atrás, me doy cuenta de lo enorme que era aquella promesa y de que no podíamos vivirla sin Dios. Poco a poco, Él fue poniendo en nuestro camino personas, conversaciones, lecturas, sacerdotes y momentos de oración que nos ayudaron a entender mejor nuestro matrimonio y lo que quería de nosotros.
Volví a pensar en todo esto al leer unas palabras del Papa León XIV: «Sin familias fuertes, abiertas al don de los hijos, atentas a su educación y crecimiento, el mundo no tiene futuro».
Eso es lo que deseo para nuestra familia: que nuestros hijos vean que también nosotros nos equivocamos y a veces nos hacemos daño, pero pedimos perdón y volvemos a encontrarnos.
Durante unas horas, aquellos novios dejaron la boda en segundo plano para preparar su matrimonio.
Nosotros preparamos la boda durante meses. Veinte años después, seguimos aprendiendo a vivir aquel sí.