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La intensa vida de María del Prado: de meditación en el Pazo de Oca al festival Trocadero

Madrileña de nacimiento y marbellí de adopción, la mujer de Pablo de Hohenlohe se define por lo que hace y no por lo que heredó

En el mundo del famoseo, unos nombres llevan inevitablemente a otros. Así ocurrió hace unas semanas en Sotogrande, cuando Cayetano Martínez de Irujo y Bárbara Mirjan, que pasarán por el altar el próximo 4 de octubre en la iglesia del Cristo de los Gitanos de Sevilla, disfrutaron de una noche de verano en el Festival Flamenco Trocadero. Allí, bajo las estrellas del sur y con la música de Antonio Carmona y Alba Molina como telón de fondo, no solo se celebraba el arte jondo, sino también la pasión y el empeño de su organizadora: María de la Luz del Prado.

Hija de los marqueses de Caicedo, María es una mujer con nombre propio dentro de la aristocracia española. Escritora, gestora cultural, terapeuta transpersonal e instructora de meditación, ha sabido forjar un camino que la distingue de etiquetas y clichés. Es una mujer independiente y emprendedora que ha hecho de la cultura y el crecimiento personal su verdadera vocación. En Sotogrande, su Festival Flamenco Trocadero se ha convertido en una cita imprescindible del veraneo del sur. Bajo su dirección, el evento ha reunido a grandes figuras del cante y el baile, y ha consolidado a María como una referencia en la gestión cultural.

Una vida marcada por un giro inesperado

El rumbo de su historia cambió a los 32 años, cuando le diagnosticaron un cáncer de mama. En ese momento dirigía la firma francesa Chloé y tenía su propia boutique en Puerto Banús. Aquella noticia, devastadora en un inicio, se convirtió en un punto de inflexión. «A mí me trajo tantas cosas buenas el cáncer que lo tengo que agradecer. Si ahora hago lo que más me gusta es gracias a la enfermedad», ha confesado en alguna ocasión. Reconoce que cada revisión médica todavía le eriza la piel, pero también asegura que la experiencia la transformó: «Muchas veces, el miedo a la muerte es el miedo a la vida, a marcharte sin haber hecho los deberes. La enfermedad me enseñó a dejarlos hechos». Con sus hijas Cecilia y Allegra aún muy pequeñas —hoy de 21 y 20 años—, afrontó con entereza una etapa dura que, con el tiempo, supo ver como un regalo con un envoltorio difícil. Aquella adversidad le permitió redescubrirse y hallar un propósito vital ligado al arte, la espiritualidad y la familia.

Fruto de esa búsqueda interior, lleva años desarrollando sesiones de meditación activa en lugares emblemáticos como los jardines de Alcuzcuz, la histórica residencia malagueña del decorador Jaime Parladé, además de organizar retiros en el Pazo de Oca, propiedad de la familia de su marido. Ella misma lo define como algo que va más allá del trabajo: «Me trae mucha paz, que es lo que me hacía falta». En paralelo, encontró en la escritura otra vía de expresión. El pasado mes de octubre publicó su primera novela, La buena sombra, tras un año de dedicación plena, confirmando así su faceta literaria.

Un matrimonio cómplice

Casada desde 2002 con Pablo de Hohenlohe, nieto de la duquesa de Medinaceli, María ha encontrado en su pareja un compañero de vida y de proyectos. Juntos han formado un tándem creativo: él mismo ha diseñado la identidad gráfica del Festival Flamenco Trocadero, implicándose en el proyecto desde sus inicios. «En esto somos una piña. El hecho de habernos mudado a vivir a Marbella desde Madrid y que estuviéramos solos aquí nos ha hecho muy compañeros», explica ella.