Phil Knight, cofundador de Nike
El drama del fundador de Nike que acaba de donar 1.700 millones de euros
El fundador de Nike quiso dejar su huella. Y lo logró. Primero en las pistas de atletismo, después en el consumo global y, hoy, en la lucha contra el cáncer
«Quería dejar mi huella en el mundo», escribe Phil Knight en su biografía. Y lo hizo. Lo que comenzó con un billete prestado por su padre terminó convertido en Nike, una de las marcas más poderosas y reconocibles del planeta. La vida de Knight, sin embargo, no es solo la de un empresario de éxito: está atravesada por contradicciones, deudas, triunfos y pérdidas personales que aún hoy lo acompañan.
Phil nació en Portland en 1938, hijo de William Knight, abogado reconvertido en editor, y de Lota Hatfield. Era un muchacho tímido, pálido, más inclinado a soñar con escribir novelas que a imaginarse como magnate. Pero en la Universidad de Oregón, bajo la tutela del entrenador Bill Bowerman, descubrió la pasión que lo cambiaría todo: correr. Y con ella, la obsesión por unas zapatillas que fueran más ligeras y eficientes que las que ofrecía el mercado dominado por Puma y Adidas.
Tras estudiar un máster en Stanford, Knight ideó un plan sencillo: importar calzado japonés, de la marca Onitsuka Tiger, mucho más barato y cómodo que el europeo. En 1964, con Bowerman como socio, fundó Blue Ribbon Sports. Con apenas 50 dólares en el bolsillo y un puñado de pares en el maletero de su coche, facturó 8.000 en el primer año. Era el germen de algo mucho más grande.
El punto de inflexión llegó en 1971, cuando la alianza con Onitsuka se rompió. Entonces necesitaba una nueva marca y un nuevo símbolo. El nombre lo sugirió un empleado: Nike, en honor a la diosa griega de la victoria. El logotipo se lo encargó a una estudiante de diseño que necesitaba dinero para su vestido de graduación. Carolyn Davidson trabajó 17 horas, cobró 35 dólares y creó el swoosh. Knight, pragmático, no quedó convencido: «No me entusiasma, quizá me guste con el tiempo», dijo. Hoy ese trazo es uno de los iconos universales del consumo.
Mientras la empresa despegaba, también lo hacía su vida personal. En la universidad conoció a Penélope «Penny» Sparks, con quien se casó en 1968. Tuvieron dos hijos: Matthew y Travis. Entre ambos nacimientos vio la luz Nike, que en pocos años desbancó a los gigantes alemanes y se convirtió en referente mundial. El fichaje de Michael Jordan en 1984 y la campaña con el eslogan Just Do It terminaron de sellar la leyenda.
La muerte de su hijo
Pero ni la fortuna ni la fama inmunizan contra el dolor. En 2004, Matthew, el primogénito, murió a los 34 años en un accidente de buceo en El Salvador. El joven estaba realizando labores humanitarias cuando se ahogó en el lago de Ilopango. La noticia devastó a la familia. Knight confesó años después que durante un tiempo la vida perdió sentido. Esa herida, imposible de cerrar, explica en parte la enorme vocación filantrópica que caracteriza hoy a los Knight.
Ahora, con 87 años y una fortuna de 35.600 millones de dólares, Phil y Penny han donado más de 3.500 millones a causas médicas y sociales. La última y más impactante: 2.000 millones destinados a la Universidad de Ciencias y Salud de Oregón para investigar el cáncer. Se trata de la mayor donación individual jamás hecha a una institución académica en Estados Unidos. Una cifra que no borra las ausencias, pero que transforma el dolor en esperanza para millones de enfermos.