Aldo Comas y Macarena Gómez, en una imagen de archivo
Gente
El molino del siglo XVII en el que viven Macarena Gómez y Aldo Comas
Un auténtico paraíso natural que decidieron rehabilitar con sus propias manos
Macarena Gómez y Aldo Comas fueron, el pasado sábado en la gala de los Premios Goya, el verso libre del cine español al 'recriminar' a sus compañeros de profesión la doble de vara de medir los conflictos sobre los que se posicionan. «Yo no he oído a nadie hablar de los 50.000 muertos que ha habido en los últimos dos meses en Irán. Nadie habla de ello. Veo muchos pins de todo pero de eso, no. No lo sé. Quizá debamos acabar también con regímenes teocráticos que asesinan a sus poblaciones», apuntó el pintor en plena alfombra roja.
Su mujer, en la misma línea, defendió que una gala de cine no debería ser politizada. «Igualmente tampoco creo que una gala de cine sea para…», decía, a lo que su marido respondía: «Sí, una guerra nunca mola. ¿Quiénes somos nosotros? Somos bufones, cantantes, pintores y actores. Que opinen los demás».
Lo cierto es que ambos han cultivado una imagen alejada del circuito más convencional de la industria cinematográfica habitual. Y el mejor ejemplo de ello es que residen dentro del foco cultural de Madrid. Viajan con asiduidad a la capital para presentar sus distintos proyectos profesionales, pero tienen su base de operaciones en un pueblo del Alto Ampurdán (Gerona), una comarca catalana que destaca por sus paisajes rurales.
Ella, aunque es cordobesa de nacimiento decidió que esta era la zona ideal para desarrollar una vida en libertad motivada por las restricciones de la pandemia, momento en el que abandonaron Barcelona para asentarse en un molino del siglo XVII. «Aquí se prensaba el grano para convertirlo en harina y de él provenía el pan que entonces comían los vecinos», explicaron en su momento.
Macarena Gómez, montando a caballo en su propiedad del Alto Ampurdán
Un auténtico paraíso natural que decidieron rehabilitar con sus propias manos. «Hemos mantenido la casa principal tal y como estaba, ya que creemos en conservar la esencia de las construcciones. Sin embargo, el granero lo encontramos en muy mal estado y decidimos transformarlo en un estudio tipo loft», dijo la actriz.
Lo que comenzó siendo una residencia estacional se terminó convirtiendo en su vivienda permanente. «Descubrimos que la calidad de vida que puede tener un niño criándose en el campo, andando descalzo, jugando con animales y yendo a un colegio rural supera con creces a las que ofrecen las grandes ciudades».
Hablan, por su hijo Dante, de once años, con el que comparten confidencias mientras alimentan y cuidan a las especies animales que protegen en la finca. Alpacas de los andes, ovejas, vacas, cerdos, patos, emúes de Australia, perros, burros, ovejas y un sinfín de especies más que hacen las delicias de la familia en su deseo de contacto con la naturaleza. Por si fuera poco, también poseen su propio huerto ecológico en el que cultivan verduras y frutas ecológicas, además de tener gallinero del que recogen huevos a diario.
Fieles a su estilo original y ecléctico, han convertido la propiedad en un reflejo de sus propias personalidades. Un lugar que algunos ya tasan en más de 2 millones de euros, pero que, para ellos, tiene un valor sentimental mayor que el económico. Es el refugio perfecto para poder desarrollar su creatividad y crecer como familia desconectando del ruido, disfrutando de lo sencillo.