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Juvencio Maeztu

Juvencio Maeztu, en una imagen de archivo

Gente

La historia del primer CEO no sueco de Ikea que nació en Cádiz y trabajó en la tienda de Alcorcón

Juvencio Maeztu empezó en la compañía casi por casualidad, acompañando a su mujer a una cena de trabajo

Si hay algo que une a medio planeta es haber montado un mueble de Ikea alguna vez en la vida, normalmente entre tornillos que sobran, instrucciones y la sensación de que aquello debería ser mucho más fácil de lo que realmente es. Si hasta Carlos Alcaraz presume de tener una estantería de la marca en casa. Y sin embargo, detrás de ese universo tan cotidiano, hay personas que lo hacen posible. Una de ellas es Juvencio Maeztu, el gaditano que ha roto la tradición convirtiéndose en el primer CEO no sueco de la compañía.

Para intuir quién es este hombre de 57 años basta con entrar en su perfil de LinkedIn. La foto que lo encabeza transmite más que cualquier currículum. Maeztu aparece con una sonrisa amplia y tranquila, el tipo de gesto que invita a pensar que escucha más de lo que habla y que prefiere la cercanía antes que la pose de ejecutivo inaccesible. Esa naturalidad, que no es habitual en las cúpulas empresariales, ya anticipa por qué su ascenso no sorprende a quienes han trabajado con él.

La historia de Maeztu empieza en Cádiz, en una familia muy vinculada a las finanzas y al servicio público. Su padre desempeñó cargos importantes en la Caja de Ahorros de Cádiz y en Unicaja, mientras que su tío, Jesús Maeztu, actual Defensor del Pueblo Andaluz, se convirtió en un referente decisivo en su vida. Entre esas dos influencias, una más económica y otra más social, creció con la idea de que el liderazgo solo tiene sentido si también mejora la vida de la gente. Además, desde muy pequeño desarrolló una pasión por el mar que mantiene hasta hoy.

Jesper Brodin y Juvencio Maeztu

Jesper Brodin y Juvencio Maeztu

Su entrada en la compañía, curiosamente, fue de lo más normal. Ni grandes fichajes ni procesos selectivos épicos. Su primer contacto fue como acompañante de su mujer, Carmen, que trabajaba allí mucho antes de que existieran tiendas en Andalucía.

En aquellas comidas corporativas él era simplemente «el marido de Carmen», observador silencioso de conversaciones que en ese momento no imaginaba que acabarían siendo parte de su propio camino. Mientras tanto, su familia, como tantas otras en Andalucía, hacía viajes a Madrid para llenar el coche de estanterías Billy porque aún no había tiendas cerca. Su trayectoria profesional se inició en los 2000 en Fronda Spain como director general y, un año más tarde, pasó a dirigir la tienda de Ikea en Alcorcón. Poco después, se trasladó con las mismas funciones al establecimiento de Sevilla.

Llegó a puestos importantes en Recursos Humanos, dirigió tiendas en distintos países y terminó asumiendo uno de sus mayores desafíos: impulsar la presencia de la marca en India. Allí entendió que la única manera de conocer un mercado es visitarlo sin filtros. Recorrió barrios humildes, habló con familias y observó cómo vivían.

Una mujer que sacaba adelante a sus hijos fabricando cestas con bricks reciclados le dijo que ya tenía todo lo que necesitaba, pese a vivir entre chapas y plásticos. Esa frase lo marcó profundamente y fue la razón por la que decidió rebajar el precio de más de mil productos para hacerlos accesibles a millones de personas. Para él, vender muebles nunca ha sido solo vender muebles, sino facilitar hogares y oportunidades.

Con el tiempo se trasladó a Países Bajos como directivo global, aunque nunca quiso perder la conexión con el terreno. Por eso pidió volver un tiempo a una tienda en Londres para seguir escuchando de primera mano a empleados y clientes. Siempre ha defendido que las empresas no se sostienen desde los despachos, sino desde los pasillos de las tiendas, donde ocurren las conversaciones que de verdad importan.

Su nombramiento como máximo responsable mundial supone un momento histórico tanto para él como para la propia empresa. La firma que hoy dirige nació en los años cuarenta en un pequeño rincón del sur de Suecia, cuando un joven de diecisiete años llamado Ingvar Kamprad comenzó a vender artículos por correspondencia con la idea simple y ambiciosa de mejorar la vida en el hogar. Aquel proyecto que empezó casi como un experimento rural se convirtió en un símbolo global del diseño accesible.

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